Corea del Norte: La Guerra Fría revive en el Pacífico

Ejercicios militares de tanques surcoreanos en la frontera con Corea del Norte. Foto: AP / Ahn Young-joon Ejercicios militares de tanques surcoreanos en la frontera con Corea del Norte. Foto: AP / Ahn Young-joon

Que Corea del Norte haya detonado a principios de mes una supuesta bomba de hidrógeno encendió las alarmas de las grandes potencias. Así, el pequeño Estado asiático donde aún persiste el estalinismo reavivó la Guerra Fría en la península coreana. Pero, a decir de los especialistas, no existe ninguna amenaza real y todo ha sido una exageración que conviene a Pyongyang y a Washington; el primero afianza su control interno; el segundo esgrime la necesidad de hacer sentir su presencia en la región, algo que no ven con buenos ojos Rusia ni China.

BEIJING (Proceso).- Este mes, un ensayo con una presunta bomba de hidrógeno y el lanzamiento de un misil de largo alcance han refrescado el temor que se le tiene a Corea del Norte: Pyongyang y Washington exageran una amenaza que los expertos minimizan, pero nadie discute la capacidad desestabilizadora de ese pequeño y empobrecido país oriental.

Sus más recientes desmanes han provocado el establecimiento de un escudo antimisiles en Asia. Estados Unidos sostiene que ello dará seguridad a la región. China y Rusia replican que acrecentará la tensión y la carrera armamentista.

Un satélite puesto en órbita robó, el domingo 7, las portadas de todos los medios, desplazando el año nuevo chino y el supertazón. Corea del Norte sacó de la cama a los líderes mundiales una mañana de invierno y se inició la liturgia de condenas generalizadas y reuniones de urgencia del Consejo de Seguridad de ONU para aumentar las sanciones cuando aún no había acordado las que merecía el ensayo nuclear anterior.

Son tiempos convulsos en la península coreana, acostumbrada ya a la dinámica de provocaciones y distensiones que la dinastía Kim ha sublimado durante décadas.

El mundo teme los avances del programa nuclear norcoreano y su capacidad para poner en peligro a la comunidad internacional. Pero la realidad es que Pyongyang hasta el momento sólo ha detonado artefactos nucleares en territorio propio y las posibilidades de que lo haga en ajenos son dudosas, según especialistas.

“A Corea del Norte le gustaría tener todo lo que dice tener, pero yo no veo ningún progreso apreciable”, dice a Proceso, vía correo electrónico, Markus Schiller, ingeniero aeroespacial y experto en temas del programa norcoreano. “Su ritmo es extremadamente lento, como podrías esperar de un país aislado del resto del mundo, que sufre las sanciones internacionales, sin mano de obra calificada, con una política de tolerancia cero al fracaso, que carece de una base económica potente y de una industria tecnológica apreciable”, añade.

La posibilidad de un misil nuclear norcoreano golpeando Estados Unidos es “ciencia ficción y lo seguirá siendo durante mucho tiempo”, sentencia.

La percepción global distorsionada viene del interés por exagerarlo de Pyongyang, para justificar un programa que ha condenado al hambre y la pobreza a su población; y de Estados Unidos, al que la amenaza norcoreana le sirve para aumentar su despliegue militar en una zona donde se disputa la primacía global con China. A ello se añade la fascinación global por todo cuanto viene de Corea del Norte, una suerte de corte de los milagros contemporánea, y la intervención de personal dudosamente calificado –periodistas o politólogos– sobre un asunto científico. Los expertos nucleares e ingenieros de misiles son escasamente citados.

No hay dudas de que Pyongyang dispone de la bomba atómica después de los ensayos de 2006, 2009, 2013 y 2016. En las dos primeras utilizó plutonio y existen dudas sobre si el uranio fue el material de la tercera. Todavía más dudas hay de que la más reciente fuera una bomba de hidrógeno, lo que supondría un avance importante. Las bombas termonucleares se sirven de la fusión (mezcla de átomos) en contra de la fisión (separación) de las atómicas para multiplicar su poder devastador. Sólo un pequeño grupo de potencias las ha probado.

Pero las mediciones de su potencia apenas registraron entre 10 y 15 kilotones, una décima parte de lo que se espera de una bomba de hidrógeno. Los expertos repiten que no existe ningún indicio científico que apuntale las aseveraciones norcoreanas y apuntan a lo que se conoce como boosting: el añadido de una pequeña cantidad de isótopos de hidrógeno en una cavidad del centro de la esfera de plutonio, de forma que cuando éste prende, se produce una reacción de fusión.

“No añade mucha energía a la explosión pero crea neutrones adicionales que hacen la fisión más eficaz. Podría haber probado esto, pero no está claro, porque la energía liberada fue muy pequeña. Y aunque hubiera funcionado no sería un gran avance, a pesar de que podría permitirles conseguir cabezas nucleares más pequeñas”, dice a este semanario, vía correo electrónico, David Wright, experto nuclear y codirector de la Unión de Científicos Conscientizados.

La puesta en órbita de un satélite mediante un misil de largo alcance desató el habitual diálogo de sordos entre Pyongyang y la comunidad internacional. El primero defiende que son proyectos científicos, mientras la segunda ve en ellos pruebas balísticas encubiertas. Del satélite meteorológico lanzado tres años antes, para controlar el flujo de lluvias y sequías que castigan la agricultura nacional, aún no ha habido noticias.

La tecnología para llevar al espacio un satélite es parecida a la de trasladar una ojiva nuclear a un punto alejado del globo. Faltan aún, sin embargo, los pasos más complejos. Los dos lanzamientos consecutivos triunfales llegaron después de tres fracasos, alguno de ellos tras apenas unos segundos de vuelo. El dominio de la técnica parece aún lejano. “No significó mucho. Es un logro impresionante en sí mismo, pero no certifica que el próximo misil funcione. También podría fallar. Hablamos de viajes espaciales, los cohetes tienden a explotar”, señala Schiller.

“Son sistemas tremendamente complicados y necesitas muchas pruebas exitosas para ganar confianza y fiabilidad”, coincide Wright.

Faltaría después miniaturizar la ojiva y un misil que no sólo subiera a la atmósfera, sino que también bajara. Los expertos juzgan que Corea del Norte ha conseguido ya cabezas nucleares de entre media y una tonelada, pero reducirla aún más es un reto. También lo es la tecnología de reentrada del misil en la órbita terrestre para que las vibraciones no detonen la carga, en caso de que no hubiera explotado ya con las del lanzamiento.

“No hemos visto aún ni un solo indicio de que Corea del Norte haya trabajado esas técnicas. Sólo tenemos sus declaraciones, sin ninguna prueba. Podría dominarlas si se dedicara a ello y dependería de cuánto esfuerzo le pusiera. Países industrializados tienen aún muchos años o décadas por delante para dominarlas, y no será diferente para un país pobre”, señala Schiller.

Los gráficos con nombres abstrusos de misiles y órbitas que cruzan el planeta hasta golpear Estados Unidos son recurrentes en la prensa, pero la tecnología norcoreana va aún muy detrás de su dominio mediático. El mayor peligro actual es que alguna de las periódicas escaramuzas derive por el inflamado ego de sus dirigentes en un enfrentamiento regional serio.

Su programa nuclear está aún en sus fases incipientes y para evitar que algún día llegue a amenazar a la comunidad internacional será más eficaz el diálogo que las sanciones o las declaraciones de la ONU. “Está claro que no han servido de nada. Estados Unidos debería retomar las conversaciones de los noventa que llevaron a un significativo progreso para reducir las tensiones. El esfuerzo fue detenido por el gobierno de Bush”, recuerda Wright.

Influencia regional

Pero Estados Unidos parece más preocupado hoy en la geopolítica. La beligerancia norcoreana ha acercado su viejo anhelo de plantar en Asia el escudo antimisiles que temían China y Rusia. No es probable que la irrupción de la llamada Terminal de Defensa Aérea de Alta Altitud (THAAD) vaya a sosegar una zona del globo que concentra a países hermanos enfrentados, heridas históricas sin sanar, reclamaciones territoriales y presupuestos de defensa sin bridas.

Seúl y Washington anunciaron el lunes 8 –un día después del lanzamiento del misil norcoreano– que empezarían a negociar su despliegue “a la brevedad”. Acababa así una década en que las presiones chinas habían pesado en Seúl más que el miedo a su vecino del norte.

China y Rusia no han dejado de pedir explicaciones desde entonces a Seúl y alertar de que el escudo sólo traerá más inestabilidad. La prensa oficial china recordó la semana pasada que Rusia respondió al escudo estadunidense en el este de Europa aprovisionándose de más misiles y animaba a Beijing a seguir esa senda. Las promesas de Seúl y Washington de que sólo pretenden controlar a Pyongyang no han sido escuchadas.

Beijing ve en el THAAD otro paso en la estrategia estadunidense en el Pacífico, donde ya ha acumulado decenas de miles de tropas y lo mejor de su armada.

Un THAAD desplegado en Corea del Sur cubriría buena parte del suelo chino y ruso gracias a sus radares con capacidad de rastrear distancias de 4 mil kilómetros. Washington tendría datos exactos de maniobras militares aéreas y terrestres o de la ubicación de instalaciones sensibles.

“China está contra cualquier sistema antimisiles en Asia que pueda reducir el potencial de sus proyectiles, especialmente de los relacionados con su capacidad disuasoria nuclear. También le preocupa que esos sistemas puedan proliferar en Taiwán y ayuden a defenderla del arsenal de misiles convencionales desplegados”, señala por e-mail Richard Bitzinger, analista de la Escuela S. Rajaratnam de Estudios Internacionales de Singapur.

Los esfuerzos estadunidense por aumentar su red de aliados explican que se hable ya de una nueva Guerra Fría en el Pacífico. El THAAD en Corea del Sur podría vincularse al sistema de defensa en Japón para integrar una mini-OTAN en el patio trasero chino.

Los THAAD, en servicio desde 2008, están formados por un radar, seis plataformas de lanzamiento montadas sobre camiones, 48 misiles y un panel de comunicaciones. Hoy funcionan cinco y Washington ha encargado otras dos a Lockheed Martin, una de las mayores compañías de equipamiento militar del mundo. El sistema está diseñado para abatir misiles dentro o fuera de la atmósfera durante su tramo final de vuelo.

China se ha desesperado durante años por el autismo norcoreano a sus peticiones de regresar a las negociaciones internacionales y jubilar su programa nuclear. La tozudez de Pyongyang ha dado la excusa finalmente a Estados Unidos para plantarle un escudo antimisiles en su patio trasero. La lectura de la prensa china sugiere que incluso la paciencia confuciana tiene límites.

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