Yasmina Khadra: el argelino que incendió la FIL

Hace dos décadas Morituri lo lanzó a la fama como uno de los más impactantes novelistas contemporáneos, y desde entonces ha entregado 10 millones de ejemplares de 25 libros a un público ferviente. El escritor argelino de 62 años prepara una trilogía cuyo tema es México. Con gran expectativa llegó a la fiesta editorial tapatía para ofrecer Dios no nació en La Habana, sobre el cual conversó con Proceso.

GUADALAJARA, Jal.- Árabe, berebere, musulmán y oficial militar, Yasmina Khadra, cuyo verdadero nombre es Mohammed Moulessehoul, es, además, el escritor argelino en lengua francesa más leído desde Albert Camus. Su pseudónimo, construido después de sus primeras seis novelas con los dos primeros nombres de su esposa, fue una elección de supervivencia, cuando por su atrevimiento literario estaba en peligro.

Y eligió un nombre femenino porque cree que la mujer es el alma del mundo.

Su fotografía en grandes telones ocupa un lugar especial en la Meca literaria de la lengua española, la 31 Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL), hoy dedicada a Madrid. Asímismo es pieza deslumbrante de entrevistas y conferencias. Y sus 25 libros son elogiados, comprados por millones y leídos con delicioso fervor.

Una de sus obras se titula Argel, la ciudad suya que le envía “de vuelta a lo que ha acuñado nuestra alma y que ha desaparecido, dejándonos un futuro incierto”. La novela, que lo lanzó a la fama en 1997, fue Morituri. Otros de sus títulos son Lo que el día debe a la noche, Lo que sueñan los lobos, El escritor, Las golondrinas de Kabul, El atentado o Las sirenas de Bagdad. Tres de ellas han sido llevadas a la gran pantalla: Las dos primeras y El atentado, filmadas en Argelia, Túnez y Palestina.

Nacido en Kednasa en 1955, a las orillas del desierto del Sahara, parece capaz de encarnar y reencarnar en sus personajes. En su momento, la prensa anunciaba sorprendida la manera en que el autor se puso literalmente bajo la piel del líder libio Muamar al Gadafi en La última noche del Rais.

Amable y buen conversador, el autor recibe a Proceso en un oasis dentro de la tumultuosa FIL –acompañado de su traductora del francés y de Norma Bautista, representante de Alianza Editorial–, donde vino a presentar Dios no nació en La Habana.

–Usted hace sentir a sus lectores que es una reencarnación en cada libro.

Sonríe:

–Bien, es lo que intento.

Hoy parece encarnado en Don Fuego, un tradicional cantante cubano, tan lejos del mundo árabe, y personaje principal de esta novela negra, plena de poesía y ácido humor, sobre la que conversó con el público la tarde del 30 de noviembre al lado del escritor Alberto Ruy Sánchez. Para el también editor de Artes de México, es urgente que los mexicanos lean a Khadra, “quien ya es uno de los grandes”.

En la novela, un gran músico se convierte en un alma atropellada por la brutal burocracia, el dinero que borra hasta el arte, y el ciego amor.

–Como escritor usted parece Don Fuego, enardece y hacer hervir a sus lectores… como él a su público.

Y como si fuera el personaje, Moulessehoul se inclina, sonríe y con una mirada profunda y un dejo de tristeza, dice:

–Gracias, muchas gracias.

Y agrega:

–Son 10 millones de libros vendidos.

Sobre La Habana, apunta:

–Esa ciudad fue un gran impacto para mí porque yo no pensaba conocer a un pueblo creativo, con tanto coraje, un pueblo que a pesar de todas las prohibiciones y de tantos problemas aún puede soñar. En Europa, los sueños están al alcance de todos, puede hacer uno lo que quiera, no hay prohibición ni en sexo, ni en cultura, ni en política. Y la gente, sin embargo, está triste. Mientras en Cuba la gente es alegre y sueña aún en su triste circunstancia. Imagine si los cubanos pudieran alcanzar lo que quieren. Escribí esta novela como un homenaje al pueblo de Cuba.

–¿Cómo puede un escritor argelino entrar tan fácil en el alma de un músico cubano? Para hacer esta novela uno tendría que haber bebido de las tetas de la isla, vivido y sobrevivido allí.

–Me encanta oírlo porque muchos periodistas franceses opinan que son puros clichés. A mí La Habana me recordó mucho al pueblo de Argel, pero la historia se me impuso con una simple mirada.

Moulessehoul recuerda entonces una de las deliciosas tardes de mojitos en la terraza abierta del Hotel Nacional, un clásico habanero de lujo con enormes sillones de mimbre, sitio en el que los turistas suelen ser acariciados por la brisa marina y la música de los grandes de Cuba:

–Había esa vez un cantante que se parece mucho a mí, y él había logrado crear un ambiente, hacía brotar la alegría en sus oyentes, provocaba que todos bailaran a su alrededor… y en un momento nuestras miradas se cruzaron y vi allí, dentro de sus ojos, la profunda tristeza. Era paradójico cómo este hombre tan triste podía ser quien provocara toda esa fiesta alrededor. Esa sorpresa me hizo escribir.

–¿Cuánto tiempo estuvo en la isla para apoderarse así del alma habanera, y sin hablar español?

–Fueron dos semanas. Era como una esponja absorbiendo todo, la mirada, la actitud, los gestos. En realidad la gente es un lenguaje universal…

De nuevo sonríe. Claro que estuvo en la Habana:

–Asistí a un rito vudú, llegué a consultar a un sacerdote santero. Fue viendo, escuchando, estando, tratando de absorber el espíritu cubano. Además, todos somos la misma esencia.

–Alguna vez declaró que su sed le pide beber en todas las fuentes del mundo…

–Hasta la muerte. Seguiré con cualquier fuente con la que me tope, hasta el día de mi muerte. Aunque sólo quede una gota escurriendo, de esa gota beberé.

–¿Cuál fuente sigue?

–México. Es una trilogía. Debía salir este año, pero preferí publicar otra novela que correspondiera más a la actualidad mundial. Los libros de México saldrán a la luz en 2019. El primero ya está entregado y se llama Elena. El segundo es El cementerio de los vivos. Y el tercero es El amor en los tiempos del narcotráfico, parafraseando a Gabo.

–¿Conoció usted a Gabriel García Márquez? En su libro, Don Fuego le canta al escritor en dos de sus cumpleaños…

–En 2008, en la Bienal de Río de Janeiro, salí en la portada del suplemento ocupando toda la página. Gabo la vio y preguntó: ¿Por qué un desconocido está en primera plana? Y es cuando empezó a interesarse en mí y en mi obra. No pude conocerlo, pero es un escritor mágico. Y por eso yo lo menciono en mi libro. Es como si cantara yo para él dos veces en sus cumpleaños.

El escritor argelino, hoy radicado en París y con intenciones de mudarse a España, vivió en México.

–Fue el primer sitio, después de mi país, en el que tuve una estancia larga. Viví en la Casa Refugio Citlaltépetl, en la colonia Condesa. Cuando llegué a México es como si llegara al paraíso, podía salir a la calle con toda libertad y me gustó mucho el pueblo mexicano. Conocí también a grandes amigos escritores, como Álvaro Mutis, Enrique Semo y otros más…

–¿Cómo comenzó a escribir, siendo militar?

–Nací en una tribu de poetas, nómadas en el desierto del Sahara, que fueron libres hasta la dominación francesa, que nos costó 79 años. Yo tenía que hacerme poeta, por esa genética. Era una obligación casi religiosa, por tradición. A los nueve años entré a la escuela del ejército para huérfanos. Pero fue la literatura la que me dio el arma para defenderme a mí mismo de la vida militar. Tenía once años cuando firmé mi primer cuento y diecisiete cuando edité mi primer libro en Argelia. Se publicó una vez. No quise reeditarlo, no son grandes textos, es mi libro de adolescente.

Hasta el año 2000 el ya comandante Moulessehoul abandonó el ejército para dedicarse solamente a la literatura. Es entonces cuando revela su verdadera identidad, lo que causa gran escándalo tanto en Francia como en Argelia.

Cuando se le pregunta qué libros lo han inspirado, suelta un canto inacabable de autores de todo el mundo que inicia con El Principito y termina en los grandes contemporáneos de occidente. Y cuando se le inquiere sobre autores árabes, la recitación de nombres, que empieza con Naguib Mahfouz, crece y crece tanto que parece el inacabable canto de un muecín desde la mezquita llamando a oración.

–Sus novelas tienen un delicioso humor negro…

–Es que no quiero traumatizar a mis lectores.  He escrito libros muy violentos, como El atentado, Lo que sueñan los lobos, Los corderos del señor, Las sirenas de Bagdad, Las golondrinas de Kabul. Todos estos libros hablan de violencia, violencia profunda, y entonces para no traumar al lector propongo una lengua bella, con momentos cómicos, de humor.

–Hay quien dice que las tiranías no soportan dos cosas: la risa y el arte…

–Es verdad –responde con su tono dulce–, porque la tiranía trata de convertir al pueblo en una masa. La tiranía es alérgica al buen humor, es alérgica al sueño y es alérgica al talento de los artistas. Sin los escritores, los atletas y los artistas nuestra vida sería una tragedia.

–Usted, que parece reencarnar en los personajes de sus novelas… ¿cree en la reencarnación?

–Soy musulmán, pero vivo la religión a mi propia manera… creo que el alma es inmortal y que el cuerpo intenta rechazarla, por eso el cuerpo desarrolla adicciones, para apegarse más, y cuando por fin expulsa el alma, ésta simplemente va en busca de otro cuerpo.

O, quizá, de otro personaje.

Este texto se publicó el 3 de diciembre de 2017 en la edición 2144 de la revista Proceso.

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