No hay motivos de regocijo

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Desde la perspectiva de la política internacional, el espíritu festivo que en ocasiones surge con motivo de los días de Pascua no tiene motivos de celebración en estos momentos. Asuntos recientes presagian situaciones muy difíciles que ensombrecerán las relaciones internacionales los próximos años. Dentro de ellos ocupa un lugar prominente la reelección, por quinta vez, de Benjamín Netanyahu como primer ministro de Israel. Esta vez su triunfo va acompañado, por una parte, de los grupos nacionalistas más extremos, con amplia base electoral en los asentamientos judios en territorios palestinos. De otra parte, del apoyo del presidente Donald Trump, quien no ha vacilado en apoyar el reconocimiento de Jerusalén como la capital del Estado judío (duro golpe a los miles de palestinos que habitan esa ciudad, cuna de dos grandes religiones monoteístas) y pronunciarse a favor de una “nueva visión” para la solución del problema palestino.

Los trascendidos a la prensa sobre el acuerdo que se propone presentar el presidente Trump revelan un rompimiento definitivo con una solución cuyo punto de partida era la existencia de dos Estados, Israel y Palestina, conviviendo bajo fronteras seguras y mutuamente reconocidas. Tal fue el espíritu de los Acuerdos de Oslo firmados en 1993, considerados desde entonces un verdadero hito histórico que plasmó una visión multilareral, basada en principios de derecho internacional, y expresó ideas centrales de las diversas resoluciones sobre el tema que se han venido aprobando en el Consejo de Seguridad de la ONU.

La “nueva visión” de Trump otorga poca atención a tales acuerdos. No se ocupa en lo absoluto de lo que haya ocurrido en las Naciones Unidas. Se apresta, como señala atinadamente el periódico El País (16/04/19), a dar sepultura a la solución de los dos Estados. El plan, elaborado bajo la supervisión del ya famoso yerno de Trump, Jared Kushner, pone el foco en las necesiddes de seguridad de Israel, que incluyen el control sobre todo del valle de Jordania, así como sobre las alturas del Golán (meseta Siria ocupada por Israel desde 1967).

En lo tocante a los territorios palestinos, hace hincapié en la importancia de desarrollar su economía mediante importantes aportaciones de capital que estarían a cargo, principalmente, tanto de los europeos como de las monarquías del golfo. La soberanía de Palestina no está considerada; las poblaciones palestinas (20% de la población) serían enclaves minoritarios enmarcados dentro del poderoso Estado judío de Israel.

La nueva aproximación al problema de Palestina tiene enormes consecuencias para toda la situación del Medio Oriente. Para empezar, al fortalecer el poder de Israel profundiza los distanciamientos con el gobierno de Irán; el enemigo a vencer según Trump. Las relaciones con ese país han tomado un nuevo giro desde que se desconoció, de manera unilateral por parte del gobierno de Trump, el acuerdo sobre su programa nuclear, que había sido uno de los grandes triunfos de la diplomacia de Obama.

El papel de Irán en Siria, del que se habla frecuentemente en los medios políticos en Washington, es un motivo de aprehensión que seguramente se vinculará con los anhelos de Israel de actuar de manera más decisiva bombardeando las instalaciones nucleares de Irán. No es seguro que lo haga. Pero se verá alentado por el nuevo papel hegemónico que le asigna Trump en las relaciones de poder en el Medio Oriente.

Los peligros anteriores no son indiferentes a otros jugadores de la escena internacional. Las reacciones más vivas han surgido en los países europeos, una vez más desconcertados y profundamente irritados ante la arrogancia de Trump, que los deja fuera del juego en un asunto tan delicado como es la solución del histórico diferendo arabe-israelí, el cual ha merecido siempre la atención de la diplomacia europea, aunque, justo es decirlo, sin mayores éxitos, fuera de mantener el statu quo.

En una carta publicada el 15 de abril (El País, 15/04/19) firmada por tres altos dirigentes de la diplomacia europea –Jack Straw, de Reino Unido; Hubert Medrine, de Francia, y Javier Solana, de España, apoyados por otros 34 altos funcionarios europeos relacionados con la política exterior– se dieron a conocer sus puntos de vista sobre lo que está sucediendo. “Europa ha promovido una justa resolución del conflicto palestino-israelí en el contexto de una solución de dos Estados… Lamentablemente, la actual administración de Estados Unidos se ha apartado de su duradera línea política y se ha distanciado de las normas legales internacionalmente establecidas. Hasta ahora, ha reconocido las reivindicaciones sobre Jersusalén de sólo una de las partes y demostrado alarmante indiferencia respecto a la expansión de los asentamientos israelíes”. El comunicado remata diciendo: “Israel y los territorios palestinos ocupados se delizan hacia una realidad de un solo Estado con derechos desiguales”.

La situación del Medio Oriente no es desde luego el único tema que lleva al escepticismo respecto al futuro de la política internacional. Otros problemas de gran envergadura, como es la nueva carrera armamentista nuclear entre Estados Unidos y Rusia, alentada por el desconocimiento del Tratado sobre Misiles de Alcance Medio, nos acerca cada vez más a los riesgos de un mundo donde los gastos en armamento se vienen incrementando sustancialmente, particularmente en países poderosos: Estados Unidos, Rusia y China. ¿Cuáles son sus intenciones al hacerlo? ¿Se trata simplemente de tener una capacidad disuasiva para cualquiera que se intereponga en sus propósitos?

A esa incertidumre se suman nuevas tecnologías que nos hablan de amenazas poco estudiadas pero posiblemente tan devastadoras como el arma nuclear; tal es el caso, por ejemplo, de los ataques cibernéticos. La certidumbre de que los países medianos como México pueden ser objeto de tales amenazas y carecen, casi totalmente, de los medios para enfrentarlas, abona a favor del título de esta columna. En efecto, no hay motivos para el regocijo en la política internacional.

Este análisis se publicó el 21 de abril de 2019 en la edición 2216 de la revista Proceso

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