La droga

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- En 1978 un antropólogo, Robert Gordon Wasson; un químico, Albert Hofmann; y un filólogo clásico, Carl A. P. Ruck, publicaron el libro El camino a Eleusis. En él intentaron descifrar el misterio de los ritos secretos que se realizaban sobre ese sitio sagrado en honor a Perséfone –la diosa de la fertilidad que vuelve de la muerte– y cuya visión mística e indescriptible, Píndaro condensó en estos versos: “El fin de la vida/ así como su principio/ otorgado por gracia divina”. 

Según ellos, esa experiencia mística era fruto del keykon (mezclar) –un brebaje preparado con la sustancia psicoactiva del hongo del cornezuelo (el LSA, precursor del LSD, sintetizado por Hofmann) –, cebada y menta. Esta droga (una voz andaluza que degradó el sentido original de farmakon –veneno o remedio–, de donde viene “farmacia”), tanto como aquellas que se han dado en llamar drogas místicas (opio, peyote, hongos, incluso la mariguana, en algunas de sus variedades) no son, en consecuencia, sustancias alucinógenas –que producen falsas imágenes–, sino sustancias que abren el campo de la percepción y permiten entrar en los misterios trascendentes, como lo hacen los místicos mediante prácticas ascéticas de naturaleza espiritual. De allí que el poeta Baudelaire afirmara al mismo tiempo que la droga es una manifestación de nuestro amor por el infinito, pero también una experiencia que le permitió ver el banquete, pero nunca participar de él.

En este sentido, las drogas son un poder. Por ello en la antigüedad, o en algunos pueblos amerindios, su uso se circunscribía a ritos iniciáticos que sucedían o suceden en determinadas épocas del año y eran o son conducidos por guías que conocen sus caminos y sus significaciones.

Se dice que Platón, al igual que Píndaro, Aristóteles y muchos griegos más, fueron por lo menos una vez a Eleusis. 

Se dice también que de la experiencia de Platón con el keykon surgió su mito de la caverna y el fundamento de la metafísica de Occidente.

El propio Hofmann, que al igual que Stanislav Grof –el creador de la psicología transpersonal– tuvieron varias experiencias con el LSD; lo utilizaron, con magníficos resultados, hasta la prohibición de las drogas, para tratar, en una experiencia de muerte-resurrección, a enfermos en estado terminal. Iván Illich utilizaba el opio como un medicamento para el “cáncer”, algo que le permitió vivir y darnos obras fundamentales sobre el sentido de la existencia. Baudelaire, Huxley, Carlos Castaneda, Octavio Paz, entre otros, utilizaron la droga, como Platón o Píndaro, para explorar los misterios del trasmundo y de la trascendencia. 

Por desgracia la modernidad, que Zygmunt Bauman definió como una “sociedad líquida” –habría que agregar licuante–, no sólo ha degradado el misterio, volvió los poderes de la droga una mercancía atroz. Desencadenado, como lo hizo la fisión del átomo con la energía, de su lugar en el mundo, el poder de la droga se volvió, semejante al alcohol y al tabaco, destructivo, cambió su condición de remedio del alma en veneno o en una mera y pueril recreación. Fue la queja de María Sabina, la gran chamán del hongo en Huautla, Oaxaca, cuando el boom de la experiencia deslegitimada de la droga llevó a cientos de personas a buscarla para “hacer un viaje”, un eufemismo de lo recreativo: “Cuando el hombre blanco tocó el hongo, el dios dejó de estar allí”. Una queja semejante, pero menos profunda, surgió de la pluma de Hofmann: “Si fuera posible detener (el uso) inapropiado (de la droga), entonces pienso que sería posible dispensarla para su uso médico (…) En las calles, las drogas se entienden mal y ocurren accidentes”. 

La droga ha perdido su contención sagrada, su profundidad mistérica, su gravedad, su sentido de remedio frente a la finitud de la vida o la enfermedad. Se ha convertido en un poder desencadenado que, como todo poder no circunscrito, es destructor. Pasados ciertos umbrales todo adquiere un sentido inverso a su uso. Así, la perversa ignorancia de los narcotraficantes la ha colocado como una mercancía más en la calle; la imbecilidad, llena de prejuicios y de doble moral, como la de Felipe Calderón y Peña Nieto, la han visto como un problema de seguridad nacional que se combate con la violencia. Unos y otros son, sin embargo y como lo padecemos con horror en México, víctimas y difusores de su veneno y su crueldad. 

No es posible volver a acotar la droga en los ámbitos de lo sagrado –habrá todavía un puñado que la vivan con esa profundidad–. La liquidez del mercado, la puerilidad de la modernidad y su ausencia de espiritualidad la han convertido en un asunto que debe abordarse, como el alcohol y el tabaco, desde la perspectiva de la salud, y contenido mediante su regulación en marcos legales y campañas educativas sobre su lugar en la historia, sus efectos y sus consecuencias. Ésta parece ser la óptica del gobierno de AMLO, una óptica que no deben abandonar. 

Regular la droga y educar con respecto a ella no resolverá el problema de la violencia –la estúpida manera en que Calderón y Peña Nieto lo abordaron la multiplicó–, pero ayudará a proteger a nuestros jóvenes de parte de la violencia que su prohibición y persecución ha generado; será también una manera más de contribuir a la justicia, a la dignidad y a la paz que hemos perdido en medio de una de las guerras más imbéciles de la historia. 

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a las autodefensas de Mireles y a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales y refundar el INE.

Este análisis se publicó el 9 de septiembre de 2018 en la edición 2184 de la revista Proceso.

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