La industria alimentaria, una alternativa para la coca

lunes, 23 de noviembre de 2015 · 13:44
Lima (apro).- Fabiola Piñacué es una indígena nasa de la región de Tierradentro, en el sur de los Andes colombianos, quien a principios de la década pasada empezó a comercializar productos alimenticios con base en la hoja de coca. Primero fue el té y luego vinieron otros, como galletas, vinos y una bebida energizante. Sin embargo, en Colombia esa planta, de la que se extrae el alcaloide para la elaboración de la cocaína, sólo está permitida dentro de los resguardos indígenas. Fuera es ilegal. A pesar de que durante varios años comercializó sus productos en todo el país gracias a un registro sanitario especial, en 2010 el Instituto Nacional de Vigilancia para Alimentos (Infima) rectificó y le prohibió venderlos fuera de su comunidad. “Pero ¿a quién voy a venderlo ahí si cada quien tiene su mata de coca?”, pregunta Fabiola. Así que en rebeldía frente a esa prohibición, sacó sus tés y galletas de coca de los resguardos y los comercializa con el objetivo de forzar a los tribunales de justicia a pronunciarse al respecto. Para ella el veto era una violación de sus derechos como indígena y una cuestión de represión cultural, pues los pueblos nativos de los Andes llevan siglos consumiendo la hoja de coca mediante el mascado. Además, alega, la medida iba en contra de la política de integración de estos pueblos. “Si salgo de la comunidad sólo a consumir los productos de los demás y no puedo vender los míos, ¿cómo sería la integración ahí? ¿Para quién?”, reclama. Finalmente, hace tres meses consiguió que el Consejo de Estado colombiano reconociera su derecho a vender productos de hoja de coca. En Sudamérica, región de origen de esta planta, sólo en dos países está legalizada en todo su territorio: Bolivia y Perú. El primero de ellos tuvo que hacer una lucha en solitario para que la comunidad internacional reconociera su derecho a despenalizar su cultivo. En la lista negra La hoja de coca ha sido consumida desde tiempos ancestrales en su forma natural en los Andes, cuyos nativos la mascan para, entre otras cosas, soportar mejor la altura y reducir la fatiga al realizar esfuerzos físicos. Los turistas que llegan a algunos destinos andinos como Machu Picchu o el lago Titicaca, situados a más de 3 mil metros sobre el nivel del mal, son agasajados en los hoteles con té de coca para paliar el mal de altura. No obstante, al ser el insumo principal para la elaboración de la cocaína, la Convención Única sobre Estupefacientes de 1961 puso a la planta en su lista I de sustancias peligrosas e incluyó el objetivo de erradicar su mascado. Aunque esto no ha evitado el consumo popular de la hoja, sí ha incomodado durante décadas a sus productores (los cocaleros) y consumidores, así como a antropólogos, algunos científicos y otros defensores de la planta. En la segunda semana de noviembre, el VI Foro Internacional de la Hoja de la Coca reunió a muchos de estos en la Biblioteca Nacional de Lima, donde discutieron formas de “desatanizar” la planta y promover su uso y comercialización de forma lícita. Algunos defendieron sus propiedades curativas, otros apelaron a su carácter cultural en la región andina y hubo no pocos que argumentaron en contra de la ilegalización de la cocaína. Pero los avances más importantes en la ruta hacia el fin del estigma de la coca parecen estar dándose en el campo de su uso para la industria alimentaria. Una prueba de ello es la media docena de pequeñas empresas que en el foro exhibieron sus productos con base en la coca. Desde cerveza artesanal y licores hasta gominolas, pasando por miel, chocolates, caramelos, refrescos o el producto estrella: la harina de coca, que se toma diluida en agua o bien para hacer pasteles, salsas u otros preparados. Todos ellos se comercializan todavía a pequeña escala en Bolivia y en Perú, además de Colombia, pero encuentran dificultades para salir al exterior. Uno de los expositores, que prefiere omitir su nombre, muestra sus bolsitas de harina de coca. El polvo verde oscuro viene perfectamente empacado y etiquetado con la marca de la pequeña empresa y su composición, pero admite que no se atreve a enviarla así a otros países. “Hay personas que quieren llevarla al exterior, pero muchas veces son detenidas y se le confiscan en el aeropuerto. Así que si la mando al exterior ya no va en este envase, sino en otro donde dice que es harina de otro producto”. Otros sí asumen el riesgo y les ha ido bien, aunque siempre con pequeñas cantidades. Es el caso de Lino Torres. Este comerciante de artesanías peruano no elabora alimentos, pero cada año desde hace un lustro, cuando viaja a Estados Unidos para exponer en ferias artesanales, compra en Lima 6 mil pequeños paquetes por tres soles cada uno (algo menos de un dólar) y los lleva consigo. “La primera vez en el aeropuerto en Estados Unidos les dije lo que traía. Me respondieron que podía llevarla, que de la hoja de coca molida no se puede hacer droga”, comenta. Luego en ese país vende cada paquete a unos tres dólares. “Y se agota pronto. El próximo año me voy a llevar 50 mil paquetes”, asevera. “En Brasil y en países de Europa, uno se da cuenta de que se está expandiendo lenta pero progresivamente un mercado internacional, no tanto para la hoja de coca entera, pero sí varios de sus derivados”, indica el antropólogo brasileño Anthony Henman, quien lleva varios años dedicado al tema de la coca. “Aun sin cambios formales políticos, fuera del caso boliviano, de hecho el mundo está avanzando hacia un conocimiento mejor de la hoja de coca”, añade. “Pero en los propios países sudamericanos, los gobiernos infelizmente siguen aplicando políticas bastante represivas”, lamenta. Mascando coca En Bolivia, con la llegada al poder de Evo Morales, un sindicalista cocalero, la hoja de coca recuperó el prestigio y la legalidad perdida, aunque para ello el país andino tuvo que abandonar la Convención Única sobre Estupefacientes y enfrentarse a la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes (JIFE) antes de ser readmitida un año después con la aceptación de su especificidad respecto al estatus legal de la planta. Incluso en Perú, donde ha sido declarada patrimonio cultural, el gobierno tiene una actitud beligerante contra la coca. Promueve los cultivos alternativos en vez de apoyar su uso con fines distintos al narcotráfico, como las industrias alimentarias o farmacéutica, y recientemente aprobó una ley que penaliza la resiembra de la planta. Y eso que sus posibilidades comerciales son, según algunas estimaciones, bastante promisorias. “En el corto y mediano plazo el mercado potencial de exportación de hoja de coca y de sus derivados benéficos podría llegar a mil 629 millones de dólares anuales”, calcula el economista peruano Hugo Cabieses. Estas cifras, añade, “podrían doblarse, si no triplicarse, en caso de que se abriera el mercado internacional como consecuencia de la exclusión de la hoja de coca de la lista 1 de estupefacientes” de la Convención Única. Sobre el potencial de la coca en los mercados de los países en desarrollo ha tomado buena nota Octavio Zolezzi, gerente general de Keshua, una compañía peruana que está exportando chicles y caramelos de coca a Holanda y Austria y que tiene previsto hacerlo el próximo año a Alemania. En su primer año fuera de Perú, ha vendido 100 mil cajitas de goma de mascar. Zolezzi sostiene que en esos mercados hay una mezcla de prejuicio e interés por este artículo. “El tabaco se está retrayendo y hay prohibiciones incluso para mostrar el producto. Entonces los distribuidores se están quedando sin negocio. A esa gente le están interesando productos como estos. En Austria nos lo va a distribuir ahora una distribuidora de tabaco”, dice. Eso sí, para poder exportar a esos mercados, la hoja de coca ha de pasar un proceso de ‘desalcaloización’ para extraerle el alcaloide de la cocaína. “Le añaden algunos químicos para que precipite el alcaloide. Eso no lo hacemos nosotros, lo hace la Enaco (la estatal Empresa Nacional de la Coca, que tiene el monopolio para la comercialización de la coca y sus derivados). Nosotros compramos el extracto. Es lo mismo que hace la Coca-Cola”, relata Zolezzi. El ejemplo de la Coca-Cola fue de nuevo puesto sobre la mesa en el VI Foro de la Hoja de Coca. El antropólogo y director de investigaciones del Instituto Indigenista Interamericano, Alejandro Camino, recordó que John Stith Pemberton, el inventor del lucrativo refresco, comenzó promoviendo a finales del siglo XIX un vino de coca como un tratamiento para la adicción a la morfina, que sufrían muchos soldados que, como él, habían participado en la Guerra de Secesión estadunidense (1861-1865). Ese vino derivó en el refresco y hoy día, agrega Camino, la compra de coca y cocaína en Estados Unidos “está restringida a una sola empresa que tiene el monopolio, la Stepan Chemicals. Ellos extraen el saborizante y se lo venden a Coca-Cola”. Así pues, mientras la que es probablemente la marca de la industria alimentaria más exitosa de la historia tiene en la hoja de coca uno de sus ingredientes principales, en la mayoría de los países de origen de la planta todavía es satanizada. “Como tónico” Algunos participantes en el Foro Internacional de la Hoja de Coca apenas pudieron ocultar su envidia por los avances logrados por los defensores de la mariguana. El cannabis se está convirtiendo en el espolón de proa de la despenalización de las drogas, a pesar de que esta planta tiene efectos psicotrópicos por sí misma, al contrario que la hoja de coca, que tiene que pasar por un complejo proceso químico para que se le pueda extraer el alcaloide de la cocaína, con el que se elabora la droga. Para seguir los pasos del cáñamo, varios expositores del foro coincidieron en la necesidad de sustentar los beneficios de la coca con evidencias científicas. El boliviano Jorge Hurtado, psiquiatra especializado en drogodependencias y exasesor de la Asamblea Constituyente para la Carta Magna de Bolivia de 2008, en la que la hoja de coca es protegida como patrimonio cultural,recuerda que en 1975 investigadores de la Universidad estadunidense de Harvard hicieron un estudio en el que compararon el valor nutricional de la hoja de coca con el de otras especies vegetales comestibles, incluida la ahora apreciada quinua. “Concluyeron que la coca es una fuente más rica de calcio, fósforo, vitamina A y riboflavina en relación a otras plantas de América Latina” y que, además, tiene tan sólo “un 3% de grasa, mucho menos que el 7.9% de los otros alimentos” en promedio. Si embargo, el trabajo de Harvard –añade Hurtado– afirma que estos nutrientes “no son absorbibles (por el organismo) porque están en una hoja y es muy difícil de digerir, pero la industrialización favorece el cocimiento y la absorción”. El psiquiatra boliviano subraya que la ingestión de la hoja de coca “mejora la respiración, estabiliza los niveles de azúcar en la sangre, reduce la viscosidad sanguínea, incrementa la tolerancia al ejercicio (…) y permite una mejor adaptación a la altura”. No obstante, Hugo Cabieses señala que aunque en efecto ese estudio acepta que “las hojas de coca contienen cantidades relativamente altas de ciertos nutrientes” y sugiere reevaluar “los informes frecuentes sobre el poco valor nutritivo de la coca”, también indica que “pueden contener de 0.25 a 2.25% de alcaloides tóxicos y que estos podrían hacer que las hojas de coca no sean aceptables como fuente de alimentación”. Pero el economista también hace referencia a otro estudio realizado por 52 expertos para la Organización Mundial de la Salud (OMS) entre 1992 y 1994, en el que concluyeron que “el consumo de la hoja de coca parece no tener efectos físicos negativos y puede tener un valor terapéutico como tónico”, y sugirieron una investigación más profunda para investigar qué efectos positivos puede tener la planta para la salud. Sin embargo, finalmente “sacaron este informe de la circulación a pesar de haberlo presentado en la Comisión de Estupefacientes de Naciones Unidas”, debido a que el gobierno de Estados Unidos se opuso a él y amenazó con retirar su apoyo a la OMS. “Denunció que el estudio no pasaría el control de calidad de su país por contener serias deficiencias metodológicas”, lamenta Cabieses. En espera de esas nuevas investigaciones que comprueben los beneficios que los consumidores de la hoja de coca en la zona andina le atribuyen, los defensores de su comercialización a gran escala como suplemento alimenticio ven en esta posibilidad una alternativa atractiva para los cocaleros que actualmente venden su producto al narcotráfico. “Nos duele mucho que la hoja de coca vaya para unas intenciones totalmente diferentes”, asegura Fabiola Piñacué. “El indígena que a veces vende la hoja de coca al narcotráfico y otras a nosotros, nos dice: ‘Yo prefiero vendérsela a ustedes. Primero porque pagan mejor, y además porque sabemos que va para una noble causa’”.

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