Espacio escultórico de la UNAM: Narro debe rendir cuentas

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Si bien es cierto que el mediocre edificio vertical de 7 pisos, perteneciente a la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales (FCPyS), que se construyó en el eje oriente del Espacio Escultórico de la UNAM, destruyó el entorno paisajístico de la obra monumental y el silencio visual que permitía disfrutar la naturaleza en 360º, la impertinencia del inmueble no se reduce a una cuestión de paisaje: se inscribe en la voracidad constructiva y cuestionable uso territorial característico de la rectoría del doctor José Narro Robles (2007-2015).

Emplazada en el ecosistema que provocó la erupción del volcán Xitle, Ciudad Universitaria (CU) es un área privilegiada en la Ciudad de México en donde la belleza de los pedregales convive con una biodiversidad rica y local. A diferencia de la excluyente y dispendiosa gestión de las artes visuales que promovió Narro, en 1977 la UNAM impulsó el atrevido proyecto experimental que transformó la naturaleza de CU en obra de arte:

Encargada a creadores que eran parte del claustro universitario –Matías Goeritz, Federico Silva, Manuel Felguérez, Helen Escobedo, Sebastián y Hersúa–, la creación derivó en una obra colectiva que es a la vez espacio, ambiente y volumen escultórico tallado por las distintas densidades de la lava. Monumental, aleatorio, absurdo y real –como lo calificó el historiador Jorge Alberto Manrique–, el Espacio Escultórico no ha sido ni valorado ni puesto en valor como merece.

Durante 2015 la preocupación por el impacto social y ecológico que podrían generar las numerosas construcciones que aprobó Narro, corrió a cargo de los estudiantes de ciencias. Desde marzo hasta septiembre, un grupo de universitarios denominados propedregal.ciencias solicitó a varias instancias, sin éxito, información sobre objetivos sustantivos, justificación, financiamiento e impacto ambiental de varios edificios, entre ellos el Centro de Ciencias de la Complejidad (C3), el Centro de Investigación en Políticas de Ciencias de la Salud, y el correspondiente a la Facultad de Ciencias Políticas.

La indiferencia que manifestó el equipo de Narro ante la preocupación de la comunidad de la UNAM, contrasta con la rápida respuesta que dio el actual rector Enrique Graue a la petición que, con el título de Salvemos el Espacio Escultórico, promovió el artista visual Pedro Reyes a través de www.change.com. Centrada en el “efecto desastroso” que provocó el edificio en el entorno paisajístico de la obra, la petición, apoyada hasta el 17 de febrero por 25 mil firmas, exige la demolición de cuatro pisos del edificio.

Encargada a un comité de 11 personas en el que participa una funcionaria que no dio respuesta a los estudiantes de ciencias –Mireya Imaz–, dos académicos del Instituto de Investigaciones Estéticas que nunca se pronunciaron ante la construcción del inmueble
–Louise Noelle y Renato González Mello–, el coordinador del C3 que labora en una de los ostentosas construcciones recién inauguradas –Alejandro Frank–, y un artista que fue beneficiado durante la gestión de Narro –Sebastián–, el comité se percibe carente de autoridad para tomar decisiones.

Con cuatro personas vinculadas con la escena arquitectónica y ninguna proveniente de la Reserva Ecológica del Pedregal de San Angel en la UNAM, la respuesta del Comité debe incluir la exigencia de una rendición de cuentas severa y pública de José Narro.

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