Una cena fallida

En agradecimiento al maestro José Luis Jury.

 

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- En el otoño de 1819, Franz Schubert transcurrió una placentera temporada en la ciudad austriaca de Steyr, como huésped de Sylvester Paumgartner quien era, además de uno de sus mecenas, un violonchelista aficionado. Por instancias de éste y, sobre todo, como muestra de agradecimiento, Schubert concibió su quinteto en La mayor para piano y cuerdas, mejor conocido como La trucha. De acuerdo con el relato de J. M. Vogl, un barítono amigo de Schubert que estuvo presente en Steyr, a Paumgartner le encantaba el lied Die Forelle,[1] que su protegido Franz había compuesto con anterioridad, y sin recato le sugirió que escribiera algo para él, donde retozara su pegajoso tema.

Fue así, que Schubert se puso a trabajar en el quinteto pensando en dotar al chelo de una parte relevante para que su benefactor se luciera y saldando, de paso, una deuda moral por las deferencias hacia su persona (Schubert vivió siempre a expensas de la generosidad de sus amigos ya que sus finanzas jamás prosperaron). Particularmente en el cuarto movimiento de la obra ‒una serie de variaciones sobre el tema del lied aludido‒, quedó cristalizado el regalo inmaterial que Schubert, el tímido soñador que sublimó sus penas a través de la música, ofrendara a cambio de esa hospitalidad que lo ayudó a olvidarse, aunque fugazmente, de hambre y privaciones. La obra fue publicada póstumamente y no hay constancia de que se haya tocado en vida de Schubert.[2]

Pero, ¿qué tiene que hacer ahora la referencia a este celebrado quinteto dentro de estas páginas?… Pues, sencillamente, que la composición fue protagonista de un relato tragicómico que esta columna ha querido compartir desde hace tiempo con sus lectores.

Corrían los últimos años de la década de 1980, y mi vida se encontraba en una de sus simas más álgidas. Por razones de superación personal me había trasladado a Italia y al término de los estudios en el Conservatorio Verdi había decidido quedarme a vivir en Milán, por la augusta tradición musical que ahí se respiraba. Mas no había logrado residir en la urbe donde Leonardo da Vinci plasmó su fresco L´Ultima Cena, sino que había debido buscar vivienda en los poblados periféricos, ya que las rentas milanesas eran prohibitivas. A un precio módico había hallado apartamento en un villorrio llamado Gorgonzola. Una leyenda urbana refería que ahí se había gestado la aparición fortuita del queso homónimo.

Era la época, también, donde había contraído una deuda inmensa por la adquisición de un violín ‒un supuesto ejemplar cremonés de 1801, que resultó falso‒ que iba a saldar a lo largo de varios años y acababa de iniciar una convivencia de pareja en la que se esperaba que fungiera como proveedor responsable. Como podrá comprenderse, el sueldo que percibía como maestro de violín en una escuela aledaña y como concertino de un par de orquestas lombardas, no era suficiente. Llegaba el fin de mes y los pagos por saldar me acribillaban, al punto que a veces era necesario recurrir a los marchantes del pueblo para que fiaran comestibles y enseres domésticos.

El clima tampoco me ayudaba mucho para mantener el ánimo enhiesto. Los duros inviernos milaneses, con sus densas neblinas, y las pocas horas de luz en la jornada, hacían que cuestionara el objeto de mi estadía italiana y que, para decirlo en breve, sobrellevara los días con una depresión disfrazada de hastío. Nada de lo que hacía profesionalmente me satisfacía a fondo y a todo, no obstante el privilegio de estar rodeado de tantos tesoros artísticos, le encontraba su lado negativo.

Un buen día, sin embargo, un colega se percató de mi deplorable estado emocional ‒también físico por las comidas que a menudo saltaba‒ y me refirió con un peculiar psicoterapeuta que atendía en el centro de Milán. Ahí fui a dar sin dudarlo mucho y resultó que el médico era un personaje digno de una novela de Manzoni. No le gustaba cobrarle las consultas a quien tuviera problemas para costearlas e incluso, cuando podía, era él quien sacaba la billetera para socorrer a los necesitados. Su fortuna provenía de una fábrica de hilados, de manera que el psicoanálisis lo ejercía como apostolado. Su hermosa morada no era propiamente un consultorio sino, más bien, un espacio señorial que abría sus puertas de par en par a quien estuviera dispuesto a confrontarse con los demonios de su psiquis. Ya que su esposa era una ex bailarina del Teatro Alla Scala, los artistas tenían prioridad en la larga lista de espera.

Comenzaron las sesiones semanales y fue espontáneo que el médico y su consorte quisieran conocer a mi pareja. Sin reticencias de su parte, ella también se incorporó como paciente y de inmediato la amistad entre los cuatro comenzó a florecer. Las primeras semanas llegábamos nada más para las consultas, pero el conocimiento de las estrecheces que padecíamos se trocó en una invitación abierta para que nos quedáramos a cenar las veces que quisiéramos.

Para nuestra sorpresa el cariño recíproco fluía a raudales y el médico y la bailarina se convirtieron en los entrañables Guglielmo y Giovanna que tanta influencia ejercerían en nuestras vidas. Las citas de los sábados llegaron a ser inamovibles y en las veladas sucesivas a las terapias transcurrimos muchos de los recuerdos más preciados de nuestro futuro. Con respecto a los resultados de la psicoterapia las mejorías se resistían, mas no cejábamos en el intento.

Una madrugada gélida, al regresar a Gorgonzola de nuestras inviolables sesiones, nos encontramos con una manada de gatos siameses de la que se rezagó el más pequeño. Con su orfandad en vilo nos maulló y a mi mujer se le ablandó el corazón. Una vez que tuvo al cachorro en brazos escuché sus suplicas para que lo adoptáramos. Fue inútil esgrimir razones para no hacerlo. Aunque implicara un gasto y una responsabilidad extra era obvio que él estaba dispuesto a compartir la suerte con nosotros. Le dimos el nombre de Sinué y lo traigo a colación porque es uno de los protagonistas de este relato.

Transcurrieron muchos meses hasta que se volvió imperativo pensar en corresponderles a nuestros amigos milaneses. Las negruras comenzaban a quedarse atrás y, quizá como efecto de la psicoterapia nuestra economía tenía ya algunos visos de optimismo. ¿Cómo era posible que no se nos hubiera ocurrido convidarlos a nuestra humilde vivienda si ellos estaban al corriente de los avatares existenciales que nos impedían vivir en un lugar menos paupérrimo?… En fin, había que buscar la ocasión propicia y, naturalmente, ver la manera de recibirlos con manteles largos.

La ocasión se presentó poco después gracias a un vecino que tenía como pasatiempo la pesca. Una tarde me topé con él en las escaleras y lo vi cargando un manojo de suculentas truchas recién pescadas. Le pregunté si había manera de que me consiguiera alguna fuera de serie y su respuesta fue positiva. Adicionalmente me susurró que por el precio no debía preocuparme. Sería una cortesía propia de la buena vecindad.

Les notificamos a Giovanna y Guglielmo que queríamos invitarlos a casa y que dependíamos de los buenos oficios del vecino para definir la fecha. No hubo reparos de su parte, al contrario, vendrían de mil amores a convivir en el pequeño espacio del que tanto habían oído renegar. Y por supuesto, también para conocer al remedo de hijo que era Sinué. Nos preguntaron qué necesitábamos para la cena y, con orgullo les respondimos que teníamos todo preparado y que sólo faltaba que se apersonaran.

Cuando el vecino me avisó que nos había conseguido una trucha magnífica, dispusimos el menú y conseguimos prestados unos candelabros y un mantel de encaje. El vino y el postre estarían a la altura de la circunstancia y para dar el toque maestro habría una música muy bien pensada, idónea para la anhelada ocasión.

Llegaron puntuales mientras nosotros acabábamos de engalanar la vivienda. Un recorrido mínimo sirvió para mostrarles cómo vivíamos, alentándonos para expresarles el desaforado gusto que nos daba recibirlos. Antes de pasar a la mesa aproveché, al tiempo que encendía el tocadiscos, para darles los antecedentes de la elección musical. Íbamos a cenar escuchando, precisamente, La trucha de Schubert, y eso me sirvió para reparar en la semejanza de gratitudes que se había creado entre nosotros. Apenas comenzó a sonar el quinteto schubertiano, mi mujer sacó del horno la enorme trucha que habíamos cocinado con tanto esmero. La depositó con garbo en el centro de la mesa y, cuando nos disponíamos a brindar con alborozo, sucedió el desastre. Sinué, hastiado también del mal comer, dio un salto atlético, aferrando simultáneamente a la trucha. Para rematar su proeza felina salió disparado con ella hacia el balcón contiguo. Aquella noche hubimos de comer sólo música…

[1] Se trata de la musicalización hecha por Schubert de un poema del mismo nombre de Christian Friedrich Schubart (1739-1791)

[2] Se recomienda la audición, tanto del lied, como del movimiento citado del quinteto. Audio 1: Franz Schubert – Lied Die Forelle D. 550 (Barbara Bonney, soprano. Emmanuel Ax, piano. SONY, 2009) Audio 2: Franz Schubert – Andantino con variazioni del Quinteto La trucha D. 667. (Ingrid Haebler, piano. Arthur Grumiaux, violín, Georges Janzer, viola. Eva Czako, chelo. Jacques Cazauran, contrabajo. PHILIPS, 1989)

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