Un siglo y medio de Conservatorio (Tercera parte)

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- En los textos precedentes anotamos las vicisitudes que dieron lugar al nacimiento, tanto de la Sociedad Filarmónica Mexicana como del Conservatorio de Música, destacando el hecho de que los forjadores de la hazaña fueron ciudadanos ejemplares que creyeron a pie juntillas que era su deber proporcionar los medios para impedir que al músico mexicano pudiera volver a menospreciársele por sus carencias educativas. Y al decir medios, debe recalcarse que se trató, no sólo de que estuvieran dispuestos a trabajar ad honorem sino, efectivamente, de que aportaran dinero de su propio peculio.

Así, apuntamos a los doctores Ortega, Liceaga, Durán y Balderas, a los músicos Tomás León y Agustín Caballero y al escritor Manuel Payno como parte de esa filantrópica sociedad a la que se suscribieron 74 miembros, no sobrando que consignemos los nombres de otros socios ilustres, ya que merced a su decidida actuación pudo lograrse algo que parecía imposible (recuérdese que desde 1825 iniciaron los tentativos para que la nación pudiera contar con un centro de verdadera formación musical ‒a la altura de sus pares europeos‒ y que hubo cuatro abortos por falta de apoyos gubernamentales, originados en gran parte, por la inestabilidad política de los tiempos). Por tanto, en la mención va implícito el agradecimiento. En orden alfabético tenemos, nada menos, que al poeta Manuel Acuña; al abogado, periodista y maestro Ignacio Manuel Altamirano; al dramaturgo y político Gustavo Baz; al arqueólogo e historiador Alfredo Chavero; al político y próximo presidente de México Sebastián Lerdo de Tejada; al médico y escritor José Peón Contreras; al periodista, abogado, ideólogo y poeta Ignacio Ramírez; al “Maestro de América” y futuro promotor de la UNAM Justo Sierra; y al periodista, biógrafo, historiador y poeta Francisco Sosa. Sin faltar la adhesión, como socio honorario, del insigne músico húngaro Franz Liszt.

Decíamos, pues, que la limitación de recursos fue uno de los elementos distintivos de la creación del conservatorio, mas habríamos de puntualizar que continuaría siéndolo a lo largo de su historia. En ese sentido, vayamos a los primeros días de actividad docente en los que, ya lo apuntamos, hubo de valerse del préstamo de algunos salones de la Escuela Nacional de Medicina que se situaba entonces en el antiguo Palacio de la Inquisición. En cuanto a la plantilla de maestros se contó con la participación prácticamente desinteresada ‒estaban obligados a impartir por lo menos una clase gratis‒ de 26 profesores y de 5 señoritas auxiliares. En cuanto a las materias iniciales pudo asegurarse la impartición de 42 cátedras, repartidas entre: Solfeo y Canto, Piano, Instrumentos de arco, Armonía teórico práctica, Orquestación e Instrumentación, Composición teórica, Lengua castellana, Idiomas extranjeros ‒francés e italiano‒, Historia de la música y Biografía de sus hombres célebres, Acústica y Fonografía, Anatomía, Fisiología e Higiene de los aparatos de la voz y el oído, Arqueología de los instrumentos musicales y Estética e Historia comparada de los progresos del arte.

Con respecto a la primera generación de alumnos, hemos de asentar que se integró gracias a las mujeres matriculadas en la Academia Municipal de Música y Dibujo para Señoritas y a los inscritos que se transfirieron de la academia que habían fundado conjuntamente, en 1838, el malogrado pero eminente compositor Joaquín Beristaín y el citado cura filarmónico don Agustín Caballero, de quien hablaremos más adelante, puesto que estuvo al frente del conservatorio durante su primera década de vida, en las condiciones más arduas de todo su historial, amén de citar las trágicas circunstancias que lo llevaron a tomar los votos. A propósito de la inscripción femenina, es de agregar que redundaría en que el conservatorio se erigiera como la primera institución mexicana que logró darle formación y título profesional a una mujer.

Resultan sorprendentes los frutos de la frenética actividad emprendida al iniciarse las clases en julio de 1866, ya que con apenas dos meses de preparación estuvo listo un programa para el debut de la embrionaria Orquesta Filarmónica Conservatoriana. Por falta de auditorio, el concierto hubo de realizarse dentro del patio de la Escuela de Medicina y la fecha emblemática fue el 7 de septiembre; vale mencionar que su principal objetivo, más que mostrar el avance del alumnado, fue la quimérica obtención de fondos para seguir adelante. Huelga anotar que lo recabado fue mínimo, no obstante, el empeño de los jóvenes instrumentistas llegaría a oídos de Benito Juárez, quien presidía desde Chihuahua un gobierno itinerante. Tampoco sobra apuntar que el histórico concierto consistió, entre otras obras, en la ejecución de extractos de una ópera italiana ‒La vestale de Saverio Mercadante[1]‒ y en el estreno de la sinfonía de Joaquín Beristaín, obra que, probablemente, inauguró el género sinfónico de nuestra patria.[2]

Fusilado Maximiliano en junio de 1867 y retomada por Juárez la rienda del gobierno federal a su regreso a la ciudad de México semanas después, se volvió imperativo para los miembros de la Sociedad Filarmónica ‒muchos de ellos pertenecientes al círculo juarista‒ considerar una petición concreta sobre el conservatorio. Sería ésta la obtención de una sede propia e, idealmente, de una subvención monetaria, por exigua que se consiguiera.

Dos meses más adelante el logro fue manifiesto, más aún, teniendo en cuenta las desastrosas condiciones en que se encontraba el país. Después de los severos daños acarreados por la invasión francesa y la guerra civil entre conservadores y liberales, el erario público estaba en franca bancarrota y se estaba renegociando la deuda externa con Inglaterra y Estados Unidos. Empero, el 25 de octubre la Junta directiva de la Sociedad Filarmónica firmó el acuerdo en el que se obtuvo una pequeña subvención y el usufructo de un recinto universitario, leyéndose: “El Presidente de la República, accediendo a los deseos manifestados por la Sociedad Filarmónica de esta Capital, y deseando cooperar por su parte a los esfuerzos que hace aquella por extender los conocimientos de ese ramo entre todas las clases de la población, sin perdonar para ello sacrificio, ha tenido a bien señalar para las reuniones y trabajos de la Sociedad el edificio de la Universidad, con exclusión de sus accesorias, y en el concepto de que se hará la entrega del mencionado edificio, tan luego como se trasladen a otra [Sic] los archivos, muebles y demás objetos que hoy están en él y pertenecen a esta Secretaría.[3] Independencia y Libertad.”

Con sólo una década de labores, el conservatorio pudo enorgullecerse de haber alcanzado un auge académico insospechado mas, previsiblemente, no sería ése el caso de sus finanzas. La plantilla docente aumentó a 45 profesores y el número de inscritos alcanzó la enorme suma de 1023, divididos entre 763 hombres y 260 mujeres ‒cifra no muy lejana de las poblaciones estudiantiles del siglo XX‒, además de ampliarse a 101 los socios de la Sociedad Filarmónica y de sumarse la creación de dos coros monumentales, el Orfeón Popular y el Águila Nacional. Con ello, habrían de sembrarse, a gran escala, las semillas de la floración artística más relevante que se ha producido en nuestro suelo, desde que se dice que somos gestores de nuestra endeble soberanía.

Es de subrayar que en esa primera decena de existencia, a pesar de la dedicación absoluta de don Agustín Caballero como director modelo, la precariedad de medios estuvo a punto de llevar al naufragio al magno proyecto educativo, razón por la cual la nacionalización se tornó imprescindible. Tocó en suerte a Ignacio Ramírez, “El Nigromante”, iniciar las mociones ante el H. Congreso de la Unión y las Cámaras, para buscar la incorporación del conservatorio dentro de las escuelas del sector público del Estado. Recién ungido al poder supremo el general Porfirio Díaz, las gestiones se concretaron y el 15 de enero de 1877 el conservatorio dejó de girar en la órbita de la Sociedad Filarmónica para convertirse en el flamante Conservatorio Nacional de Música. Pero aún así, la subvención gubernamental estuvo ‒y seguiría estándolo‒ muy por debajo de las necesidades reales que una instrucción musical de primer mundo demanda… (Continuará)

[1] Se recomienda la audición de alguna de sus arias. Audio 1: Saverio Mercadante – Aria Versate lacrime de la ópera La vestale. (Dunja Vejsovic mezzo-soprano. National Orchestra of Croatia.Vjekoslav Sutej, director. BONGIOVANNI, 1994)

[2] Es de resaltar que Beristaín fue un músico de notable precocidad y talento. Se desempeñó como pianista, violonchelista, director de orquesta y compositor. Lamentablemente falleció en 1839, contando con sólo 22 años de edad. Tocante a su sinfonía, se da por extraviada. Escúchese su obertura “Primavera”. Pulse el vínculo: www.youtube.com/watch?v=NbE-Kbd8NYk

[3] El edificio señalado, hoy demolido, se ubicó en la calle de Corregidora, ocupando una sección de lo que había sido el mercado del Volador.

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