Roger Ballen y el extrañamiento de lo ordinario

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- En las primeras horas del sueño, la mente se va nublando con fantasmas. La imaginación se adueña de cada pedazo de cerebro. A veces hay pesadillas, pero son inofensivas. En las fotografías de Roger Ballen (1950) habita un espejismo de los sueños: insectos que alguna vez fueron una silla, niños descabezados, un enjambre de cables, un cuerpo que sostiene una paloma, dibujos sacados de un barrio de enfermos mentales en Sudáfrica, un cachorro entre dos pies deformes, una gallina en una cubeta…

Los objetos cotidianos, los animales y la locura incitan a imaginar la utopía de los sueños: un territorio donde no se distingue lo real de lo incierto. Más que terrorífica, la obra de Ballen es inquietante. No incomoda, atrae. En entrevista con esta agencia a propósito de su exposición Introspective en el Centro Fotográfico Manuel Álvarez Bravo (CFMAB) de Oaxaca (110 imágenes realizadas en más de medio siglo), el fotógrafo explica (vía telefónica México-Milán) la noción de ficción documental que permea en su obra:

“La ficción documental está presente en mi trabajo desde 1995. Puede ser visto como documental porque fue fotografiado en lugar real, donde la gente dormía y hacía su vida. La parte ficcional trata de comprender la naturaleza del lugar donde se han producido los hechos y la forma en cómo los sujetos actuaban en modo real. Es difícil comprender en mi trabajo si el resultado de la documentación es real o simplemente un producto de la imaginación o ambos.”

–¿Cuál es la frontera que divide el documental del arte?

–El arte no es una palabra muy objetiva. Cuando hablamos de arte es como hablar de realidad. Lo que me interesa cuestionar es la condición humana. El arte se ocupa de esas preguntas difíciles sobre la vida, la muerte, lo que somos. La documentación no necesariamente enfrenta esas cuestiones, sólo se ocupa del aquí y el ahora. Creo también que hay grandes fotógrafos documentales que son artistas, y que también hay muchos artistas que no deberían llamarse artistas.

–¿Sus fotografías muestran un más allá de la realidad?

–Mis fotografías muestran básicamente la realidad de Roger Ballen. Si alguien visita los mismos lugares a los que he ido en los últimos 25 años no se crearían las mismas fotografías. Básicamente me estoy documentando a mí mismo y transformando la realidad con una cámara. Lo que he hecho en todos estos años es hablar de mi mundo, el Ballenian world.

–¿Cómo funciona el mundo de Ballen?

–Es como hablar de Picasso o de cualquier otro artista. Al final, si un artista madura lo suficiente produce un trabajo incomparable con otros artistas. Así es en todas las artes. Después de 50 años he llegado a un punto donde la gente puede decir: ¡Esa fotografía se parece a una de Roger Ballen! Además no es que realmente me interesen los problemas contemporáneos del mundo como en el fotoperiodismo. Estoy más interesado en la psique y la condición humana que son problemas que nunca caducan.

Para Ballen la mente es un territorio libre de creencias. Cuando hace fotografías va con una mente silenciosa y tranquila. En el lugar trata de encontrar las relaciones visuales entre las personas, los animales y los dibujos para crear una atmósfera aturdida por la realidad. Con su cámara de formato medio la sacude y la moldea como un surrealista. Para Ballen, la realidad es un lienzo invisible.

–¿Cuál es la influencia del surrealismo en su trabajo?

–He tenido influencias de muchas áreas, siempre estuve interesado en la pintura y en la literatura, pero la fotografía le ganó a todo. En 1970 conocí al fotógrafo Manuel Álvarez Bravo y su trabajo influenció mi obra. Mi madre coleccionaba las fotografías de Bravo. Me honra mucho mostrar mi trabajo en un museo que lleva su nombre.

En 1970, Ballen condujo con su madre Adrienne Ballen –en ese entonces editora de la agencia Magnum– desde Berkeley, California, hasta la Ciudad de México donde se encontraron con Álvarez Bravo. Roger tenía 20 años y tomó algunas imágenes de vida cotidiana en la Oaxaca indígena, de la cual guarda una mirada casi antropológica.

En contraste con el surrealismo que impregna su obra, Ballen inició su carrera en el espacio documental. Con una cámara de formato medio recorrió Israel, Indonesia, Kenia, Etiopía, Malasia y México capturando escenas callejeras. Algunas de esas fotografías se pueden ver en su libro Boyhood (1979) o en Dorps (1986) y posteriormente en Platteland (1994), donde cristaliza su poética visual alrededor de la mente de personajes babeantes como los gemelos Dresie y Casie.

Dresie and Casie, twins, western transvaal (1993), de la serie Platteland. Foto: Roger Ballen

Dresie and Casie, twins, western transvaal (1993), de la serie Platteland. Foto: Roger Ballen

Ballen comprende la fotografía como un gran terreno en el cual escarba hasta rescatar algo de los escombros. Ballen estudió geología y psicología. Esa mezcla de especialidades le permite a Ballen actuar como excavadora en la mente de quien mira sus fotografías. También es un diván en donde el ser humano explora sus más profundos secretos.

El artista retoma y enlaza esos dos temas de su biografía: el mundo físico-real y los claroscuros mentales. Estos dos elementos ponen en duda al sistema de representación de la realidad surgido a través de las imágenes. Sus fotografías son una bisagra entre dos mundos: por un lado, el del documentalismo y, por el otro, el del arte y la experimentación visual. El mundo de Ballen posee reminiscencias de la pintura de Goya o la metafísica de De Chirico, donde lo inesperado provoca una lírica irrealidad.

En Outland (2001), Ballen explota lo sórdido de la enfermedad mental y al mismo tiempo explicita a través del video su proceso creativo. Allí es donde establece una gramática fotográfica que oscila entre lo delirante y lo terrible.

Escribe el curador Rodrigo Campuzano en el texto inaugural de la retrospectiva que abarca más de 50 años de trabajo en 114 fotografías:

“Además de la obscura naturaleza de los personajes y entornos que forman parte de estas composiciones, hay otros elementos recurrentes en las obras de Ballen, como los cables y alambres que sobresalen de las estructuras que circunstancialmente se convierten en una herramienta estética para jugar con los planos y lecturas de la narrativa.”

El creador expresa con mayor claridad las discordancias poéticas en su fotografía Headless (Sin cabeza, 2006) –parte de la serie Asylum of the birds–, donde un hombre con gabardina sostiene una paloma con la mano. Esa pieza recuerda a la obra del pintor René Magritte Le therapeute (1967), en la cual un hombre tiene una jaula por torso. Ballen nos ofrece la sensatez de una mente en un interminable diálogo con sus obsesiones y la historia del arte.

Headless (2006), de la serie Asylum of the Birds. Foto: Roger Ballen

Headless (2006), de la serie Asylum of the Birds. Foto: Roger Ballen

–¿Cómo funciona el cuerpo como elemento de sus fotografías?

–Hasta el 2003 hacía muchos retratos. Cuando la gente mira una fotografía lo que tiene mayor impacto es la cara, con los rostros las imágenes tienen más impacto que varias caras al mismo tiempo. Desde entonces he fragmentado el cuerpo, lo he destrozado. Ahora incorporo una gran cantidad de animales y dibujos.

–Usted ha dicho que la fotografía revela las sombras de la sociedad. ¿Sigue pensando eso con esta retrospectiva?

–El propósito de la imagen es desafiar la psique de las personas y así ampliar la mía. Ese es el propósito del arte para mí. Tengo la esperanza de que cuando una persona está frente a una de mis fotografías se expande su conciencia.

–¿Cuál es el panorama de la fotografía contemporánea?

–Vive un estado de confusión. Simplemente hay millones de imágenes que hacen imposible establecer un juicio real, la fotografía contemporánea está en la indefinición. Es tanto lo que se produce que es difícil encontrar lo que es importante. Se siguen muchas tendencias y una imagen debe ser poderosa por sí misma, crear un estado de tensión capaz de perdurar en el tiempo. No importa lo contemporáneo, me basta con ver las imágenes y responder a ellas. El arte es algo que debe tener un poder de duración y no debe estar pensando en ser novedoso. Lo contemporáneo no tiene ningún efecto en mí.

–¿Qué papel juega el video en su obra?

–El video me importa más que lo contemporáneo. Cuando filmé en 2012 I fink u freaky (un video musical del grupo de electrodance Die Antwoord) me di cuenta del poder del video. Ahora tiene más de 80 millones de vistas en YouTube. Es una forma paralela de hacer arte y es importante porque pasamos más tiempo frente a una pantalla que en los museos o en los libros. También es una manera de experimentar mi trabajo a otro nivel, aunque creo que mirar imágenes en una pantalla no es la forma ideal de ver fotografía. En el mundo actual es importante abarcar todas las plataformas, desde internet, los libros o las exposiciones. No se deben despreciar entre sí.

–¿Y el boom de los fotolibros?

–El auge de los libros de fotografía es como el auge de Instagram. La verdadera clave es la calidad. Es bueno tener un montón de libros, porque a la gente le gusta hacer libros, el problema de tener muchos es el mismo que cuando hay pocos. Es un gran problema discernir y elegir entre lo que tiene valor y lo que no, pero esa es una de las grandes tragedias de nuestra época.

–Con la transición de lo analógico a lo digital, ¿ha cambiado la manera en la que vemos?

–Es que la gente toma muchas fotografías. No cuesta nada y es muy fácil de hacer. La verdadera fotografía es la que se hace con el cerebro. No deja de ser un arte libre que cualquiera puede realizar. Antes eran pocos los que disparaban en blanco y negro, los que hacían fotolibros, los que hacían un statement. Innegablemente eso ha cambiado.

–¿Cree que en 60 años sus fotos sean recordadas?

–Espero que mis fotos tengan un poder duradero, que influyan en la mente de las personas. Mi legado son mis imágenes y espero que en 60 años las personas todavía puedan relacionarse con ellas. Es todo lo que uno puede esperar. No se puede predecir el futuro.

Las imágenes de Ballen podrían verse reflejadas en la época actual en el descrédito de la realidad por los sueños. Por la conquista de la hiperrealidad. Por la imposición de las imágenes en directo. Si lo vemos por la televisión entonces ocurrió, si lo podemos repetir cien veces en YouTube se vuelve un predicamento.

En un mundo de imágenes comestibles, donde ellas se imponen como simulacros capaces de suplantar a la realidad, aparece la obra de Ballen a la manera de un señuelo: la realidad está en un mundo paralelo, en el extrañamiento de lo ordinario.

Twirling wires (2001), de la serie Shadow Chamber. Foto: Roger Ballen

Twirling wires (2001), de la serie Shadow Chamber. Foto: Roger Ballen

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