Murió Charles Aznavour, “el gran poeta de Francia”

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Charles Aznavour, rey de la canción francesa, falleció la madrugada de este lunes en París, ciudad donde en 1924 nació el creador de grandes temas que interpretó por todo el mundo.

“Pienso que tengo la voz de mi generación, menos bella sin duda; pero destinada a decir otra cosa, destinada a cantar las noches de amor que nos dejan sin aliento. Una voz que penetra en el género de canción que yo escribo”, reconoció Charles Aznavour en la biografía que publicó en 1970, Aznavour por Aznavour (Fayard).

El diario Liberation detalló el cantante murió en su casa de Alpilles, al sur de Francia, llamándolo “el cantor francés más conocido en el extranjero”, “el hombre de las mil canciones” y calificando el hecho como: “Francia ha perdido a uno de sus más grandes poetas”.

Aznavour acababa de regresar del Japón donde debió cancelar una gira debido a que sufrió una caída que le inmovilizó el brazo izquierdo.

A continuación, reproducimos para la columna “Canto rodado” que publicó el reportero y traductor Roberto Ponce el 30 de noviembre de 2009 para APRO.

“Memorias de Charles Aznavour”

A finales de octubre, la editorial francesa Don Quichotte sacó a la venta las memorias del popular cantante Charles Aznavour, Au voix basse, cuyo título en castellano corresponde a En voz baja.

Hace dos décadas, una anterior autobiografía suya había sido puesta a la venta y el propio Aznavour la actualizó, apenas hace un lustro, como Les temps des avants. Mes Mémoires (Editions J’ai Lu, ilustrée París, 2005 350 páginas), Los tiempos de antes. Mis memorias.

De padres judíos armenios, nacido el 22 de mayo de 1924 en París bajo el nombre de Shahnourh Varinag Aznuvorian y radicado en Suiza, Charles Aznavour continúa grabando discos y presentándose en vivo con su orquesta por el mundo entero.

Hemos escogido de Les temps des avants un par de pasajes de aquellas memorias de Aznavour sobre su encuentro con dos mujeres extranjeras, quienes le inspiraron sendas canciones de amor, para deleite de nuestros lectores de esta columna musical “Canto rodado”.

Aznavour en Brasil

Quise conocer otros países, empaparme de culturas distintas. A menudo acepté contratos muy por debajo de mis cotizaciones, únicamente por la curiosidad de no perderme la suerte de observar y de aprender.

Así que aprendí a decir buenos días, adiós, gracias o ¿cuánto cuesta? en unos diez idiomas y luego, para interpretar mis canciones, seleccioné cinco lenguas. Eran canciones que el público prefería, las mismas por doquier; aunque cambiaba la lista de mis programas según el país a donde fuese: por acá, invariablemente cantaba en francés; acullá, lo hacía en el idioma del lugar, y más lejos, el público podía seguirme a través de breves traducciones.

Deseaba emprender una gira por el extranjero. En las oficinas de mi casa disquera Barclay, nos pusimos a planear el itinerario y, ¿por cuál país empezaríamos? España y los de Sudamérica fueron los primeros que decidí visitar.

Ya le había encargado a Eddie Barclay la traducción de un buen número de mis temas, y buscar las compañías fonográficas que nos representarían comenzando en Argentina, para después poco a poco ir cubriendo los demás países de lengua castellana.

En muchos de ellos y con notable rapidez, mis canciones se colocaron entre las consentidas de éxito: “Venecia sin ti”, “Cuando no pueda más”, “Con”, “Isabel”… Y fue en Brasil donde se me ocurrió montar mis propios recitales como solista, tras recibir la invitación personal de participar en una función para beneficio de un proyecto humanitario de la esposa del presidente Joselino Kubitschek de Oliviera (quien gobernó entre 1956 y 1960).

Nuestro pianista era Jacques Louissier, en el bajo iba Francois Rabbath y la batería estaba a cargo de Víctor Rabbath Louissier; echaríamos a andar una fórmula particularmente novedosa de trabajo, con miras a una carrera siguiendo su concepto Play Bach que consistía en tocar obras clásicas de Bach en jazz.

Aquella gala de beneficencia resultó provechosa para ambos, pues yo decidí armar mis recitales y Jacques Louissier internacionalizarse con Play Bach.

Durante aquel espectáculo brasileño del Salón Machado, me atrajo una frondosa joven bailarina, y conseguí que nos presentaran. Concluido el evento artístico, ella llegó para sentarse en nuestra mesa; pero toda tentativa de comunicación se fue por la borda, pues ella no hablaba francés, ni inglés, tampoco español, y mi brasileño se reducía a decir “cafezinio” y “muite obrigado”.

Sin embargo, el amor posee un lenguaje secreto sin necesidad de expresarse a través de la palabra.

Con Marlène –que tal era su nombre de pila– viví una muy bella historia durante las semanas que pasé en Río. Luego de mis funciones en el Copacabana Palace, la recogía en el saló donde actuaba.

Años más tarde, cuando regresé a Brasil, me enteré que por algún tiempo anduvo con un importante político nacional y que ella, Dios sólo sabe porqué, cierto día se quitó la vida.

Disfrutamos de momentos muy buenos,
disfrutamos de momentos muy bello.
De alegres locuras, de extraña amargura,
así compartimos juntos la vida.

“Morir de amor”

Siempre me ha gustado presentarme en Bélgica, ya sea en Wallonie, Bruselas, o en Anvers.

En Knokke-Le Zoute un raudal de buena fortuna refrescó mi carrera. Cierta tarde, cuando entré con alguna antelación por los salones del casino donde estaba programado, pude apreciar el número artístico que me precedía de una intérprete portuguesa de fado única, dotada de una personalidad impactante tan distinta a la de Édith Piaf, aunque muy parecida por su forma de sorprender y hechizar al público.

Si bien cantaba en una lengua extranjera que nosotros no entendíamos, encantó a todos por igual. Tras concluir mi espectáculo, el gerente del casino M Neillens nos invitó a ella y a mí para acompañarlo en una función operística. Al día siguiente, ella asistió para ver mi presentación; posteriormente, fuimos a cenar en un “bistro” donde había piano, y ahí permanecimos cantando buena parte de la noche.

Ella partiría a Montecarlo al otro día para una función de gala. La separación fue difícil, pero para no perdernos de vista, quise asegurar de que ella estuviera conmigo en la primera parte de mi recital en el Palais d’Hiver de Lyon. Para pedírselo, escribí un tema para ella, una mezcla de drama y pasión.

¡Ay!, morir por ti,
al roce de tu mano en pos de mí.
Dejar mi vida sobre tu espalda,
al sonar el arrullo de tu voz
que adormece mi adiós jubiloso.
¡Ay!, morir de amor,
al último latido me ofrendo a ti,
para dejar este mundo, sin lamentos,
con despojos del tiempo más hermoso.

A la manera de un fado quise llevar esta canción, darle un drama y el pathos que tiene el fado. Y ella a su vez, me regalaría el obsequio más lindo con su voz interpretando aquellas palabras…

Amalia Rodrigues. Ella me inspiró tales cuestiones. Seguimos siendo muy buenos amigos, hasta el triste día de su partida (6 de octubre de 1999).
Semanas antes de su desaparición, tuve la oportunidad de cenar con ella; una vez más para hablar de todo, de nada, de los fados, del ayer, de la amorosa amistad que compartimos durante alguna época.

Adiós al maestro

(Roberto Ponce dio continuidad a esa biografía de Aznavour en diciembre de 2010, ver: https://www.proceso.com.mx/258874/tres-dones-galos-aznavour-gainsbourg-y-sanson que aquí reproducimos fragmentariamente.)

Aznavour, nacido en París en el seno de inmigrantes armenios en 1924, bajo su nombre real de Shanourh Aznavourian, al comienzo de esta sorprendente obra –que viene a completar los fragmentos de una extensa biografía por él redactada en testimonios como Los tiempos de antes (Les Temps des Avants, Mes Memoires. Editions J’ai Lu de Flammarion, París, 2005, 350 páginas) y comentada aquí en otra entrega para nuestros lectores–, nos ofrece dedicatoria:

A mi público. Y a todos aquellos quienes quisieron hacer oficios iguales a los míos. Autores, compositores, y a esta generación que nos trae su mañana distinto.

Apenas salieron estas letras en la edición de pasta dura para Editiones Don Quixotte en octubre de 2009, la periodista Sophie Delassein, de Le Nouvelle Observatoire, escribió una carta abierta donde reclamaba al más célebre intérprete francés del mundo su tono agresivo y desdén a la prensa:

“¿Qué mosca le picó a usted, Charles Aznavour? Desde que lo recuerdo, siempre ha criticado a los críticos en sus innumerables entrevistas…”

Aznavour respondió defendiéndose y citando algunos textos ofensivos redactados al inicio de su trayectoria, que omitiera En voz baja:

“En cada canción (Aznavour) imita a algunos: (Gilbert) Becaud, Philippe Clay… No estamos ante la presencia de un estafador de envergadura como su demuestra su poca estatura a nuestra manera de pensar. A propósito de su canción “Sur Ma Vie” (“Sobre mi vida”): una muy buena pieza y un pésimo cantante. Nos hallamos frente a la aparición espectral monstruosa de nuestro imaginario fantasmagórico en tiempos de Quasimodo y los misterios de Nuestra Señora de París. Al ver actuar a este señor Aznavour, nos preguntamos: ¿Por qué no mejor canta con una pata de palo?”.

A lo largo del libro, el artista no escatimará letras para advertir múltiples veces sobre la perversa manipulación que suelen ejercer algunos colegas de los medios de comunicación para exhibir a los ejecutantes del canto popular.

Y, sin embargo, Aznavour jamás destila una sola línea para despotricar por los nuevos estilos de la música moderna, ni gasta tinta en prodigar consejas o desparramar plañideras por tiempos mejores:

“Jamás condeno la llegada de cualquier género poético o musical novedoso, por ejemplo, nunca diría que “todo es basura maligna” en movimientos como el rap o el slam ensalzando mi propio canto. La juventud tiene derecho a querer cambiarlo todo, transformarlo y destruirlo.”

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