La ira de Dios medieval mutiló Notre Dame

Notre Dame. Foto: AP / Thibault Camus Notre Dame. Foto: AP / Thibault Camus

Esta frase escrita por nuestra corresponsal condensa la hora del desastre: “Francia, más dividida que nunca después de cinco meses ininterrumpidos de protestas y de crecientes tensiones sociales, hace una pausa para recogerse ante su catedral mutilada”. Hasta los ateos recalcitrantes, horrorizados, se sobrecogen. El infierno que Victor Hugo vaticinó hace dos siglos en su novela sobre Cuasimodo y Esmeralda estuvo a punto de consumir la joya del siglo XII, la corona del mundo católico –incluido el altar de la Virgen de Guadalupe–, el baluarte de la identidad francesa.    

PARÍS (Proceso).- Son las nueve de la noche. Somos miles apretados los unos contra los otros, estupefactos, hipnotizados, horrorizados. No podemos dejar de mirarla tan digna y estoica, maciza y frágil, iluminada por las llamas que la devastan, amputada de su aguja…

Notre Dame se está quemando.

Notre Dame lleva dos horas quemándose.

Y nada ni nadie parece poder salvarla de su hoguera.

De repente una voz femenina muy suave entona un himno religiosodedicado a María, se le unen otras voces, y más, y más. Se improvisa un corofervoroso y delicado que luego canta el Padre Nuestro…

Y cuando las palabras “Perdona nuestras ofensas… Líbranos del mal…” resuenan en la noche fría al tiempo que se alocan las llamas que amenazan las dos torres gemelas de la catedral, todos –hasta los ateos más empedernidos– sentimos escalofríos.

Se desvanece el siglo XXI, resurgen la Edad Media y su terror de “La ira de Dios”…

Nadie podrá olvidar el crepúsculo del 15 de abril de 2019 ni la siniestranoche que siguió.

Tan fuerte es la emoción que sacude Francia ante esa tragedia que la vida política del país se paraliza.

Emmanuel Macron renuncia a pronunciar una alocución televisiva capital para su quinquenio prevista para las ocho de la noche ese mismo día 15.

El presidente se aprestaba a anunciar medidas políticas y económicas “esenciales” en respuesta al movimiento de los chalecos amarillos y a las exigencias expresadas por los franceses durante el gran debate nacional que se llevó a cabo del 15 de enero al 15 de marzo.

Los líderes de la oposición interrumpen sus ataques contra el Jefe de Estado. Los internautas mismos paran en seco cualquier intento de lanzar rumores complotistas en las redes sociales para “explicar” el incendio, y de igual forma actúan los chalecos amarillos en sus propios rangos. Francia, más dividida que nunca después de cinco meses ininterrumpidos de protestas y de crecientes tensiones sociales, hace una pausa para recogerse ante su catedral mutilada.

A lo largo de sus 857 años de existencia, Notre Dame, lugar de culto ancestral y obra maestra del arte gótico, se convierte paulatinamente en testigo mayor de la historia gala y en uno de los grandes símbolos de la identidad francesa.

Contrario a la catedral de Reims y a la basílica de Saint Denis ligadas a la realeza –la primera porque en ella fueron coronados 33 reyes del siglo XI al XVIII, y la segunda por albergar, hasta la revolución, las sepulturas de 42 monarcas–, Notre Dame acoge en grandes ceremonias emblemáticas la vida de la nación.

Y lo hace desde el siglo XIV, cuando el rey Felipe el Bello convoca en ella en 1302 –y no en su Palacio de Le Louvre– los llamados estados generales, asamblea integrada por representantes de la nobleza, del clero y del tercer estado para apoyarlo en su lucha contra el Papa Bonifacio VIII. El monarca logra convencerlos y así se independiza del Pontífice. Nacen las primicias del sentimiento nacional galo.

Los 17 de noviembre de 1918 y 26 de agosto de 1944 se oficia en Notre Dame el Te Deum de la victoria –liturgia de acción de gracias– al final de la primera y de la segunda guerras mundiales. Y son las extraordinarias campanas de Notre Dame las que dos días antes, el 24 agosto, se sueltan sonando, como ebrias de alegría, la liberación de París.

Estas ceremonias religiosas de “expresión de gratitud” se inscriben en una larga tradición inaugurada en 1436 por el rey Carlos VII, que celebra con un magnífico Te Deum su victoria sobre los ingleses y la reconquista de la Ciudad Luz.

Veinte años más tarde, en 1456, es también en Notre Dame que el mismo monarca convoca a un tribunal eclesiástico para rehabilitar a Juana de Arco, en presencia de la madre y del hermano de esa modesta campesina que le permitió vencer al rey de Inglaterra, pues otro tribunal eclesiástico –a sueldo de los ingleses– la había condenado en 1431 a morir en la hoguera. Juana se convierte entonces en la gran heroína de la historia de la patria.

En el siglo XVII, el rey Luis XIV retoma la tradición de Carlos VII al “agradecer a Dios con un Te Deum solemne después de cada una de sus victorias militares.

A pesar de la Separación de las Iglesias y del Estado establecida por la Revolución francesa y proclamada por ley en 1905, se celebran en Notre Dame las misas funerarias de tres presidentes de la V República, laica por esencia: La de Charles de Gaulle el 12 de noviembre de 1970; la de Georges Pompidou el 6 de abril de 1974; y la de François Mitterrand el 11 de enero de 1996.

La campana mayor de Notre Dame, Emmanuel,  suena el 8 de enero de 2015 en homenaje a las víctimas del atentado terrorista contra Charlie Hebdo, semanario epidérmicamente anticlerical y contra un supermercado cacher. Once meses más tarde no cabe en la catedral la multitud de parisinos deseosos de asistir a la misa funeraria oficiada para las víctimas de los ataques del Estado Islámico del 13 de noviembre contra la sala de concierto del Bataclán y terrazas de cafés parisinos.

Dista de ser exhaustiva esa lista de conmemoraciones que cobija desde hace tantos siglos Notre Dame, esa “gran nave de piedra blanca en la que podemos navegar fuera del tiempo”, como se refería a ella el escritor François Mauriac.

La historia de Notre Dame, construida en la Isla de la Cité –corazón histórico de la antigua Lutetia–, se pierde en la noche de los tiempos. Según las investigaciones arqueológicas mas recientes, en esa punta de la isla se levanta primero un templo pagano galo-romano que se convierte en iglesia paleocristiana en los siglos III y IV de nuestra era. Luego surge una catedral de estilo románico que acoge a los feligreses hasta el siglo XII.

No se conoce el nombre del arquitecto genial que a partir de 1160 empieza a concebir los planos atrevidos de la futura Notre Dame. Es la primera vez que alguien tiene la audacia de concebir una construcción tan gigantesca –122 metros de largo y 35 metros de altura–, de estilo “francés”, como se llama en ese entonces el estilo gótico.

En cambio, sí se conoce el nombre del obispo que decide realizar esa “locura arquitectónica”. Se llama Maurice de Sully y es de origen sumamente modesto: Su padre era leñador, y tras la viudez de su madre, ésta se volvió leñadora. Educado por monjes benedictinos, el joven campesino brilla por su inteligencia, sube todos los escalones de jerarquía religiosa, convirtiéndose en obispo de París en 1160, puesto que asumirá hasta 1196. Es también el hombre de confianza del rey Felipe Augusto, y luego de su hijo el rey Luis VII.

Los monarcas y el prelado comparten el mismo objetivo: Consolidar el papel de París –que cuenta sólo con 50 mil habitantes– como capital de Francia. Construir una catedral fuera de las normas les parece imprescindible para alcanzar esa meta.

Hasta donde se sabe, la primera piedra de Notre Dame se pone en abril de 1663 en presencia del Papa Alejandro III, pero sigue habiendo controversias al respecto entre historiadores. Lo seguro es que la capilla mayor se termina bajo el reino de Luis VII en 1177, y es consagrada por el legado pontificio el 19 de mayo de 1182 en presencia del rey Felipe Augusto.

Y sólo hacia 1245 se da por acabada la obra gruesa de la catedral, bajo el reino del muy piadoso Luis IX, canonizado en 1297, veintisiete años después de su muerte.

El futuro San Luis no espera el fin de la obra gruesa para “ofrecer” a Notre Dame, en 1239, la supuesta corona de espinas de Cristo que compra por una suma colosal al último emperador latino de Constantinopla. Con ese acto simbólico la catedral adquiere un estatus importante en toda la Europa de la Edad Media.

La Santa Corona y la Túnica de San Luis son, desde el siglo XIII, los tesoros sagrados de Notre Dame. El heroísmo de los bomberos que combaten las llamas al interior del edificio en la noche del 15 de abril logra salvarlos.

Considerada como terminada a mediados del siglo XIV, la catedral tiene una vida atormentada pero resiste a todos los malos vientos. Los peores momentos de su existencia, con excepción de la tragedia que acaba de vivir, se dan en el siglo XVIII a raiz de la Revolución francesa.

En 1793 se ordena la decapitación de las 28 estatuas de los reyes del antiguo testamento conocidos como Reyes de Judea e Israel que adornan su fachada, so pretexto de que estas esculturas representan en realidad a los reyes de Francia. Salvadas de una destrucción mayor, las cabezas reales están expuestas ahora en el Museo de Cluny dedicado a la Edad Media.

El 10 de noviembre del mismo año, a iniciativa de Maximilien de Robespierre, uno de los líderes de la Revolución, Notre Dame se convierte en Templo de la Razón y luego en centro del Culto al Ser Supremo. El caos posrevolucionario vuelve muy efímera esa nueva función. La catedral cae en el abandono y empieza a degradarse.

Tres hombres jóvenes la van a resucitar.

El primero es el cónsul vitalicio Napoleón Bonaparte, de 34 años, que le devuelve su fastuosidad religiosa al celebrar en ella el 2 de diciembre de 1804 su coronación como emperador de Francia y la de su esposa Josefina como emperadora en presencia del Papa Pío VII.

En esa oportunidad, un enjambre de decoradores transformaron la pobre catedral envejecida en una escena de teatro imperial, disimulando sus muros desgatados y sus columnas deterioradas debajo de tapicerías e inmensos paneles de falso mármol.

Desafortunadamente esa reaparición glamorosa de Notre Dame en la vida nacional es fugitiva. Napoleón la descuida, y después de la caída del imperio las nuevas autoridades galas no descartan la posibilidad de demolerla.

Interviene entonces su segundo salvador. Se llama Victor Hugo. Es un joven escritor de 23 años que desborda talento, energía y pasión por la Edad Media, al igual que los grandes novelistas del romanticismo a los cuales admira. En 1825 Hugo publica Sobre la destrucción de los monumentos de Francia, un explosivo panfleto en el que fustiga la destrucción sistemática del patrimonio arquitectural galo.

Exige:

“Hay que parar el martillo que mutila el rostro del país. ¡Basta con una ley para lograrlo! ¡Entonces que se promulgue esa ley!”

Insiste:

“Importan dos cosas en un edificio: su uso y su belleza. Su uso pertenece a su dueño, su belleza pertenece a todo el mundo, a ustedes, a mí, a nosotros.”

El impacto del texto es considerable sobre la opinión pública, pero sólo provoca reacciones mitigadas entre las autoridades políticas. Hugo reataca con un nuevo texto, Guerra a los destructores, publicado en la Revista de Los Dos Mundos, que también causa revuelo. Aunque es su novela Notre Dame de París la que va a devolver sus letras de nobleza a la catedral medieval e inscribirla para siempre en la conciencia colectiva gala, al tiempo que le asegura una notoriedad mundial.

Enfatiza Anne-Marie Thiesse, historiadora e investigadora del Centro Nacional de Investigación Científica (CNRS):

“En toda Europa se redescubre la Edad Media. En Francia ese redescubrimiento es a la vez estético y político. Hasta el fin del siglo XVIII se considera a la Edad Media como una época de tinieblas y de superstición. Pero a partir del romanticismo, en los años 1820, se procede a una rehabilitación de ese periodo histórico que es visto como un momento opuesto a la monarquía absoluta, en el que se valora el concepto de comunidad unida.”

Precisa la investigadora:

“En Notre Dame de París, novela publicada en 1831, Victor Hugo crea la imagen de un pueblo de París integrado por gentes de todos los medios sociales, estudiantes, burgueses, marginados como Esmeralda y Cuasimodo, reprobados pero que logran reintegrarse en la sociedad. El escritor dice a su público: ‘Los voy a hundir en una comunidad nacional. Vamos a salir juntos al reencuentro de ese pasado vivo que también es un pasado apasionante y es nuestro pasado. Es nuestro espejo. Es nosotros.’ El romanticismo introduce en Francia la idea de que existe una comunidad nacional.”

El éxito de la novela es fenomenal, y no sólo acelera la resurrección de Notre Dame, sino que la convierte en personaje principal de la novela dándole vida propia. Notre Dame se vuelve mito.

En 1834, la monarquía constitucional que gobierna Francia crea el cargo de Inspector General de los Monumentos Históricos que asume Prosper Mérimée, arqueólogo, historiador y escritor. Mérimée es el autor de Carmen, que inspira al compositor Georges Bizet la famosa ópera epónima.

Es bajo su mando que en 1843 se inician las primeras obras de restauración de Notre Dame, y es a su lado cuando aparece su tercer “salvador”. Se llama Eugène Viollet-Leduc, arquitecto de 29 años, quien se lanza con pasión a la tarea titánica que va a durar dos décadas y costará al Estado el equivalente a 14 millones de euros.

Al igual que Hugo y Mérimée, Viollet-Leduc es un amante incondicional de la arquitectura medieval, tema que domina muy bien. Conoce todos los materiales, las técnicas de construcción y el estilo de la Edad Media. Rehusa utilizar materiales modernos como el hierro para su trabajo. Exige que la mayoría de los artesanos que trabajan con él se instalen al pie de la catedral, como se solía hacer en los siglos XII y XIII.

El arquitecto emprende largas investigaciones históricas y arqueológicas para tratar de redescubrir el rostro original de Notre Dame. No lo logra siempre. Entonces toma la iniciativa de compensar esas lagunas copiando detalles o esculturas que observa en otras catedrales o creando sus propias obras. Inventa así una cuarentena de gárgolas y quimeras para decorar las partes exteriores altas de la catedral, inspirándose en la iconografía medieval. Se toma la libertad de instalar dos grandes estatuas de Adán y Eva al nivel del segundo piso de la fachada.

Pero su aporte mayor es la aguja de 93 metros que manda construir en 1860 para remplazar una mucho menos alta, construida en 1250, pero desmontada entre 1786 y 1792 porque amenazaba con caerse.

Fiel a las tradiciones de construcción medieval, Viollet-Leduc exige que se haga un gigantesco armazón de madera de 500 toneladas que cubre con 250 toneladas de plomo. La aguja domina 16 inmensas estatuas de cobre que representan los doce apóstoles y los cuatro evangelistas. Uno de los primeros, Santo Tomás, tiene los rasgos del mismo Viollet-Leduc.

En la mera cima de la aguja se alza un orgulloso gallo de cobre que alberga tres “tesoros” de importancia simbólica capital para los católicos: una espinita de la Santa Corona, una reliquia de San Denis y otra de Santa Genoveva, protectora de París.

La imagen de la aguja incandescente derrumbándose sobre la nave de Notre Dame rompió el corazon del mundo entero el pasado 15 de abril a las ocho de la noche.

Por increíble que eso parezca –hay quienes hablan de un milagro–, se salvó el gallo que todo el mundo daba por irremediablemente fundido. La escultura se desprendió de la cima de la aguja y cayó en un camino de ronda preservado del incendio. Está tan abollado que los expertos no logran abrirlo, y aún no se conoce el estado de las sagradas reliquias que alberga.

En cuanto a los santos y los evangelistas de cobre, se encuentran a salvo en un taller especializado de Perigueux, en el sur de Francia. Cuatro días antes de la tragedia fueron sacados por helicóptero de la base de la aguja que ocupaban desde hace siglo y medio, para ser reparados… ¿Otro milagro?

Los trabajos de restauración de Notre Dame acaban el 3 de enero de 1865 en medio de muchas polémicas que amargan a Viollet-Leduc, hasta su muerte en 1879. Se le reprochan anacronismos, mutilaciones, libertades o exceso de purismo medieval.

Sea como sea, la catedral que renace gracias a su empeño y a su dedicación es la “inmensa sinfonía de piedra” que celebra Víctor Hugo y que desde hace 153 años atraía a millones de admiradores de todos los horizontes.

“Si vienes del infierno, pues voy contigo. El infierno donde estarás será mi paraíso. Para mí tu imagen es más adorable que la de Dios…”

Esa declaración de amor de Victor Hugo a Notre Dame suena tan conmovedora en estos días tristes.

Ahora apenas empiezan las investigaciones de los expertos entre los vestigios calcinados de la catedral. Luego empezará su larga restauración. El presidente Macron asegura que recobrará vida en cinco años…

Este texto se publicó el 21 de abril de 2019 en la edición 2216 de la revista Proceso

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