Más vigente que nunca, el estudio de las revoluciones: Enrique Semo

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Hace 66 años, el entonces director del Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Nacional Autónoma de México, el historiador, periodista y agrónomo Rafael García Granados, apoyó la iniciativa del investigador José María Luján, especialista en porfirismo, de rescatar los documentos y testimonios sobre la Revolución Mexicana.

A fines de 1952, los dos presentaron el planteamiento al presidente Adolfo Ruiz Cortines, “último presidente que participó en el proyecto revolucionario”, quien aceptó la iniciativa y encargó su realización al investigador, también de la UNAM, Salvador Azuela, quien consideró que, además de recopilar la documentación, se requería el estudio de todo el proceso revolucionario, “origen y fundamento de todo el siglo XX”.

Así relató la historiadora Patricia Galeana la fundación del Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana (INEHRM), aprobado por decreto presidencial de Ruiz Cortines el 30 de junio de 1953 y que inició sus trabajos formales el 29 de agosto del mismo año.

Para celebrar su 65 aniversario, el ahora llamado Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (también INEHRM), dirigido por Galena desde enero de 2013, organiza el ciclo de conferencias Los fundadores, en el cual se recuerda a los siete personajes que dieron vida a la institución:

Azuela, escritor y periodista (hijo del escritor Mariano Azuela, autor de Los de abajo), quien fue vocal ejecutivo del instituto durante 30 años, hasta su muerte en 1983; Luis Cabrera, abogado poblano, periodista y redactor de la Ley Agraria del 6 de enero de 1915; Francisco L. Urquizo, escritor y militar revolucionario, miembro del Estado Mayor de Venustiano Carranza; Pedro de Alba, médico, diputado por Aguascalientes, su estado natal y director de la Facultad de Filosofía y Letras de Graduados de la Universidad Nacional; Diego Arenas Guzmán, periodista e impulsor del primer Patronato del INEHRM; Antonio Díaz Soto y Gama, abogado potosino, asesor intelectual de Emiliano Zapata; y Jesús Romero Flores, diputado constitucionalista, escritor y rector de la Universidad Michoacana.

Única, la Revolución mexicana

El ciclo dio comienzo el miércoles 1 de agosto con la conferencia “México revolucionario”, del escritor e historiador Enrique Semo Calev, integrante del Consejo Técnico Consultivo del INEHRM, quien preguntó al público si después de las elecciones del pasado 1º de julio es legítimo cuestionar si es actual la existencia de “una importante institución, muy exitosa, dedicada al estudio de las revoluciones mexicanas o ya se pasó el tiempo del tema y debemos buscar otro tema para otros institutos”.

Desglosó que desde hace tiempo no sólo se cuestiona que la Revolución mexicana no fue una sola sino varias revoluciones, y desde muchas corrientes de pensamiento y cátedras se ha atacado también el concepto mismo de revolución y su papel fundacional en la historia de México.

Semo hizo un breve recuento de las tres revoluciones de México, la Independencia, la Reforma y lo que llamó “la gran Revolución de 1910-1940”, evaluó su trascendencia en la vida de la nación y destacó la importancia de estudiarlas como pasado, presente y futuro. Pues, si bien dichas revoluciones ya murieron, pues no existen más, son relevantes en el sentido de que quienes las hicieron fueron el pueblo mexicano y “ese pueblo está aquí”.

Son pocos, equiparó, los países que como Francia y México tuvieron la experiencia de la revolución. En América Latina, por ejemplo, luego de sus movimientos independentistas, no hubo más revoluciones y en la mayor parte del continente americano la lucha por la fundación de un Estado laico, independiente de la Iglesia, se dio hasta el siglo XX, cuando en México sucedió a mediados del XIX, y en Francia luego de nuestro país.

Asimismo, puso en relieve el hecho de que la Revolución mexicana de 1910 fuera la primera de una serie de revoluciones como la rusa, la china, la húngara, la turca, la alemana que “marcaron el nacimiento de una nueva época: el imperialismo y la sucesión de revoluciones nacionales anticoloniales y socialistas en el mundo”.

En su opinión, México como Francia “fue un país eminentemente revolucionario en el proceso de consolidación de la nueva sociedad, y del capitalismo”. Y subrayó que, aunque no todas las revoluciones son exitosas, incluso las derrotadas dejan cambios importantes.

La gran irrupción

La conferencia del doctor en historia terminó como comenzó: en el 1º de julio pasado. Se preguntó cómo es posible que el pueblo mexicano callara durante tanto tiempo en un sistema político por demás cuestionado y después se expresara tan contundentemente:

La irrupción de ese día tuvo como resultado que el 53% del electorado votara por “un candidato crítico del proyecto que se impuso a México durante 33 años desde 1974 hasta ahora: Un partido fundado apenas hace cuatro años arrasó obteniendo mayoría en las cámaras de diputados y senadores tanto federales como de los estados de la República. El partido historio de México, el PRI, se derrumbó a su mínima expresión histórica.”

Igualmente, agregó, el PAN entró en una profunda crisis, el PRD perdió incluso su baluarte, que era la Ciudad de México:

“O sea, los tres partidos del Pacto por México fueron castigados… ¿Qué es lo que pasó? ¿Cómo explicamos ese fenómeno? Es en mi modesto parecer, es resultado de un movimiento social de una gran heterogeneidad, un movimiento que no tiene elementos homogéneos, un movimiento de humillados, ofendidos y expoliados, de envergadura nacional pero incluso individual:

“Son las personas que fueron humilladas con dos fraudes electorales nacionales y muchos locales, los que tienen hijos desaparecidos impunemente, 40 mil dicen las cifras oficiales, son maestros a los que se trató de culpar injustamente de la crisis de la educación, son emigrantes expulsados de Estados Unidos que no encontraron en México el apoyo que se merecían, comunidades que han visto sus tierras arrasadas por las compañías mineras, los receptores de salarios mínimos que no alcanzan para vivir, los movimientos indígenas por la defensa de la ecología, las movilizaciones contra los desaparecidos de Ayotzinapa y los asesinados de Tlatlaya…”

Es, redondeó el investigador, colaborador del semanario Proceso, un gran movimiento social de origen “abrumadoramente disímbolo”, integrado por todos los estratos de la sociedad y convocados por una larga campaña que encontró expresión en la jornada electoral.

Por ello, concluyó, “hoy más que nunca, más que ayer, los estudios de las revoluciones mexicanas son actuales, hago votos y aquí tenemos a la doctora (Galeana), un gran ejemplo de eficiencia y desarrollo de ese instituto para que siga elevándose cada día”.

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