La izquierda peruana se acerca a una debacle electoral

El expresidente peruano, Ollanta Humala. Foto: Eduardo Miranda El expresidente peruano, Ollanta Humala. Foto: Eduardo Miranda

LIMA (apro).- La izquierda peruana, que hace cinco años celebraba la llegada al gobierno de una amplia alianza de la que formaba parte y que recogía en su programa muchas de sus propuestas políticas, encara ahora unas elecciones generales, cuya primera vuelta tendrá lugar el 10 de abril, en medio de una grave crisis que amenaza con borrarla del mapa político.

Dividida, desmoralizada, desconectada de la calle y con muchas de sus figuras en desbandada, ninguno de los cuatro partidos que la representarán en las papeletas de voto se acerca siquiera en las encuestas de intención de voto al 5% de apoyos que se necesitan para entrar al Congreso y para mantener el registro electoral que le permitiría participar en otros comicios subnacionales.

Nada más lejos del panorama que se les abría en 2011, cuando la balanza política en Perú parecía inclinarse por primera vez en muchos años hacia su lado, en concordancia con lo que era entonces una tendencia en la mayor parte de Sudamérica. En Lima, Susana Villarán, política de este extremo del espectro político, ganaba en ese entonces la alcaldía.

Y en el ámbito nacional, Ollanta Humala, quien se había moderado desde sus anteriores coqueteos con el chavismo pero que todavía ofrecía un cambio en el modelo económico neoliberal peruano, obtenía el triunfo en las elecciones presidenciales apoyado por Gana Perú, una heterogénea plataforma en la que habían tomado buenas posiciones los partidos y movimientos sociales de izquierda.

Estos dos resultados fueron una anomalía en la historia moderna de Perú, que “es un país muy derechista en comparación con el resto de América Latina”, según el historiador y analista político Antonio Zapata.

“Perú tiene poquísimos gobiernos que hayan sido progresistas o izquierdistas a lo largo de su historia en comparación con el resto de América Latina, que tiene ciclos a la izquierda”, comenta.

La única excepción fue el gobierno dictatorial del general Juan Velasco Alvarado (1968-1975), que decretó la nacionalización y el fuerte control del Estado sobre sectores estratégicos del país, como la banca y la minería.

Desde el regreso a la democracia, en 1980, la izquierda nunca había estado cerca del poder. Hasta que se sumaron en 2011 a la candidatura de Humala, quien propugnaba por un cambio del rumbo ultraneoliberal imperante en Perú desde el régimen de Alberto Fujimori (1990-2000).

En su primer gabinete Humala mezcló tecnócratas de ideología neoliberal en los puestos económicos con cuadros provenientes de la izquierda, pero se deshizo de estos últimos a los pocos meses y acabó manteniendo el mismo modelo que sus predecesores con el paliativo de algunos programas sociales. En el Parlamento los diputados izquierdistas de su bancada fueron desertando conforme avanzaba su mandato.

Al final, Humala, atacado por tibio por la elite económica y repudiado por la izquierda, acabó totalmente desacreditado y su aprobación ciudadana está actualmente por debajo de 20%.

La misma suerte corrió en la alcaldía Villarán, quien en su intento de reelección en 2014 sufrió una estrepitosa derrota con poco más de 10% de los votos.

“Entonces, el electorado queda decepcionado de las opciones izquierdistas, que incluso cuando llegan (al poder) no hacen nada y vira para dejar de lado esas opciones. No hay un ánimo izquierdista en Perú hoy en día”, sostiene Zapata.

Más de lo mismo

Pese a que la campaña electoral acaba de empezar oficialmente, los principales candidatos llevan ya varios meses en precampaña y ya se han perfilado tres o cuatro que tienen opciones reales de dar la batalla por la Presidencia. Todos ellos representan una continuidad del neoliberalismo económico.

Aunque Perú está acostumbrado a ascensos y descensos bruscos en los apoyos a los candidatos y nadie descarta irrupciones sorpresa de alguno de ellos, la perspectiva para la izquierda es la peor desde el retorno de la democracia. Para cualquiera de sus cuatro candidaturas, en estos momentos sería una victoria alcanzar 5% de votos que requieren para seguir sobreviviendo. Y no parece que vaya a ser fácil.

Tres de ellos tienen tan poca intención de voto que ni siquiera aparecen reflejados en las encuestas. La única que lo hace es Verónika Mendoza, joven diputada que dejó la bancada oficialista sólo un año después de su elección y que se presenta a estas elecciones como candidata del Frente Amplio. Pero apenas logra de momento entre 2 y 2.5% de los apoyos, dependiendo del sondeo.

Si ninguno de ellos logra superar la valla, la izquierda quedará fuera del escenario político, pues no sólo no tendría representación parlamentaria, sino que perdería el registro electoral y no podría participar en las próximas elecciones regionales y municipales.

Aparte del desencanto con los balances de los gobiernos de Humala y de Villarán, y de la división con que afronta este proceso electoral, hay otros factores que contribuyen a la posible debacle de la izquierda.

El analista Antonio Zapata critica que actualmente ha perdido su “entronque social”. “En el pasado todos estaban en algo: sindicatos, asociación de vecinos, colegio de abogados… Donde había un sector organizado de la sociedad, ahí estaba la izquierda. Ahora es un grupo superestructural: profesores universitarios, columnistas de opinión… pero ha abandonado el trabajo social”, sostiene.

Elvis Mori, investigador social de izquierda que formó parte del equipo de campaña de Gana Perú, coincide en que “desde 2010-2011 se ha diluido el tejido social que ayudó a generar esa confluencia (de fuerzas sociales) para ganar”.

En Perú, asegura Guillermo Loli, gerente de Estudios de Opinión Pública de la encuestadora Ipsos Perú, “hace años las ideologías de izquierda y de derecha no necesariamente son seguidas o entendidas por la población en Perú”. De acuerdo con las encuestas, “solamente alrededor de un 30% o 40% de gente conoce los términos de izquierda o derecha”. De estos, se considera adscrito ideológicamente en la primera opción una pequeña parte que los más optimistas sitúan en torno a 10% o a 15%.

Sin embargo, Mori agrega que hay un grupo importante de la población perteneciente a las clases populares que es contraria al actual sistema y que podría en un momento dado abrazar una propuesta programática de izquierda, aun sin identificarse como tal, como pasó en 2011.

“Valores postmateriales”

Lo cierto es que “la izquierda ha sido incapaz de hacer un proyecto de mayorías”.

Una de las causas, afirma Mori, es que “no aborda hace tiempo aspectos concretos de la gente”. Lo que quiere, dice, es resolver aspectos inmediatos de su vida de lo cotidiano, como infraestructuras básicas, y el discurso de la izquierda no cala ahí, esas cosas se desprecian”.

El investigador añade: “En este último periodo se encasilló en un discurso ambiental, que es muy importante, pero no es necesariamente una agenda de país. Tiene agendas que tienen más que ver con lo que algunos llaman valores postmateriales, como el Estado laico. Esas cosas son importantes pero no son bandera de mayorías”.

Zapata también incide en este punto y señala que “falta una renovación del discurso. El mensaje no es tan moderno. Sigue siendo un poco ‘Lenin y Mao no han pasado’”.

En el caso del Frente Amplio, el historiador pone el ejemplo de que “el tono de la campaña es un poco antiminero”, cuando “la mayoría de la gente está por que la gran minería no abuse, pero que es indispensable para el desarrollo nacional”.

Sobre el tema democrático, asegura, “no asume con claridad una posición de decir que en Venezuela lo de Nicolás Maduro es insoportable”.

Este declive de los partidos de izquierda ha provocado que los candidatos punteros intenten pescar votos en ese espectro político. Muchos de ellos han introducido en sus programas algunos de sus reclamos, como una mayor intervención del Estado en la economía, políticas de inclusión social o el respeto al medio ambiente.

Además, han incorporado a sus filas figuras que habían tenido un papel importante en partidos de izquierda y que han aceptado formar parte de sus campañas como candidatos a vicepresidentes y o en las listas para el Congreso, aumentando el desconcierto entre sus antiguos correligionarios.

La candidata que lidera las encuestas con algo más de un 30% de intención de voto –más del doble que el segundo–, Keiko, la hija del expresidente Fujimori, se presenta con un fundador de Fuerza Social, el partido con que Villarán ganó en Lima, como aspirante a vicepresidente.

También ha moderado sus posiciones neoliberales a favor de un mayor peso del Estado y ha reconocido –aunque con matices– el trabajo de la Comisión de la Verdad de 2003, que acusaba a su padre de graves crímenes contra la humanidad.

La mayoría de los analistas opina que quien estaría capitalizando mejor por el momento la búsqueda de ese voto de izquierda y antisistema sería el polémico candidato de Alianza Para el Progreso, César Acuña.

Este empresario de 63 años, natural de la región andina de Cajamarca, explota su imagen de hombre hecho a sí mismo, que de la nada construyó un imperio económico basado en tres universidades, de baja calidad pero asequibles para las clases populares.

A pesar de su indisimulada práctica del clientelismo político y de que tiene acusaciones de corrupción por su actuación como gobernador de la región de Trujillo, consigue que las clases populares se identifiquen con él y ha estado subiendo en las encuestas hasta colocarse en segundo lugar, sólo por detrás de Keiko.

Mori destaca que mientras “en 2006 y 2011 el antagonismo político fue cambio-continuidad, inclusión-neoliberalismo, en este periodo ese antagonismo no existe”, por lo que “el antagonismo político ahora está siendo el anti-establishment”.

Detalla que tiene que ver con los viejos políticos como Keiko Fujimori y Alan García, el líder del APRA y dos veces presidente de Perú (1985-1990 y 2005-2011), que se presenta para un tercer mandato y es cuarto en las encuestas.

“Acuña viene representando el antifujimorismo y el antiaprismo”, por lo que esa gran masa popular que aupó a Humala a la presidencia estaría ahora inclinándose poco a poco a favor de Acuña, asegura el investigador.

Guillermo Loli reconoce que en Perú, donde el voto es obligatorio, a menudo los ciudadanos votan contra alguien, más que a favor de alguien. “En las encuestas, en las razones de voto aparece siempre esa razón. En general no hay un voto hacia el pro, sino para que no gane alguien”.

No obstante, el gerente de Ipsos cree que otra parte del voto de Humala en 2011 no solo no es antifujimorista sino que estaría yendo ahora, paradójicamente, hacia Keiko, la que fue entonces rival en la segunda vuelta del ahora presidente. “Hay un sector de los niveles más populares, menos informados, menos conectados con la política, con el fujimorismo” que también tiene una naturaleza populista y clientelar.

Todo esto contribuye a que la izquierda se enfrente a “la peor situación de su historia, la más riesgosa”, dice Zapata. “Puede que se salve por las justas o que le pase como a Sansón y los filisteos: que se hunda todo el techo encima y a partir de abril empiece alguien a reconstruirla desde cero”, augura.

Una complicación añadida, advierte, es que la candidatura con mayores opciones, el Frente Amplio de Verónika Mendoza, se presenta con el registro electoral de Tierra y Libertad, un partido liderado por el exsacerdote y activista antiminero Marco Arana, que tiene muchas enemistades entre la izquierda.

“Odian al padre Arana por caudillista, por hegemonista, descartar al resto y tiene esta cosa de los curas de que cree que habla desde un púlpito moral”, remarca Zapata. “Salvar a Mendoza es salvar el registro de él y, si lo odian, ¿para qué lo van a salvar?”.

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