La 4T: lo bueno, lo malo, lo incierto

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Formar parte de la Cuarta Transformación es como subirse a una montaña rusa. Hay momentos hilarantes, momentos de incertidumbre, momentos de gozo, momentos de ansiedad. El gobierno entrante se mueve velozmente. Anuncia. Decide. Aprueba leyes. Todos los días hay algún nombramiento, todos los días hay algún pronunciamiento. Vivimos en medio de una vorágine donde cuesta trabajo distinguir lo ocurrente de lo trascendente, lo que será verdaderamente transformador y lo que es meramente aquello que pasó por la cabeza de alguien ese día. Vivimos la combinación cotidiana de sentimientos encontrados: el entusiasmo, la duda, el aplauso, la crítica. A veces el carrito va en ascenso, produciendo algarabía, a veces el carrito va en picada, produciendo zozobra.

Difícil no constatar el entusiasmo que acompaña a lo que ha sucedido y lo que se vislumbra. La elección ha cambiado los rieles de un tren prianista en el poder desde los noventa e inaugura la posibilidad de nuevas rutas, nuevos destinos, nuevas formas de hacer política. Difícil no entender las expectativas que engendra un cambio necesario, una sacudida imprescindible. La locomotora en la cual viajábamos estaba sucia, oxidada, y había dejado a la mitad de la población atrás. En el vagón de primera clase los privilegiados abusaban; en el vagón de tercera los olvidados padecían o morían.

Lo bueno de la Cuarta Transformación deriva de entender las ausencias y los abusos del Estado. Lo mejor de los últimos tres meses ha sido el viraje significativo en favor de la paz, en favor de las víctimas, en favor de la verdad. Los “Foros Escucha”, el presidente electo presenciando el dolor de quienes siguen en busca de sus desaparecidos o están de luto por sus muertos, Olga Sánchez Cordero hablando de lo que el Estado hizo mal y habrá de reparar. Después de tantos años de indolencia e insensibilidad gubernamental, anima ver a funcionarios que se conmueven ante las lágrimas, en vez de ignorarlas.

Después de tantos años de negar la represión y las desapariciones y los feminicidios, alienta saber que llegan al poder personas conscientes del daño que el Estado deja tras de sí. Eso sí es un cambio; esa sí es una transformación. El gobierno que viene abre más los ojos y mira al país de frente. Muestra la voluntad de encarar en lugar de tapar. Muestra el deseo real de abatir la violencia en lugar de esconderla.

Muestra también un compromiso con las causas progresistas que las izquierdas mexicanas han impulsado desde hace años. La primera ley aprobada por el nuevo Congreso garantiza el acceso a servicios del IMSS a las parejas del mismo sexo. La bancada de Morena ha dicho que impulsará la despenalización del aborto a nivel nacional. Hay legisladores comprometidos con la regulación de las drogas –no sólo la mariguana– porque saben que no hay otra forma de cambiar el paradigma prevaleciente de seguridad nacional y pacificar al país. Al presenciar esas posturas, imposible no compartir esa sensación de ir en la punta de la montaña rusa, con los brazos alzados, con ganas de reír, gritar, aplaudir.

Pero instantes después, el descenso en picada. El vuelco en el estómago. El vértigo que produce contemplar el apoyo político de Morena a Manuel Velasco, las declaraciones de AMLO sobre Rosario Robles donde la califica como “chivo expiatorio” y sugiere que habrá “borrón y cuenta nueva” con respecto a la corrupción del sexenio peñanietista, los ataques del nuevo presidente al Banco de México y otras instituciones, los vaivenes argumentativos en torno al nuevo aeropuerto, la visión patrimonialista del gobierno que revela el oficio de la futura directora del Conacyt que buscaba cancelar las convocatorias al margen de la normatividad, la austeridad deseable aplicada sin ton ni son.

En los equipos de transición coexiste el idealismo con la ineptitud, la buena fe con la mala información, la honorabilidad con la improvisación, la integridad con la ignorancia, las buenas intenciones con las malas propuestas. Los nuevos presumen su triunfo pero demuestran un profundo desconocimiento sobre cómo funciona la administración pública, con qué normas se rige, cuáles son los lineamientos constitucionales que definen su proceder. La curva de aprendizaje será empinada y mientras tanto las ocurrencias están generando incertidumbre.

Incertidumbre entre inversionistas y actores económicos incapaces de predecir qué pasará con la reforma energética o el aeropuerto o los proyectos de infraestructura prometidos o el impacto de la reducción del IVA en la frontera, entre tantos temas más. Incertidumbre de miembros de la administración pública federal, el servicio civil de carrera y el servicio exterior, sobre cómo la reducción de los sueldos afectará su capacidad de seguir trabajando en el sector público. Incertidumbre entre numerosas organizaciones de la sociedad civil que apoyaron la oferta de paz, y ahora enfrentan la creación de una Guardia Civil, compuesta por un Ejército que se queda en las calles. Incertidumbre sobre el impacto político y clientelar que podrían tener los delegados de Morena en los estados, así como las implicaciones del censo que están levantando. Incertidumbre generalizada que abre oportunidades pero también produce parálisis. Incertidumbre extendida que es señal de remodelación pero también de desorganización, de apresuramiento, de improvisación.

Y de ahí las reacciones binarias ante las primeras etapas de la Cuarta Transformación, apoyada por quienes aman su llegada y denostada por quienes cuestionan su congruencia. Otros ocupamos ese lugar incómodo que intenta acompañar el entusiasmo de lo bueno, señalar el impacto de lo malo, expresar ambivalencia sobre lo preocupante. Habitamos ese sitio dubitativo, donde la máxima es aquella famosa frase de Learned Hand: “El espíritu de la libertad que no está seguro de tener razón”. Quizás la Cuarta Transformación crea tener razón en todo, pero se vale al menos dudarlo.

Este análisis se publicó el 7 de octubre de 2018 en la edición 2188 de la revista Proceso.

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