Política pragmática para un presidencialismo caduco

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Más allá del ganador, los perdedores de la elección de 2018 son los partidos políticos. Todos se desdibujaron con sus alianzas pragmáticas en aras de usufructuar las ventajas del presidencialismo caduco.

Durante la campaña, los partidos dieron un doble espectáculo. Por un lado, hicieron evidente los controles hegemónicos internos, y por otro, el pragmatismo con el que todas las organizaciones partidistas actuaron para definir las candidaturas y hacer alianzas con tal de conseguir votos como sea.

Sin atenuantes, así lo dijo el experto en formas de gobierno y control, Diego Valadés, en entrevista para la edición especial de Proceso número 56, titulada: “Candidatos sin maquillaje”.

“Lo que estamos viendo resulta difícilmente explicable para los ciudadanos. Lo entiendo como un elenco de decisiones coyunturales, contrario a la propensión de que los partidos reflejen formas estables de identificación para los ciudadanos, con conceptos doctrinarios y programas de gobierno. Por eso, vivimos una retracción de la ciudadanía respecto a los partidos políticos, que los valora peor que al Congreso y a la policía”, dijo el investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM.

Las coaliciones electorales ocurren en todo el mundo, ¿por qué en México no habrían de darse?

— No necesariamente en todo el mundo. Lo que estamos viendo fundamentalmente en otras partes son coaliciones para gobernar. Ahí los partidos han preservado su identidad durante los procesos electorales. Cuando vemos experiencias recientes europeas o latinoamericanas lo que nos encontramos es que los partidos van solos a las elecciones y construyen las coaliciones con posterioridad.

“Hay algunos ejemplos diferentes y dieron un buen resultado. Fue el caso de diferentes organizaciones transversales en Italia, cuando se formó el grupo llamado Olivo. Pero la tendencia es que haya una cierta coherencia o convergencia doctrinaria entre los partidos que se integran y que generalmente forman un elenco de centroderecha o centroizquierda.

“Pero aquí, la percepción que se tiene con relación a los militantes de cada organización es muy desconcertante”, comenta en alusión a alianzas como la que hizo el PRD, el heredero de lo que fue la izquierda histórica de México, con el derechista PAN. O la de Morena y su discurso de reivindicación social con el Partido Encuentro Social (PES), de agenda conservadora.

Lo menos que podemos decir es que en México esas alianzas son muy peculiares.

–Lo son. Por eso, con independencia del ganador, hay alguien que va a perder, que son los partidos políticos porque se han desdibujado. Un partido político se caracteriza esencialmente por un cuerpo de doctrina y éstos se han perdido. Creo que no es una exageración decirlo, en todos los partidos, sin excepción.

“Todos operaron sobre la base del pragmatismo con la idea de ganar una elección. Pero la elección es un día y el gobierno son seis años. Y para un gobierno lo esencial es saber, por parte de los ciudadanos, a qué nos atenemos. No vamos a saber si el gobierno gira a la derecha, a la izquierda o al centro. Si vamos a estar sujetos a decisiones que se van a tomar desde perspectivas distintas y que tengan efecto en nuestra vida cotidiana. Como ciudadanos estaríamos muy desconcertados. Los intereses económicos tampoco sabrán a qué atenerse porque a unas cosas se les dirá que sí y a otras que no. El grado de incertidumbre que proyectaría el país sería enorme”.

¿Qué podemos esperar de un sistema en el que los partidos han perdido su identidad?

–Lo que vamos a ver en los próximos seis años es una reconfiguración de todos los partidos, sin excepción… Una de las cosas que tendremos que hacer, y esa es la única reforma que sí propongo, es que se elimine la restricción constitucional en cuanto al registro de partidos políticos. Ahora sólo se puede hacer cada seis años, después de la elección presidencial. El artículo noveno de la Constitución garantiza el derecho de asociación, así es que los partidos deben poderse organizar en cualquier momento porque es un acto de libertad de los ciudadanos.

“Si no les quitamos esas trabas a los partidos, van a car en una esclerosis que puede llevarlos a su ruina en términos muy cercanos. Y eso es un riesgo importante para la democracia. No hay democracia sin partidos. Lo que estamos viendo con las alianzas es parte de esa limitación. No estaríamos viendo estas extrañas combinaciones si los ciudadanos hubiéramos sido libres para reconfigurar los partidos”.

Pero en las coaliciones que hoy tenemos habrá una fuerza mayoritaria, que terminaría imponiéndose.

–Por razones de gobernabilidad, el próximo gobierno debe ser un gobierno de coalición. Porque de otra manera no sabremos cuál será su rumbo. Pero un gobierno de coalición sujeto sólo a la voluntad del presidente es reestablecer el autoritarismo presidencial que antes se basó en un partido y ahora se basaría en una mayoría en el Congreso mediante una pluralidad de partidos. Los efectos serían los mismos.

El problema es que en México los gobiernos de coalición no están regulados. Apenas en febrero pasado se presentó en el Senado una iniciativa en ese sentido, dice el autor de El gobierno de gabinete y los gobiernos de coalición, editado por el Instituto de Investigaciones Jurídicas y cuya tercera edición se acaba de publicar.

Para el jurista, quien habla también desde su condición de servidor público que ejerció en los tres poderes del Estado, las elecciones de 2018 se van a traducir en un replanteamiento del sistema representativo, pero sin una regulación del gobierno de coalición. Sólo la alianza del PAN y el PRD, Por México al Frente, se refirió al tema de régimen de gobierno, pero sin mayor elaboración.

“Es importante que todos los candidatos, incluso los sin partido, nos digan qué piensan del régimen de gobierno, porque si lo que están pensando es simplemente ir a usufructuar las ventajas del presidencialismo caduco, pues tendríamos que pensarlo dos veces antes de votar a alguien que nos anuncie sus propósitos de gobierno personalista. Lo que queremos son gobiernos de instituciones”.

¿Qué problemas concretos enfrentará cualquiera de las tres alianzas?

–Un primer problema sería que los integrantes del gabinete, en un gobierno de coalición, tendría que ser ratificado por el Senado. Lo mismo pasaría con el programa de gobierno de la coalición. Pero la Constitución dice que a la Cámara de Diputados le corresponde aprobar el Plan Nacional de Desarrollo. Si no se establece un puente de comunicación entre el Senado y los diputados ejercerían la misma función en distintos momentos. Sería un conflicto entre los dos órganos el Poder Legislativo.

Ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación hasta la reforma al Poder Judicial en 1994, diputado federal y extitular de la Procuraduría General de la República y de la de la Ciudad de México, así como embajador de México en Guatemala, Valadés refiere que un segundo problema se presentaría cuando el Senado aprobara el plan de gobierno y la Cámara de Diputados el presupuesto.

“Y un tercero, por mencionar algunos, es que el gobierno de coalición se traduce en la conformación de una mayoría en el Congreso mediante acuerdos políticos. Pero qué va a pasar cuando a falta de esa mayoría, se construya una mayoría artificial. Qué va a pasar con la minoría, volveremos al periodo de hegemonía de partido. Pero ahora será la hegemonía de coalición”.

Es lo que usted ha llamado la dictadura de la mayoría.

–A esa dictadura de mayoría no podemos regresar. Sería una regresión. En una democracia constitucional eficiente, funcional y razonable la certidumbre de cómo va a conducirse un gobierno es fundamental.

Ahora las minorías en el Congreso pueden impugnar una ley ante la Suprema Corte de Justicia de la Nación. ¿No es suficiente en un gobierno de coalición?

–Hay que facultar a las minorías para que sean ellas las que ejerzan una función de investigación con relación a lo que la mayoría hace. Para que la mayoría tampoco se pervierta. Si no regulamos los gobiernos de coalición de una manera democrática acabarán siendo gobiernos de colusión. No olvidemos que el objetivo del gobierno de coalición es contar con una mayoría en el Congreso.

Miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, del Colegio Nacional y del Colegio de Sinaloa, donde nació en 1945, Valadés aclara que lo que tenemos ahora en el país son coaliciones electorales que son solo para el proceso de elección, mientras que las de gobierno son para la aplicación y el cumplimiento de un programa.

“Lo importante es que tengamos certidumbre. Pero ahora este tema tampoco ha sido puesto en la mesa de discusión. No sabemos si los candidatos están dispuestos a modificar el régimen de gobierno.

“En este momento la atención está puesta en las candidaturas presidenciales, pero no olvidemos que existen en el país cacicazgos de toda índole. Hay gobernadores abusivos en el ejercicio del poder económico. Si no cambiamos el régimen de gobierno federal no podemos cambiar los regímenes de gobierno locales.

“Si se mantiene el actual estado de cosas, lo que va a vivir el país por otros seis años será una asfixia casi opresiva para la democracia. Podremos tener elecciones, pero no tendremos democracia y lo que estaremos haciendo simplemente será elegir a nuestros caciques. Ese es el peor destino que puede tener un sistema electoral”.

Con alianzas coyunturales y sin regulación de los gobiernos de coalición, ¿qué se puede esperar del próximo sexenio, un gobierno más del presidencialismo agotado?

–A menos de que el que gane tenga una mayoría absoluta en el Congreso podrá impulsar su programa de gobierno y su programa legislativo, además de que tendría recursos para financiarlo. Pero eso sería desde la perspectiva de una mayoría que se impone y yo espero que ningún partido obtenga la mayoría absoluta. Eso no contribuye al bienestar de ninguna sociedad.

“Veamos lo que está ocurriendo en Estados Unidos, justamente el enclaustramiento de las mayorías (Partido Republicano) y la exclusión de una minoría (Partido Demócrata), que es bastante grande, por cierto. Lo que estamos viendo es que están llevando al sistema presidencial a una crisis.

“Los sistemas presidenciales ortodoxos no corresponden a un diseño democrático moderno. Estaban bien como se concibió en Estados Unidos en el siglo XVIII. Pero hay que recordar que en ese entonces votaban nada más los ricos, con una población esclava y la marginación de la mujer. El sistema presidencial es un arcaísmo y lo estamos viendo clarísimamente en la patria origen del sistema presidencial.

“Lo que tienen allá es una crisis mayúscula de su sistema. No lo han querido reconocer y lo están atribuyendo a un presidente extravagante (Donald Trump). Y los presidentes extravagantes son los que pueden llegar justamente porque ese sistema se los permite. En un sistema parlamentario, un primer ministro como Trump ya se hubiera ido”.

¿La solución son los sistemas parlamentarios?

–Yo creo que la solución son los sistemas combinados: presidencial y parlamentario. Entendiendo al gobierno de coalición como paso previo al gobierno de gabinete. El sistema presidencial supone varias ventajas. Una es el plazo fijo. Suprime la incertidumbre de los sistemas parlamentarios que pueden caer en cualquier momento. En el sistema presidencial se puede regular la reelección, aunque hay perversiones como las de Venezuela o Bolivia, dice el autor también de La dictadura constitucional en América Latina.

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