Un siglo y medio de Conservatorio (Segunda parte)

 

A la memoria del Lic. Enrique Castellanos Blanco, lector asiduo de esta columna

 

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Conforme asentamos en el texto anterior, la fundación del alma mater de la música en nuestro país tuvo tintes melodramáticos, en otras palabras, la trama de su complicado advenir contó con intrigas, amores de toda laya y, por supuesto, con héroes y villanos. Dijimos también que en aquél 1866 se encontraba en México la compañía de ópera de Annibale Biacchi y que el requisito para que pudiera presentarse en el Teatro Imperial ‒antes Teatro de Santa Anna y después Teatro Nacional, antecedente del Palacio de Bellas Artes‒ había sido que se contratara a Ángela Peralta ‒embarcada ya en una fulgurante carrera internacional‒ y que, idealmente, se montara alguna ópera mexicana.

Pero antes de proseguir, es necesario destacar la paradoja de que hubiera sido un extranjero ‒hablamos de Maximiliano de Habsburgo‒, quien impuso las condiciones referidas y que para asegurarlas su gobierno se hubiera comprometido a erogar la ingente suma de 5 mil pesos de plata.[1] Sin embargo, ya apuntamos que Biacchi resultó presa de los prejuicios, por lo que inició un juego sucio que serviría de impulso para que un grupo de músicos, médicos e intelectuales mexicanos creara una unión de filarmónicos de la que se desprendería el conservatorio (lo que había habido hasta entonces eran academias particulares, sin planes de estudio, ni requisitos específicos para su ingreso).

Tenemos que aclarar que este grupo de entusiastas giraba en torno al eminente músico Tomás León, una de las personas clave en el asunto conservatoriano. Mucho podría escribirse sobre su relevancia, mas bástenos con apuntar que fue uno de los pianistas más destacados de su generación y que nunca escatimó esfuerzos para hacer del dominio público las obras maestras del repertorio universal. En su residencia organizaba regularmente conciertos a los que asistían los personajes señalados y era frecuente que sacara el piano a la calle para que el mayor número posible de parroquianos se embelesara con esas músicas desconocidas. Asimismo, fue un compositor encaminado hacia la balanceada fusión de un embrionario nacionalismo con las tendencias europeas del momento[2] y, no sobra señalarlo, fue miembro del jurado que evaluó las propuestas de himno nacional de las que resultó vencedora la de Jaime Nunó.

De manera que cuando corrió la noticia de la subvención de Maximiliano para el estreno de alguna ópera nativa, los compositores que tenían alguna lista ‒consignamos a Paniagua, Covarrubias, Valle, Meneses, Canales y Morales‒ se entusiasmaron y buscaron la interlocución con el empresario, quien puso trabas para recibirlos. Lo chueco del caso es que Biacchi ya había contratado a la Peralta, haciéndose merecedor del dinero, mas no tenía intención de montar otra ópera que no fuera italiana aduciendo que iba a fracasar, artísticamente hablando. Dado el menosprecio, Melesio Morales ‒asiduo de las tertulias del mtro. León‒ les hizo escuchar a sus contertulios fragmentos de su Ildegonda, animándolos a tomar cartas en el entuerto. El Cenáculo León designó entonces una comisión presidida por el doctor José Ignacio Durán ‒un destacado patólogo que, además de ser fundador de la Academia Nacional de Medicina en 1864, era director de la Escuela de Medicina‒ para que se entrevistara con el empresario.

El Dr. Durán tampoco logró la cita con Biacchi no hallando otra opción más que ir a pararse al teatro para interceptarlo a su salida. En el pórtico, sin mayores preámbulos, Durán se presentó como comisionado del importante “Club Filarmónico Mexicano” ‒una entidad fantasma inventada en el momento‒ y aseveró que querían proponer una ópera de Morales, dadas las virtudes que un acucioso examen había revelado. Prepotente y atrabiliario, Biacchi respondió que estaba enterado de la existencia de la tal Ildegonda, pero que no tenía intención de montarla, en primer lugar porque no había recibido aún la subvención acordada y, sobre todo, porque era producto de los ensueños de un iluso mexicano, redundando su estreno en daño económico y descrédito artístico.

Sobra decir que la insolencia del extranjero enardeció a los miembros del Cenáculo León, de modo que el ínclito Antonio García Cubas ‒uno de los pioneros de la geografía y la cartografía mexicanas‒ propuso que el supuesto “Club Filarmónico” se volviera oficial para que el doctor Durán no quedara como embustero. Y así, una vez lograda su transformación como ente cultural reconocido, el club podría iniciar una campaña para que el desagradable empresario se viera forzado a incluir a Ildegonda en su artera programación (por el simple hecho de ser italiano a Biacchi se le había confiado la dirección artística del Teatro Imperial).

La consiguiente firma del acta constitutiva con el nombramiento de los socios tuvo lugar en la casa de Tomás León y al cargo de redactar los estatutos se designó a otro de los airados galenos que tanto harían por llevar a buen término la gestación de la verdadera enseñanza musical de la patria. No a caso se trató del renombrado ginecobstetra Aniceto Ortega quien, además de fungir como titular del Consejo Superior de Salubridad ‒entidad fundada por Maximiliano, precursora de la actual SSA‒, tocaba el piano y componía en su tiempo libre.[3] Naturalmente, el nacimiento del “Club Filarmónico” trajo consigo su acreditación para contar con acceso irrestricto a la prensa.

Sin necesidad de ulteriores ardides, el club contagió al público su inconformidad ante la actitud despótica del empresario y en la noche del 14 de noviembre de 1865 estalló el escándalo. En el teatro se representaba Un ballo in maschera de Verdi[4] y, en perfecta sincronía, se levantaron pancartas y se unificaron voces. ‒¡Ildegonda!, ¡Ildegonda!, ¡Ildegonda!… clamó la turba frente a la estupefacción de orquestales y ujieres. En pleno furor popular, Biacchi tuvo que dar la cara declarando que haría lo posible por satisfacer a los exaltados pero que, por favor, se permitiera que la función continuara. Al día siguiente los diarios publicaron su réplica, en la que versó con ira sobre los aficionados que conformaban al “Club Filarmónico”, sobre la palabra vacía del Ministro de Gobernación para agilizar la salida de los cinco mil pesos y, como colofón, anunció que la puesta en escena de la ópera la trataría únicamente con su autor.

Al fin, después de un agotador estira y afloja, el gobierno soltó el dinero y Biacchi no tuvo más remedio que acceder a que su compañía montara la cuestionada Ildegonda. Con sólo tres representaciones obtenidas, Melesio Morales se anotó un triunfo y los miembros del Cenáculo lo compartieron con sendos brindis y discursos. En el propio, el Dr. Durán exhortó al “Club” para que nunca más otro extranjero pudiera darse el lujo de menospreciar al músico mexicano por sus carencias educativas, tornándose imperativa la creación de un magno Conservatorio con todas las de la ley…

Como podemos suponer, la propuesta de Durán fue aceptada por unanimidad y, en breve, el “Club” amplió su organigrama, transformándose en la “Sociedad Filarmónica Mexicana” a la que se suscribieron, el 14 de enero de 1866, 74 socios. Por razones obvias, la residencia del mtro. León resultó insuficiente y hubo de pensar en otro recinto. No sería ese el último de los problemas, pues advinieron querellas y batallas estériles originadas por los dueños de las academias musicales que temían quedarse sin alumnos si el conservatorio iniciaba labores. A pesar de todas las vicisitudes, la anhelada inauguración pudo fraguarse a tiempo y como sede se consiguieron en préstamo algunos salones de la Escuela Nacional de Medicina, gracias a la intervención del doctor Durán. En el desplegado que publicó la prensa pudo leerse:

“La Junta de funcionarios de la Sociedad Filarmónica Mexicana tiene el grato placer de ver coronados sus esfuerzos, y de anunciar a sus consocios y al público amante de las bellas artes y del progreso de los mexicanos que el 1° de julio se abrirá el Conservatorio de Música…” En cuanto al cuadro de integrantes vale la pena que señalemos, entre otros, al presbítero Agustín Caballero como Director, al maestro Tomás León como profesor de piano, a Dn. Manuel Payno como vocal y a los doctores Aniceto Ortega, José Ignacio Durán, Antonio Balderas y Eduardo Liceaga encargados, respectivamente, de las clases de composición, de italiano, de francés y de acústica y fonografía. (Continuará)

[1] Fue por orden de Maximiliano que la Casa de Moneda de México ‒la pionera del continente‒ acuñó los primeros pesos y también que éstos adoptaran el sistema decimal.

[2] Se recomienda la audición de alguna de sus obras. Audio 1: Tomás León – vals “Flores de Mayo” (Silvia Navarrete, piano. CONACULTA, 2004)

[3] Se sugiere la escucha de alguna de sus composiciones. Audio 2: Aniceto Ortega – Marcha Zaragoza. (Idem)

[4] Se recomienda la visión de alguna de sus imágenes. Pulse el vinculo: www.youtube.com/watch?v=-2JWhqXJku8

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