“Sexta sinfonía” de Sergio Berlioz

PUEBLA, Pue. (Proceso).- Asistimos al estreno mundial de la Sexta Sinfonía de Sergio Berlioz (1963) que se llevó a cabo en el Auditorio de la Reforma de esta ciudad con la Filarmónica 5 de Mayo bajo la batuta del compositor. El programa completo estuvo integrado con obras de él mismo.

El hecho de que a un compositor mexicano vivo se le confíe un programa completo de una filarmónica y él mismo lo dirija, es algo muy poco usual. Y Sergio Berlioz lo debió hacer todo con la mano izquierda, pues pocos días antes del concierto sufrió fractura del brazo derecho, no obstante lo cual sacó adelante el concierto de una manera brillante.

Inició con un pequeño poema sinfónico, El viaje de Víctor Hugo a Jersey Op 70, compuesto este mismo año, que habla del autoexilio del escritor francés a la isla inglesa de ese nombre donde además de poesía comienza a escribir Los miserables. La primera parte comienza con un solo de violín al que se le van agregando, como en un fugado, el violín segundo, la viola y el violoncello solistas, pura música de cámara. Más tarde se le agrega la orquesta en pleno en una afligida idea musical que representa la nostalgia de Hugo por su patria. Una segunda idea musical proveniente del universo dancístico culmina la obra en un ambiente esperanzador, abriendo las alas en una apuesta por la vida.

La segunda pieza, La senda de las almas Op. 67 B es una complicada aria para soprano con poesías en francés de Víctor Hugo. Se estrenó en Quebec, Canadá, en 2015 en su versión para soprano y órgano, la orquestación ulterior fue realizada por el autor para este concierto. La soprano poblana Elisa Ávalos se encargó de la interpretación de esta inquietante obra y lo hizo de maravilla.

Para terminar el concierto, el plato fuerte: la Sexta Sinfonía Op. 62 para orquesta, coro mixto y soprano solista. Esta fue nuevamente Elisa Ávalos, con el Coro Normalista de Puebla (obra comisionada por el gobierno estatal para conmemorar los 150 años del sitio de la Ciudad de Puebla en 1863). Sinfonía en cuatro movimientos que se tocan de manera ininterrumpida y evocan sendos momentos del sitio que padeció la ciudad por el invasor francés. Sesenta y dos días de guerra y hambre se ven reflejados en esta sinfonía.

“Al escribir sobre este hecho supe que la obra sería coral –declaró Berlioz, autor también de los versos que cantan la solista y el coro–. Pero la palabra no es la rectora de la idea musical sino su impulso, de ahí que la obra no tiene la estructura de cantata u oratorio, sino de una sinfonía con su fuente primaria: el sonido instrumental.”

Imposible reseñar cada movimiento y su sentido. Baste señalar que se trata de una obra densa, cargada de emoción, escrita en un lenguaje musical tradicional, pero renovado y aún asequible, que merece formar parte del repertorio de las orquestas sinfónicas de nuestro país; y es que sus programas regulares se saturan de obras tocadas hasta la saciedad para un público que debiera escuchar también obras valiosas, de reciente factura que, como ésta, que merece un brillante porvenir.

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