Graduados de Ayotzinapa: el peso de los ausentes

CHILPANCINGO, Gro. (apro).- En esta ceremonia de graduación pesan mucho los ausentes. Son 70 los alumnos investidos, pero faltan 43 que están desaparecidos, tres que fueron asesinados, uno hospitalizado que no recobró la conciencia y una veintena que desertó de la Normal Rural de Ayotzinapa y de sus sueños de ser maestros.

Todos ellos traumatizados por los ataques de narcotraficantes y policías municipales y estatales, protegidos por federales, militares y todo el aparato del Estado mexicano para operar impunes la noche del 26 de septiembre de 2014.

Pocos pueden negarse a llorar cuando el compositor Miguel Carrillo entona una crónica de la imborrable noche de Iguala, la noche de la matanza y la desaparición forzada: “Nos levantaron de ahí/ Nos llevan a otro lugar/Donde empieza la masacre, mi hermano, empezamos a llorar/Todo se empieza a nublar/Después de un golpe en la nuca/Todo se me oscureció/Se me borraron los sueños, hermano/De ser un buen profesor/Pinche gobierno opresor”. Y el cruel remate: “Yo era el cuarto en la lista en mi escuela/Ahora soy 43”.

Silencios. Ceremonia de graduación. Foto: Marcela Turati

La alegría de los graduandos de saberse maestros cada tanto se eclipsa. Los ausentes están presentes en cada pared, cada canción, cada recuerdo, cada consigna, cada discurso, cada entrevista, en cada pase de lista.

La generación 2014-2018, en la que todos aparecen trajeados de azul eléctrico, a ratos parece disculparse de haber sobrevivido: “Tenemos un cúmulo de sentimientos encontrados –dice el último de los graduandos que toma el micrófono–, si nos miran tristes y mirando al suelo no malinterpreten, el peso nos hace doblarnos, pero por suerte nuestros pies y dignidad están bien firmes”.

Los sobrevivientes no sólo cargan el peso de la búsqueda de los compañeros desaparecidos –expresado en la consigna-juramento: “Un minuto de silencio, pero toda una vida de lucha”–, también cargan con el horror de haber mirado de frente el rostro más criminal del Estado, aquel que los persiguió, los custodió para que fueran torturados, desollados, asesinados o desaparecidos, y de saberse desechables y exterminables para el sistema.

Pero hoy es día de fiesta. Se lo recuerdan los engalanados campesinos venidos de la montaña, la costa o ahí nomás tras lomita que vienen a verlos titularse, lo que los anteriores de la familia no pudieron. Cargan globos de helio, cajas de cartón tapizadas de mensajes de felicitaciones, arreglos florales pintados de azul para festejarlos a ellos, los futuros maestros.

Hoy, día de fiesta. Foto: Marcela Turati

A la ceremonia de graduación no acude el colectivo de papás y mamás organizados para buscar a sus 43 hijos desaparecidos. Es mucho el dolor y el enojo por cuatro años sin respuestas. No querían presenciar la graduación donde debían estar sus hijos. A todos duelen esas otras ausencias.

Por ahí está Inés, la mamá del normalista asesinado Daniel Solís Gallardo, quien vino a la graduación a abrazar a los amigos de su hijo y a su sobrino, a quien apodan ‘Coyuco’.

“Hoy no podía fallar porque siempre estaba con Daniel en sus clausuras. No es fácil, pero me di ánimos”, dice. Los ojos parecen una represa que quiere reventarse. La acompaña su hija de 10 años que quiere terminar la carrera de Educación Física que su hermano mayor no concluyó.

En cuanto Inés mira pasar a ‘El Chesman’ se funde con él en un abrazo, y lloran juntos.

“Hoy 42 de los 43 compañeros desaparecidos en la ciudad de Iguala estarían egresando con nosotros, pero actualmente se encuentran desaparecidos. No los olvidamos, ni a los que fueron cruelmente asesinados, ni a Aldo que se encuentra en coma”, dice en el primer discurso Ernesto, al momento de entregar el monumento de tortuga que la generación 2014-2018 legó a la escuela.

En el caparazón del animal está inscrito: “Tres semillas que florecerán Julio César Nava, Daniel Solís Gallardo, Julio César Mondragón Fontes. Una luz que brillará: Aldo Gutiérrez Solano (Generación 2014-2018)”.

Una tortuga, símbolo de los normalistas. Foto: Marcela Turati

Una tortuga, símbolo de los normalistas. Foto: Marcela Turati

“Esta tortuga tiene significado: se dirige a la salida porque hoy egresamos, es el símbolo de Ayotzinapa, es el corazón que nos llevamos porque vamos de salida, pero nos vamos incompletos porque no hay justicia, no sabemos de nuestros compañeros”, dice.

Ernesto toma unas palabras prestadas de un libro que considera se ajustan para este día: “¿A quién reclamarle justicia si la misma ley que mata es la que levanta muertos? ¿Dónde poner la denuncia si toda autoridad está untada de sangre? Si la misma que hace los exámenes para decir quién es el asesino es la misma que cometió el crimen”.

Cuando se les entrevista, los estudiantes parecieran tener un mismo guión, pero es el corazón machucado de todos que siente lo mismo. Cada que se les pregunta cómo están, confiesan su ambivalencia: felices y tristes.

“Estoy alegre y triste, siento un vacío porque pensábamos que íbamos a salir juntos todos, pero no se pudo. Trato de ocultar que me siento deprimido, no puedo sacar el dolor que siento por dentro… Pero los vamos a encontrar”, dice dándose ánimos Yair, de Tixtla. La entrevista se le atasca, cada tanto suspira hondo, traga saliva, juega nervioso con su nuevo anillo.

“Fueron cuatro años complicados y aquí estamos… esperando que los 43 regresen”, dice el normalista apodado ‘Almolonga’. Agrega que espera que “AMLO cumpla, y los regrese”. Él quiso estudiar para veterinario (“me gustan los animales), pero con la milpa su papá no podía sostener sus estudios, por eso está agradecido con Ayotzinapa. “Aquí no me discriminaron”.

Como los demás, acaba de presentar examen para encontrar trabajo, pero sabe que está muy competido. “Éramos 3 mil, se quedarán sólo 100”.

María Celerina Porfirio, viuda venida de Ayutla de Los Libres para festejar a su hijo graduado, dice que “diosito lindo” cuidó a su hijo de todos los peligros que pasó, y que ahora lo encomienda para que encuentre trabajo.

“¡Nunca hemos de olvidar a los caídos, a los heridos, las víctimas: ¡Porque vivos se los llevaron, vivos los queremos!”, grita en su turno como orador, desde el presídium, Cuauhtémoc Mondragón, tío del normalista desollado Julio César Mondragón Fontes. Llama a todos a ser líderes, a oponerse al sistema de muerte.

–¿Qué pedimos para los caídos?

–¡Justicia!

–¡Que vivan las normales rurales, que viva la normal Isidro Burgos, que viva México Progresista!

Y siguen canciones dedicadas a los ausentes, aplausos, minutos de silencio, juramentos de buscar justicia.

Acerca del autor

(Ciudad de México, 1974) es una reportera mexicana. Ha colaborado para varios periódicos y revistas de Argentina, Chile, Colombia, Ecuador, Estados Unidos, México, Perú y Uruguay, entre algunas de ellas: Proceso, Gatopardo y Etiqueta Negra. Ha realizado labores de activismo a favor de los derechos humanos y en contra de los asesinatos y exilios de periodistas.

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