“Corazón del pueblo”, novela de “El Rey Mono”

Benjamín Santamaría Ochoa, escritor y pedagogo. Foto: Especial Benjamín Santamaría Ochoa, escritor y pedagogo. Foto: Especial

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- En su novela Corazón del pueblo, Benjamín Santamaría Ochoa, escritor y pedagogo, conocido entre los niños de la calle como El rey Mono, pone al descubierto el verdadero objetivo y mecanismos del sistema de compra-venta mexicano y sus partidos políticos, desglosando cómo se ha orillado a los jóvenes y familias de nuestra patria hacia la enajenación, el narcotráfico, la violencia extrema y la desesperanza.

Radicado en Canadá, El rey Mono imparte talleres para jóvenes, padres y educadores sobre Justicia Restaurativa y Resolución de Conflictos, utilizando diversas técnicas que incluyen meditación y yoga.

Corazón del pueblo propone sustituir el perverso sistema político a través de un delirante periplo por el metafórico P(avoroso) R(eino) de la “I”. En esta “novela de liberación verdadera para toda la familia Mixitlana” se rescatan las propuestas fundamentales del documento Prioridades para un Proyecto Alternativo de Nación, elaborado a raíz del I Encuentro Nacional de Dirigentes Sindicales, Campesinos y Sociedad Civil.

Para más detalles y conocer gratuitamente la novela, ir a la página web www.elreymono.com o dirigirse a benjamin@elreymono.com, que es el correo de El rey Mono.

Santamaría Ochoa, escritor considerado el Primer Ombudsman de la Niñez, dice: “Mis temas tratan sobre la verdad de nuestra naturaleza humana, sus luchas y procesos de trascendencia, tanto como acerca de nuestra verdad histórica y sus procesos sociales. En mis escritos se trata de compartir las causas y consecuencias de la tragedia humana, individual y social, y las infinitas formas de liberación posibles de la ignorancia y el sufrimiento que la sostienen.”

A continuación, el capítulo 27 de Corazón del pueblo (“una novela por entregas, como las que leían tus abuelitos”), con ilustraciones de Inti Santamaría.

Miradas privilegiadas

Las pantallas encendidas por todo el país, como un presagio de lo peor. Primera transmisión televisiva del Gobierno Federal, en manos del gran asno con botas. Aparece un amanecer brumoso con música celestial de alientos. El presidente de la República expresa su primera fantasía, sumergido en el estado de sueño profundo e irrealidad que dan el triunfo y la fama, mañosamente conseguidos.

Al fondo se adivina la silueta de los volcanes emblemáticos y su leyenda: el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl. (La Mujer Dormida también sueña, pero su sueño es muy otro. Una cosa distinta.) El sol corona el Popocatépetl como una joya dorada… aparentemente. Mientras aeanece en éste reino, millones de niñas y niños, en poblados indígenas y urbanos, siguen muriendo y enfermando, por no tener alimentos nutritivos suficientes. La Mujer Dormida quiere dar a luz hijas e hijos de maíz que vivan dignamente; pero ya no puede. El guerrero azteca que reposa a su lado la ha visto morir una y otra vez. La joya dorada sobre su cima es sólo un reflector de utilería: sin verdad, sin aliento de vida. La imagen de un centro ceremonial de los originales habitantes, hombres y mujeres de maíz, que se pierde con el destello del sol, en la realidad es derribado por las máquinas de una empresa extranjera para levantar, sobre sus restos, una nueva catedral dedicada a sus dioses modernos: alcohol y drogas, prostitución y dinero.

Desde la alta torre de dicha catedral, los espías del reino vigilan que no más habitantes originarios de esas tierras cuiden o disfruten de sus bienes y bondades. Afuera nada se mueve. Como si el ambiente estático incubara un terrible secreto. La gran campana suena despertando a los muertos del alma: empresarios avariciosos y ensueño-traficantes gobernando.

Un hombre joven abre un ventanal en una habitación oscura, y la radiación letal de las televisoras comerciales lo calcinan. Una mujer de maíz intenta preparar unas tortillas, y sus manos arden con los nuevos químicos y la harina contaminada con la que el Rey Dedo Pelón sustituyó el maíz sagrado, para pervertirlo en un negocio personal multimillonario. Otro hombre, en su carrito repartidor, coge una botella de leche alterada con aquél polvo que mata y enloquece, y la entrega, maliciosamente, a un niño. Las imágenes de la primera fantasía gubernamental siguen en cascada hedienta, putrefacta: Un hombre de maíz carga un atado de bejucos que lo hundirán, con el peso de sus deudas, mientras desciende y cae muerto pendiente abajo.

Un chico que debería estar en la escuela, vende tamales a dos mujeres obesas y sonrientes, que a medida que siguen engullendo: los pastelitos, galletas, frituras chatarra y bebidas gaseosas –al más puro estilo Reino Norte–, engordan más y más hasta que explotan.

Las imágenes no cesan. El Rey Dedo Pelón ha ordenado al gran asno, aparentando ser el nuevo presidente, desbocar esas imágenes y escenas, esos paisajes de ensueño, para amaestrar, de nuevo, las mentes de la mayoría debilitada por la miseria extrema y las telenovelas. Aparece, esta vez, una señora anciana barriendo las hojas secas del patio de su casa, mientras sus nietecitos, de 6 y 7 años, respectivamente, juegan y la contemplan. Nadie se atreve a reconocer que, como estos, miles y miles de niños, se enrolarán en el Ejército por un infame sueldo, un uniforme nuevo y mil promesas de una patria justa y enemigos campesinos. Esos miles morirán asesinados por las bandas rivales de ensueño-traficantes, o a manos de sus propios compañeros, igualmente traicionados por el Rey Dedo Pelón y sus generales, siempre del lado de los criminales extranjeros.

Un hombre con sombrero levanta la cortina metálica de su negocio, mientras otro retira la puerta móvil de en medio, sólo para ser alcanzados por una ráfaga de tiros, desde una camioneta negra. Sobre el verde campo avanza un grupo de hombres, seguidos por un perro, hasta ser devorados por ese tufo y esa niebla que envenenan, provenientes del Reino Norte.

Varias chicas y chicos corren y se empujan, tratando de entrar a su escuela. Llevan sus uniformes en llamas, y caen calcinados por la Fuerza Aérea del Estado. En vano tratan de ponerse a salvo y cerrar la vieja reja. Los muros de piedra, a sus lados, se tiñen de su sangre. Mientras tanto, no muy lejos, una niña corre –en su cuarto que se desmorona por las deudas de sus padres– a asomarse por la ventana al escuchar los alaridos de dolor de aquellas chicas y chicos.

Nansal y Shakti, solas en casa, contemplan la pantalla.

A ellas se les revela la realidad detrás del sueño. Su vista privilegiada desnuda la verdad, reconocen lo que todos en el reino saben pero temen aceptar: millones de hombres como ese que desciende por una escalera de hierro, con su bicicleta a cuestas, perderán su trabajo y morirán en la mendicidad, alcoholizados o dementes. La campana del templo eclipsará al sol, y los cultos y prácticas fanáticas del Dios Destrucción Dolor y Culpa, reinarán una vez más como cuando llegaron los invasores.

Nansal respira hondo, y quiere creer, como todos, y soñar con algo verdaderamente nuevo, cuando ve la imagen de una joven que sacude una sábana blanca, al cielo, sobre su balcón. Pero despierta dolorosamente a la realidad del reino, cuando la sábana se tiñe de la sangre de esa misma joven, asesinada y desmembrada por los socios del Rey Dedo Pelón.

Shakti, al ver la imagen siguiente, la de aquél anciano untándose la barba con su espuma para rasurarse, reconoce, en el espejo donde se mira, el rostro de la muerte que traerá éste nuevo imperio.

Las hermanas se cogen de las manos y no pueden despegar la vista del televisor, como ya le ocurre a la inmensa mayoría de los habitantes de este reino, mientras engullen sus fritangas chatarra. Al ver en la pantalla a dos niños y niñas correr hacia su escuela, con sus uniformes impecables, sobre un camino de terracería, reconocen a Maxtla, señora del inframundo o Mictlán, siguiéndolos, montada en su carreta tirada por un mulo gobernador, quien ha tomado la forma engañosa de un noble anciano campesino.

La nueva imagen regresa a la capital: jóvenes y viejos humildes transportan, para vender, altos montones de diarios. Lo que ven Nansal y Shakti, es que, en esos mismos diarios, serán acusados de criminales por demandar vivienda digna y educación de calidad. Tampoco saben ellos que serán acribillados por el Ejército Mexitlano, acusados de terroristas y rebeldes.

Shakti contempla, pasmada, a una chica de 17 años, peinando su larga cabellera negra, recibir una botella y un paquete de sustancias que pierden la mente. Ella quería ser estrella de la pantalla, y seguirá el ejemplo de la mayoría de las estrellas de las televisoras comerciales del Pavoroso Reino Insoportable: adormecidas en sus enervantes y vanalidades. Después, el bolerito que limpia los zapatos de un cerdo economista, se colgará con su cinto, esa noche, después que el gran asno anuncie más impuestos para los pobres, menos para sus amigos curas y empresarios.

Ahora ambas contemplan a una madre que seca el cabello largo y oscuro de su hija de 9 años, saliendo de una modesta tina colmada con la sangre de sus hermanas, que correrán la misma suerte que ella, y las más de 400 mujeres, víctimas indirectas de: jueces, policías y gobernantes, coludidos con quienes abusan de sus cuerpos inmaculados o sus inocencias. Las imágenes se agolpan en la pantalla, y desde un inicio la música celestial se torna en protestas de campesinos reprimidos a golpes y disparos, entre los alaridos dementes de los conductores de las televisoras comerciales. Las hermanas alcanzan a percibir también la última súplica, el último suspiro, el ruego final de los 28,000 ciudadanos asesinados por el Ejército Mexitlano, o sus socios criminales que produce esta maquinaria de desolación y venganza, que ahora el gran asno con botas encarna.

Las últimas imágenes que paralizan a las hermanas con su significado verdadero, saltan de la pantalla: una niña, como Nansal, con su hermoso vestido y calcetas blancas, esperando la sentencia a muerte de sus abuelos, por organizar y promover otras fuentes de noticias muy distintas a las que el Rey Dedo tiene acostumbrado a su reino: noticias engañosas, truculentas.

El final de este carnaval de imágenes televisivas, con las que el Gobierno Federal ha iniciado su nuevo reinado, concluye así: Un hombre mira al sol en el ocaso, y las campanas de la iglesia repican para que todas y todos sigan rezando y mirando la televisión. Mientras tanto, “La Familia de la Mano Asesina” entrega el país entero a los nuevos invasores extranjeros. Una voz muy cálida confirma: TODOS SOMOS LO QUE NO SOMOS. TODOS BURLADOS O AMAESTRADOS, VIVA EL SUPREMO REY DEDO. ¡MIRA QUE YA NOS BURLÓ DE NUEVO!

Y el águila trunca, símbolo del nuevo imperio, sin patas, mirando de lado por vergüenza. Abajo de ella, dos barras de colores rojo y blanco, y sobre un fondo azul, un anillo con el logotipo de todas las marcas de las compañías extranjeras, la estrangulan. Así concluye la transmisión por todo el reino. El televisor se apaga repentinamente. Shakti y Nansal parpadean saliendo de esa apabullante alucinación, y se miran entre sí:

–¿Qué crees que pasaría si la gente se diera cuenta de todo lo que vemos con nuestra vista… insospechada? –pregunta Shakti a su hermana, quien hace un gesto de decepción.

–Nada –contesta sin dudarlo.

–¿Cómo dices?

–Nada harían. No están capacitados para hacer nada.

–Pero… ¿qué no tienes un poco de esperanza?

–Esperanza sí tengo… en ti, en mí y en algunas chicas y chicos. Pero… ¿en la gente? ¡Nada!

–¿Y eso… por qué, Nansal?

–¿Se puede tener esperanzas en un país con gente con mentalidad de futbol, telenovelas y chatarra? ¡Imposible! ¡Son mentes frágiles, amaestradas!

El televisor se enciende de nuevo, y en la pantalla aparece el Rey Dedo Pelón dominando con su gélida mirada el reino entero. Por todos lados ha ordenado a su empleado, el gran asno con botas, lanzar fuegos artificiales y regalar cantos de sirenas.

–¡He aquí cómo le hice para derrotarlos! ¡Tan simple, tan fácil… como encender un televisor… de nuestro lado! –ríe el gran asno con botas y se burla, mientras su amante, que lleva una martha asesinada al cuello, se atasca de pastelitos chatarra, como todo el pueblo.

Shakti sintoniza una estación de radio comunitaria, donde se reporta:

“Una joven más, violada y masacrada, aparece en las calles de Guanajuato, un domingo en la mañana. El gobierno no dice nada”.

Pero si te interesa, verdaderamente, saber lo que pueda pasarle a las hermanas, ahora sin su padre en casa, y mamá trabajando afuera, mírate en el espejo primero, y continúa leyendo el capítulo siguiente de éste entuerto.

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