Ignacio Retes en su centenario: Gabriel Retes

Ignacio Retes. Foto: Germán Canseco Ignacio Retes. Foto: Germán Canseco

Director de escena, dramaturgo, actor y novelista, Ignacio Retes fue uno de los impulsores de ese programa descomunal nacional llamado los Teatros del Seguro Social. Era 1957, y su hijo Gabriel lo recuerda muy bien porque fue cuando él mismo se inició como actor; y ahora, ya como uno de los directores de cine mexicanos con larga trayectoria, define al maestro Retes como “lo más cercano a un artista neto que he conocido”.

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- “¿Cámara? ¡Acción!”, indica Gabriel Retes a Proceso para comenzar la entrevista en una butaca del Teatro Rodolfo Usugli tras la función de su repuesta Octubre terminó hace mucho tiempo, obra de Pilar Campesino censurada en 1971 por el entonces regente Octavio Sentíes, debido a “su lenguaje, abuso del sexo y uso de la mariguana”.

–Su padre, Ignacio Retes, hubiese cumplido cien años el pasado 13 de noviembre. Él se definía a sí mismo como teatrista. ¿Cómo lo definiría usted?

–¡Teatrista! –responde riendo el también director de cine, guionista, productor y actor–, justamente es la palabra que lo define muy bien. Fue uno de los inventores del teatro moderno mexicano, un teatrista en el sentido estricto, cabal. Y con los años, lo más cercano que he conocido de un artista neto, en toda la extensión de la palabra. ¡Artista!, así era Retes Grande. Así le decía mi mamá –Lucila Balzaretti, nacida en Suiza–: Retes Grande. Y a mí me decía Retes Chico”.

Apodado Pepín “por mi tío Pepe Revueltas” (el escritor José Revueltas), José Ignacio Gabriel Jorge Retes Balzaretti (Ciudad de México, marzo 25 de 1947) prácticamente nació en los teatros, pues sus padres lo dejaban dormir en los camerinos mientras alguna función se escenificaba:

“Me crié en el teatro, porque mi padre inventó los teatros del Seguro Social –hacia 1959–. A él se le ocurrió y le vendió la idea a Benito Coquet de que al lado de cada clínica, o casa del asegurado, debía de haber un teatro.”

Teatraliza diálogos y recrea memorias:

“‘¡Pus órale! A ver, maestro Ignacio Retes, lo nombro director de los teatros del IMSS’. Fue durante la presidencia de López Mateos, quien puso a Benito Coquet y este habló con mi papá, por 1962. Yo lo sé porque empecé a actuar exactamente en el 57, en Beckett o el honor de Dios, de Jean Anouilh. Y mi papá andaba fundando el teatro del Sindicato Mexicano de Electricistas.”

–¿Cómo era con usted?

–Increíble. Poco cariñoso, pero profundamente amoroso. El tiempo que nos dedicaba lo hacía muy bien. Y tuve una educación extraordinaria…

–Luis de Tavira y Vicente Leñero recordaban a Ignacio Retes por hacer teatro como arte de lucha, ser heredero de Usigli, y por su pasión al debatir.

–El problema con mi padre es que casi siempre tenía la razón. Entonces, cuando estallaba una discusión sabía llevarla a fondo, no era de pegar de gritos. Era, digamos –pausa las sílabas– de dialéctica.

“Imagínate las conversaciones con mi tío Pepe Revueltas, cualquier cantidad de veces anduvo por ahí con Salvador Novo, obviamente Ignacio López Tarso, Narciso Busquets, que Óscar Chavez de jovencito… Ahí llegó la costarricense Chavela Vargas, ¡vivíamos en los teatros con una misma obra en dos funciones diarias de martes a domingo, y los lunes eran San Lunes, porque no se trabajaba!”

Evoca así la obra ¡Silencio, pollos pelones, ya les van a echar su maíz! de Emilio Carballido, estrenada el 28 de agosto de 1963 en el Teatro del Seguro Social de Ciudad Juárez, Chihuahua:

“Toda la semana iban a la casa Carballido y (Dagoberto) Guillaumín, gente que creó el teatro mexicano.”

El sátrapa de “Los albañiles” 

–Usted ha dicho que su papá era un tipazo y un pan de actor, ¿por qué?

–No le tenía miedo a nada. Me acuerdo de mi papá con Vicente Leñero, aferrados a estrenar Los albañiles en un teatro nuevo, el Antonio Caso. Y Octavio Sentíes, enemigo de Leñero y de mi papá, del buen teatro y de la cultura, les quiso prohibir la obra. ¡Y los quiso comprar! No se dejaron, y estrenaron por sus pistolas, sin el permiso de no sé que dirección del Departamento del Distrito Federal. Los dos se defendieron de los ataques del sátrapa Sentíes. ¿Cómo no voy a admirar a mi papá cuando lo vi en la baja?

“Y lo vi en la alta, fue un hombre que compró su casa tardando cuarenta años en pagarla. Me acuerdo que hizo una fiesta por el último día de pago, ¡650 pesos y cuánto trabajo le costó pagar eso! Era un auténtico y gran mexicano.”

Se refiere a la casona familiar de Tlalpan, donde Retes Chico filmaría escenas de familia en su exitosa película El bulto (1992).

–¿Decía groserías? Porque Sentíes no quería dar el permiso de Los albañiles por las palabrotas gruesas.

–Sí, sí decía. Pero usaba muy bien el español, muy a tiempo y de modo muy justo. Para referirse a alguien decía: “¡Un pendejo!”, en ese tono; nunca insultaba directamente, era un caballero. La historia va así. La cuenta:

“Lo único que he hecho de televisión fue con Paco Jambrina, Guillermo Orea y Enrique Rambal, que me llamaron a dirigir una serie de 30 capítulos, me pagaron mucho y fue tan en friega el trabajo –truena los dedos– que se me juntó el dinero, mi papá que se entera y llega conmigo, me dice: ‘Retes, mira, López Tarso y yo vamos a rentar dos teatros, el Antonio Caso y el Mariano Azuela de la Unidad Nonoalco Tlatelolco’. ‘¡Ah, qué buena onda, papá!’.‘Pero no tengo ni un clavo, necesito 150 mil pesos…’

“Yo acababa de cobrar. Y mi papá: ‘Yo te ofrezco lo siguiente, Nacho (López Tarso) y yo nos vamos mitad y mitad, tú te llevas el 30% del negocio, ¿no?‘. ‘¿Y qué vamos a hacer?’. Me dijo: ‘Vino un tipo que ganó el Premio Seix Barral, con su novela Los albañiles, trae una adaptación teatral que no te la acabas!’”.

Era el 69, y López Tarso tuvo miedo por lo que había sucedido en 68.

“‘¿Por qué no quiere actuar de don Jesús, papá?’. ‘Porque Nacho no quiere decir malas palabras’. ¡Imagínense eso! ¡A tal grado de censura estaba la oficina de Sentíes contra el teatro y los espectáculos! Ya después (en 1976) lo hizo, en la película de Jorge Fons; pero el debut fue de José Carlos Ruiz.”

–¿Cómo sacaba adelante sus obras?

–Jamás daba instrucciones en público. Hablaba con Ofelia (Guilmáin) o (José) Gálvez, la Montejo (Carmen)… Me fascinaba el teatro, yo veía a mi papá siempre con el cigarro en la boca y los llamaba aparte: ‘A ver Ofelia, por favor, ven…’ Mi papá apenas trazaba… ¡Y regresaba Ofelia con el duende, hacía lo que no había hecho!

“Yo empecé como asistente de dirección de José Solé en Fuenteovejuna, de Lope de Vega, a los 14 años. Había visto a mi papá dirigir y él no sabía lo que iba a hacer cuando llegaba al teatro. Pepe (Solé) traía copias del escenario del Teatro Xola y me decía: ‘Pepín, vamos a hacer esto… Ofelia va a entrar por aquí’, me lo marcaba en su mapita: ‘Y acá tira su diálogo al Comendador, el cual entra por aquí’. Llegaba a las cuatro en punto al ensayo, no había impuntualidad en esa época, ahí les daba instrucciones a la Guilmáin, a Eduardo Fajardo, a Gálvez, a Miguel Córcega, a Bárbara Gil; y también montó La tempestad, de Shakespeare. Pero él y Solé eran dos visiones diferentes.”

Una sola bofetada 

Gabriel Retes no olvida recordar las dos condiciones anecdóticas que le impuso Ignacio Retes si deseaba dedicarse al teatro: “Echar la siesta (porque me iba a desvelar) y sacar buenas calificaciones, esa era parte de su disciplina”.

“Mi papá odiaba al cine porque los sindicatos le impidieron la entrada. Ganó un Ariel por un documental que hizo para Petróleos Mexicanos, Fuego cautivo, a color, 40 minutos, era un trofeo. Pero de eso me enteré después…”

–A usted lo expulsaron de Filosofía y Letras en la UNAM cuando estudiaba Letras Hispánicas, por corregir a una profesora, ¿cuál fue la reacción que tuvo su padre?

–Un gran dolor. Sí, yo creo que para mi papá era bien importante que yo tuviera un título.

Inició con el pie derecho en el cine de formato Súper Ocho milímetros, con Sur, involucrando a Fernando Balzaretti y ganando el Concurso Luis Buñuel 1969. Por entonces conoció a Paco Ignacio Taibo II, quien dirigió Ardiendo en el sueño (1968), protagonizada por el propio Gabriel Retes.

“Mi papá se mostró orgullosísimo de mí. Luego se enojó con el cine y lo dejó; entonces yo lo rescaté y a mi mamá. Como actor de cine, él también es una maravilla. Yo solamente recibí una lección, física, de mi papá en toda la vida, cuando yo tenía doce o trece años, pues a un amigo mío su papá, que era jefe de la policía, le había regalado un Ford ocho cilindros convertible. Y nos empezamos a echar corridos…”

–¿Arrancones?

–No, corridos son entrar a una tienda, robarte unos Gansitos y ¡pélale! –risas–, pero alguien rajó con mi papá, entonces llego a mi casa, entro, me ve así feo y me dio una bofetada. Dijo: ‘Aquí no se permite un robo y te me largas de la casa al rancho de tu tío’. Pinche rancho en Querétaro, cuatro meses castigado.

39 “botones” del IMSS

Interviene la reportera Columba Vértiz de la Fuente, quien graba la charla:

–¿Qué aportó al teatro mexicano su papá?

–Como muestra bastan 39 botones que mi papá mandó construir y son la infraestructura teatral de este país. Empezó con el Teatro Xola, lo inauguramos con Edipo Rey, de Sófocles, y El tío Vania, de Chéjov; íbamos teatro por teatro, y cada uno olía a nuevo. Eso fue lo primero. Después, como dramaturgo, tiene dos bellas piezas: La ciudad para vivir (que llevé al cine como La ciudad al desnudo, mezclada con un material de Servando González, Los nacos), y otra obra que casi nadie conoce, se llama El aria de la locura. Afortunadamente hay dos libros del IMSS que tienen registro de las veintidós o veintitres puestas en escena de mi padre, entre un total de treinta y cinco. Él escogía a los directores y sólo lamentó haberse equivocado con uno, con (Juan José) Gurrola, no le dio chance pero terminó aceptando que era genial. Tuvo malquerientes, pues al frente de los teatros del Seguro tenía que decidir muchísimas cosas.

“Mi papá fue el gran discípulo de Seki Sano, lo tradujo porque hablaba muy mal español. Quien trasladó a Stanilavski a México fue mi papá. Mi mamá fue la primera crítica cinematográfica que hubo en este país. Y contaban los dos que por ahí se prendaron, ella pasó por una puerta abierta y vio a un joven, que era mi papá, él la vio y a los tres días ya vivían juntos.”

–Usted ha dicho que sólo cree en esta vida. ¿Cuál era la concepción religiosa de su padre?

–Era totalmente agnóstico, de pies a cabeza. Nunca nos enseñaron nada de religión, nos enseñaban con el ejemplo, y cuando los soviéticos invadieron Checoslovaquia, él rompió su carnet del Partido Comunista. Ahí se arrepiente de haber sido miembro de un partido. Me dijo directamente: “Retes, la vida partidaria y el arte no son compatibles”. Punto. Yo le creí. Y le creo hoy día.

“Mi padre estuvo absolutamente comprometido con el movimiento estudiantil del 68 y contra el ‘halconazo’, yo andaba en las marchas y él no se quedaba en casa. Era un hombre muy preparado, se le ocurrió traducir a Eugene O’Neill, sin hablar inglés, sólo con un diccionario. Y del francés no me acuerdo qué otro autor tradujo, sin hablar la lengua francesa.”

Le resalta una virtud bastante peculiar:

“Era terco. Muy terco. Poseía un conocimiento brutal del español. Yo heredé su biblioteca de ocho mil libros. Cuando él finalmente se fue, los doné a la Universidad de Guadalajara.”

Ignacio Retes falleció el 23 de abril de 2004.

“La ciudad ya había crecido demasiado, él vivía en Tlalpan. Y como fundó el Centro Universitario de Teatro en la UNAM, por 1962, tuvo alumnos muy cercanos cerca siempre.”

El contador de historias en celuloide y teatrista como su padre, resopla:

“Mi papá estaba filmando una película con Luis Mandoki, enflacó diez kilos. Fue al doctor. ‘Tiene usted cáncer’. ‘¿Qué puedo esperar?’. ‘Quimioterapia, radioterapia’. ‘¿Cuánto tiempo?’. ‘No se puede predecir’. ‘¿Sabe qué, doctor? Mejor mándeme a mi casa’. Yo estaba de agregado cultural en Costa Rica. Hablo. ‘¿Qué onda, cómo está papá?’. ‘No, pus muy bien, no tienes a qué venir’. Total, un día me llega el telefonazo: ‘Tu papá, que quiere hablar contigo’. Vine a México y él: ‘Te encargo mucho a tu mamá, a Lucila’. Le digo: ‘¡Papá! ¿Me hiciste venir desde Costa Rica pa’ decirme eso?’. ‘Es que a ti te tengo absoluta confianza’. ‘Oye papá, y ahora que estás sabiendo que te vas, ¿qué se siente?’. Me dice: ‘Tengo mucha curiosidad’.”

Susurra antes de que apaguen las luces del Rodolfo Usigli, al extinguirse otra noche de Octubre terminó hace mucho tiempo que Gabriel Retes presenta, produce y dirige los lunes, en Eleuterio Méndez 11, Coyoacán:

“Nos quedamos 20 minutos platicando Retes Grande y Retes Chico, en silencio, me fui tipo las dos de la tarde y a las tres de la mañana se nos fue. Por su curiosidad. ¡Qué loco! Se me grabó. Por su mucha curiosidad.”

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