Las mañas de Pyongyang

Desde hace décadas la comunidad internacional ha multiplicado las sanciones contra Corea del Norte, pero sus resultados han sido magros. El régimen sigue vivo y fuerte porque la élite tiene mil formas de sortear las prohibiciones y quien paga las consecuencias es la población. Por ejemplo, pocas importaciones provenientes de China son revisadas y el país suele falsificar divisas. Y cuando un castigo sí le pega al gobierno, éste se vuelve más brutal, más desesperado.

BEIJING (Proceso).- Corea del Norte es el país más sancionado del mundo y el mejor ejemplo de la inutilidad de las sanciones. La casuística ha fijado una sucesión inalterable de actos: misil o ensayo nuclear, condena internacional, reunión de urgencia del Consejo de Seguridad de la ONU y aprobación de nuevas sanciones.

El plan falla porque el aislamiento no sirve con unos líderes con vocación para la incomunicación y el asedio. Además, una conjunción de factores internos y externos explica su ineficacia. Por un lado, Corea del Norte “deriva” los efectos a sus sufridos súbditos, mientras cuida a la élite para asegurarse su fidelidad. Y por otro, el cumplimiento de las sanciones por la comunidad internacional queda trabada por la falta de medios, de voluntad política o de ambos.

Los castigos económicos son una herramienta habitual de la diplomacia internacional, a pesar de que los expertos advierten sobre su falta de resultados en entre 65% y 95% de los casos.

Corea del Norte es un epítome de ese fracaso. Las puniciones buscan ahogar la economía nacional, modificar el comportamiento de su gobierno y, en último caso, debilitarlo para provocar su cambio. El último punto es actualmente tan improbable como lo fue cuando el abuelo de la dinastía, Kim Il-sung, fundó el país hace más de medio siglo. Ni siquiera las hambrunas de los años noventa pusieron en peligro un régimen que acalla brutalmente cualquier asomo de protesta.

Los cambios de comportamiento han llegado, pero en la dirección opuesta. El actual dictador, Kim Jong-Un, ha mostrado una beligerancia sin precedentes contra la comunidad internacional y potenciado la actividad misilística de su padre, Kim Jong-Il. Las cuentas del Ministerio de Defensa surcoreano revelan que el hijo ha lanzado, en sus cinco años de gobierno, 31 misiles, casi el doble de los 16 que disparó su progenitor en sus 18 años en el poder. El ritmo se aceleró este año tras la imposición de mayores castigos por parte de la comunidad internacional.

El único objetivo cumplido es el económico, pero sólo el pueblo ha sufrido sus efectos. Un informe reciente de la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés) reveló que es lejana la autosuficiencia alimentaria –que el régimen califica como “una bomba de hidrógeno contra los enemigos”. Los ciudadanos reciben 360 gramos de comida diaria, 12% menos que el pasado año y muy por debajo tanto de los 573 gramos fijados en los planes de Pyongyang como de los 600 que recomienda la ONU.

La producción de arroz cayó el pasado año 26% y el país necesitará este año casi 700 mil toneladas de comida además de las que produce.

La economía norcoreana vive tiempos duros incluso para sus estándares de crisis continua. En 2015 su Producto Interno Bruto (PIB) se contrajo 1.1%, arrastrado por caídas en la agricultura, la minería, las manufacturas y la electricidad.

El sector más castigado es el del comercio exterior. Se redujo 17.9%. Apenas mejoraron la construcción y los servicios. Ello supone la primera recesión en un lustro y se esperan peores números en 2016, tras las prohibiciones a sus exportaciones de minerales y metales, principal baluarte de su comercio exterior. Son los cálculos del Banco de Corea (Seúl), necesariamente inexactos porque la institución utiliza estimaciones criticadas por varios economistas, pero la falta de datos oficiales norcoreanos impide estudios más sólidos.

Tráfico

Corea del Norte ha sido castigada con embargos comerciales, restricciones financieras, cortes del suministro de alimentos y prohibiciones a su élite para viajar fuera del país. A las sanciones aprobadas por la ONU se añaden las unilaterales de Japón, Corea del Sur y Estados Unidos.

Las sanciones empezaron en 1949 y no se han detenido, recuerda Bruce Cumings, experto en el país asiático y catedrático de la Universidad de Chicago. “Pero ellos tienen 100 o mil formas de eludirlas. En los últimos 20 años, China ha sido clave para que resistieran. Hay un enorme tráfico hacia dentro y fuera en su frontera y no es posible regularlo. Sólo 6% de la carga se inspecciona de forma seria”, señala el experto en una entrevista con Proceso realizada por correo electrónico.

China, que absorbe 90% del comercio exterior norcoreano, ha ejercido de tradicional flotador del régimen. Pero la terca desobediencia de Pyongyang a las peticiones de Beijing de regresar a la mesa de negociación internacional y de abandonar su carrera nuclear han acabado con su paciencia.

La prensa oficial ha publicado editoriales inusualmente críticos con Corea del Norte, señalada ya como una carga diplomática más que como una aliada. En contra de lo que ocurría en el pasado, Beijing ha suscrito las sanciones en el Consejo de Seguridad de la ONU y organizaciones internacionales han ratificado su intención por hacer que se cumplan.

Pero el panel de expertos de la ONU ha certificado que a Corea del Norte le sobran artimañas para evadir el cerco internacional. Su naviera Ocean Maritime Management Company ha transportado hacia el país armas y otros materiales para su carrera militar mediante el registro ilegal de barcos, el cambio de banderas y la contratación de personal extranjero.

La ONU señala la falta de voluntad política, una “baja priorización del cumplimiento”, el escaso conocimiento de las sanciones o la simple negligencia de muchos gobiernos. Países africanos como Etiopía, Nigeria, Tanzania, Zimbabue y Uganda o asiáticos como Pakistán han cerrado contratos militares con Corea del Norte, que ofrece canales muy competitivos y al margen de la ortodoxia internacional.

El bloqueo del Banco Asia Delta, a través del que Corea del Norte manejaba sus divisas internacionales, tuvo unos efectos tan devastadores como efímeros. Es habitual que el régimen se sirva de testaferros y compañías intermediarias. Estados Unidos extendió este año por primera vez sus sanciones a Kim Jong-Un después de años de espera de algún gesto de acercamiento. La decisión, que supone un fracaso de la actual estrategia, tampoco tendrá efectos tangibles.

La supervivencia del régimen está lejos de peligrar, pero algunos indicios sugieren su desesperación por la falta de divisas extranjeras. Era habitual que Corea del Norte permitiera a los turistas que gastaran sus dólares en centros comerciales que ofrecen licor, tabaco y trajes tradicionales. Ahora, literalmente, los empuja, aunque suponga recortar el tiempo del circuito turístico de exaltación propagandística.

En febrero pasado fue detenido en una ciudad china cercana a la frontera un agente norcoreano cuando cambiaba 5 millones de dólares en billetes falsificados de a 100. El espía admitió ante las autoridades chinas que pretendía comprar electrodomésticos para la élite de su país.

El episodio indica la importancia del régimen por mimar a los donju, un reducido grupo ya acostumbrado a los lujos capitalistas en la única dinastía estalinista del mundo. El gobierno sella la lealtad de esos altos miembros del partido o el ejército con más y mejor comida, residencias en la capital y bienes como electrodomésticos, celulares o joyas. Todos los participantes en el último Congreso del Partido de los Trabajadores recibieron un televisor LED de 45 pulgadas.

La dinastía Kim, después de siete décadas en el poder, conoce los resortes para perpetuarse. Pyongyang ha blindado al núcleo influyente incluso en los tiempos más crudos, mientras multiplicaba la represión a elementos hostiles reales o imaginarios para apagar cualquier atisbo contestatario. Los expertos sugieren que sólo el descontento de los donju podría precipitar el cambio de régimen.

“La nación de los Soprano”

La detención del espía cargado de fajos de dólares falsos sorprendió porque se pensaba que Corea del Norte se había retirado del negocio del tráfico de billetes falsos. También porque esas copias tan groseras –que ni siquiera engañaron al empleado– desmerecían su reputación de delicado falsificador. Pyongyang se inició en este negocio durante los años setenta del pasado siglo, y sólo una década después ya había colado en los mercados internacionales 45 millones de dólares, principalmente a través de sus embajadas. Los llamados “superbilletes” de 100 dólares eran tan parecidos a los reales que Washington se vio obligado a incorporar nuevas medidas de seguridad, como un sello tridimensional, para frenar su distribución.

Otras informaciones en la prensa surcoreana señalan que el país también estaría falsificando yuanes chinos en un taller de la ciudad de Pyongsong desde 2013, bajo la supervisión directa del Comité Central de Trabajadores.

Que falsifique la divisa del enemigo al que rutinariamente amenaza con convertir en fuego y ceniza tiene su lógica geoestratégica, pero que falsifique la de su único sostén sólo se entiende por la deses­peración.

Algunos expertos recuerdan que las sanciones han estrangulado todas sus vías de ingresos de divisas extranjeras, mientras otros simplemente lo explican por su irrefrenable pulsión delictiva.

La destreza norcoreana para los asuntos turbios cuando tiene cerrados los circuitos financieros internacionales también explica el fracaso de las sanciones. Sus enemigos conocen a Corea del Norte como “el país mafioso” y el Departamento de Estado estadunidense le dio el sobrenombre de “nación de los Soprano” por la célebre serie televisiva. El país está dominado por un clan con vínculos de sangre, utiliza la fuerza y los sobornos para controlar a las bases y los negocios ilícitos apuntalan su financiación.

“El régimen ha experimentado y se ha adaptado, ha explorado nuevas líneas de actividad, de productos y canales de distribución. No me extrañaría que revisitara viejos métodos (como la falsificación de moneda) o adoptase nuevos para eludir las sanciones”, comenta por e-mail Sheena Greitens, experta en Corea del Norte de Brookings Institution.

La pertinaz inutilidad de las sanciones aconseja la vía diplomática, opinan algunos.

“La solución sería que Washington mantuviera conversaciones directas con los líderes norcoreanos, sólo así se podrían arreglar un montón de asuntos. Pero no creo que eso vaya a ocurrir hasta que Barack Obama abandone la oficina”, añade Cumings.

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