La polis literaria, de Rafael Rojas

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- La colección “Pensamiento” de Taurus (Penguin Random House Grupo Editorial) publica La polis literaria. El boom, Revolución y otras polémicas de la Guerra Fría, del historiador y ensayista Rafael Rojas, profesor visitante en las universidades de Princeton y Yale, Estados Unidos.

El estudio de 277 páginas, además de introducción, epílogo y bibliografía, consta de los siguientes capítulos:

La Revolución en (Octavio) Paz; (Carlos) Fuentes entre dos revoluciones; El epistolario de la ruptura; Viaje al país de los cronopios; La estirpe condenada; Dictadores novelados; Vía chilena; Paradiso en el boom, Cabrera Infante: la viñeta y el retrato; y Después de (Severo) Sarduy.

Ofrecemos a nuestros lectores fragmentos del primer capítulo, donde Rojas aborda la fundación de la revista Plural por Julio Scherer y Octavio Paz, hacia 1971, cuando el primero era director general del periódico Excélsior.

La prédica liberal

En los alrededores de la revuelta juvenil de 1968, que Paz vive intensamente desde Nueva Dehli, hasta la renuncia a la embajada mexicana en la India, luego de la masacre de Tlatelolco, el autor de El laberinto de la soledad comprende y, de algún modo, desenmascara a la sinécdoque.

En un ensayo, precisamente titulado “Revuelta, revolución y rebelión”, e incluido en un volumen muy a tono con la filosofía libertaria de la Nueva Izquierda, titulado Corriente alterna (1967), Paz expone su preferencia por los conceptos de “revuelta” y “rebelión”, antes que por el de “revolución”. Sigue pensando que esta última es cíclica, con relación al pasado, pero, a diferencia de las primeras, que son “espontáneas y ciegas”, es siempre portadora de una dualidad: es violenta y, a la vez, es lúcida, es espontánea y reflexiva, es arte y es ciencia.

En Posdata (1969), un ensayo en el que actualizaba las ideas de El laberinto de la soledad tras la masacre de Tlatelolco y la decadencia del autoritarismo postrevolucionario, Paz insistirá en que la segunda dimensión de la dualidad revolucionaria, aquella que se asocia, plenamente, al régimen, a la burocracia o al Estado, construido por toda Revolución, es la que choca con la conciencia crítica del intelectual moderno. Para Paz es entonces evidente que la Revolución mexicana, como la francesa, la rusa o la cubana, es un evento fundacional de esa modernidad, pero también un proceso histórico que desemboca en la edificación de un Estado autoritario que debe ser removido por una transición democrática. (…)

La “crítica de la pirámide” en Postdata es, en buena medida, el punto de partida de una ascendente interpelación del autoritarismo mexicano, con sus dos pilares básicos –el partido hegemónico y el presidencialismo inacotado–, que Paz impulsará en los años 70, desde las páginas de la revista Plural (1971-1978) y que, de algún modo, desemboca en la fundación de la revista Vuelta y de la aparición del ensayo El ogro filantrópico (1979). (…)

En su estudio sobre la correspondencia entre Octavio Paz y Emir Rodríguez Monegal, Jaime Perales Contreras observa cómo, desde Nueva Dehli, el poeta mexicano siguió de cerca la polémica entre Casa de las Américas y Mundo Nuevo y se identificó fuertemente con algunos escritores del boom como Julio Cortázar. Paz, que por entonces se carteaba regularmente con Carlos Fuentes, muy cercano a Rodríguez Monegal y a Mundo Nuevo, envió a la revista parisina un ensayo sobre Rubén Darío y unas palabras en homenaje a André Bretón, a la muerte del poeta francés en 1966. Rodríguez Monegal, por su parte, le dedicó un ensayo elogioso en marzo de 1968.

Al estallar la polémica en torno al financiamiento de Mundo Nuevo y producirse la renuncia del crítico uruguayo, Paz cree que es conveniente lo que ha sucedido y que la coyuntura debe aprovecharse para fundar una nueva revista en París o en México, en la que se difunda la mejor de la nueva narrativa latinoamericana –y también de la nueva poesía, que el mexicano no veía bien reflejada en Mundo Nuevo–, desde la plataforma política de una izquierda democrática. (…)

La idea de Paz y Fuentes era que la nueva revista, con apoyo de las instituciones autónomas del mundo editorial y cultural de México, retomara el proyecto de Mundo Nuevo, desde una perspectiva humanística más amplia, aunque con una orientación de política intelectual muy parecida, apegada a la posibilidad de un socialismo democrático en América Latina.

El proyecto, como ha narrado en detalle John King, tomó forma definitiva con el apoyo de Julio Scherer García, director del periódico Excélsior desde 1968, quien, como Paz y Fuentes, había cuestionado el autoritarismo del gobierno de Díaz Ordaz y la matanza de Tlatelolco. (…)

Paz resume aquella herencia con una máxima extraída del artículo “La palabra enemiga” (1968) de Carlos Fuentes: “a partir de la izquierda, nuestra actitud es crítica –y sin excluir a la misma izquierda”.

Los primeros años de Plural describen claramente ese desplazamiento de una crítica que, a la vez que se posicionaba claramente contra las dictaduras latinoamericanas y los estragos de la sociedad industrial, no ocultaba sus reparos a la burocratización del socialismo en la URSS y Europa del Este. Christopher Domínguez Michael sostiene que Plural buscaba una “democratización de la política” latinoamericana y, también, del “gusto” y la cultura. Como muestras de la primera democratización menciona el crítico mexicano la correspondencia entre Paz y el trotskista argentino, preso en Lecumberri, Adolfo Gilly, los artículos políticos de Daniel Cosío Villegas o la defensa de los disidentes de Europa del Este. Como prueba de lo segundo, los ensayos de Jorge Guillén sobre Paul Valéry o las ideas de Claude Lévi-Strauss sobre el mito o de Henry Michaux sobre los ideogramas chinos, incluidas desde el primer número.

Agrega Domínguez Michael que aquella estrategia se regía por el principio de “ensanchar el centro para democratizar América Latina”, pero habría que preguntarse si no trataba más de la deliberada proyección pública de una nueva izquierda democrática en la intelectualidad de la región. Los referentes de los primeros números de Plural –la crónica del concierto de Avándaro de Poniatowska, el desorden anarquista de Paul Goodman, las variables de futuro de Luis Villoro, la importancia de lo público para el desarrollo de Víctor Flores Olea o el llamado a cambiar el mundo de Noam Chomsky– eran de izquierda. Sin embargo, al suscribir una noción de la narrativa latinoamericana que continuaba la teoría del boom de Mundo Nuevo y Emir Rodríguez Monegal y que no ocultaba su preferencia por Cortázar, Fuentes, Vargas Llosa, Cabrera Infante y Sarduy, aquella izquierda parecía ubicarse en un lugar específico de la Guerra Fría cultural latinoamericana.

En cuanto a Cuba, Christopher Domínguez Michael y John King llaman la atención sobre el cuidado inicial con que Paz se propuso enfocar el asunto. En carta a Tomás Segovia, por ejemplo, decía el poeta: “hay que ganarse el derecho a criticar a Cuba en lo que sea criticable antes que otros regímenes latinoamericanos, empezando por el de México”. Pero más allá de que la crítica explícita al totalitarismo cubano demorara en aparecer en Plural –tal vez hasta el número 30, de marzo de 1974, dedicado a Solzhenitsyn y el gulag, aunque desde el número 6 de 1972, I. F. Stone había observado que las “características del estalinismo reaparecen en China bajo Mao y en Cuba bajo Castro”–, lo cierto es que la ostensible presencia de Guillermo Cabrera Infante, Severo Sarduy y José Lezama Lima –a quien Ramón Xirau dedicó un apasionado ensayo en el primer número– era ya una elección estética y política.

Tan evidente fue el posicionamiento de Plural frente a la falta de libertades en Cuba que en cuanto Scherer y Paz fueron expulsados del periódico Excélsior, por presiones del gobierno de Luis Echeverría, en el primer número de la nueva era de la revista, dirigido por el “responsable de la edición”, Roberto Rodríguez Baños, en julio de 1976, se incluye un artículo de Ángel Augier sobre “la Revolución cubana en la poesía de Nicolás Guillén”, uno de los temas preferentes de la cultura oficial cubana entre los años 70 y 80. Que la salida de Octavio Paz y su grupo de Plural fue festejada en La Habana como un pequeño triunfo en la Guerra Fría cultural pudo constatarse en artículos de Armando Reyes Velarde en la nueva revista de Excélsior como “El modelo revolucionario” o “Cuba: instituciones para la Revolución”, en los que se presentaba abiertamente el socialismo cubano como la vía a seguir por la izquierda mexicana.

Aunque todavía a fines de los 70, Paz decía defender un tipo de socialismo democrático para América Latina, su aproximación a la historiografía liberal de Daniel Cosío Villegas lo llevó a una crítica del saldo autoritario de la Revolución mexicana en aquella década que, en buena medida, prepara su paso al liberalismo en los años 80 y 90.

En un texto en homenaje a Cosío Villegas, de 1976, Paz sostenía que la Revolución mexicana había fracasado en tres propósitos: “instaurar un régimen democrático; dar razonable prosperidad y dignidad a los ciudadanos, especialmente a los campesinos y a los obreros; y construir una nación moderna, dueña de sus recursos, reconciliada con su historia y decidida a enfrentarse a su futuro”.

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