Elecciones 2019: las viejas formas de… Morena

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Dicho con frecuencia, hasta convertirse en lugar común, en Morena no sólo hay expriistas, sino una cultura política heredada que suele expresarse en coyunturas propicias a la polémica, sin que hasta ahora tenga mayor consecuencia, pues el partido tiene a su favor el bono electoral del presidente Andrés Manuel López Obrador.

Con las elecciones que se celebrarán el próximo 2 de junio en siete entidades, entre las que destacan Baja California y Puebla (por elegir gobernador), la reedición de fórmulas de control quedó expuesta. Se trata de la simulación democrática interna –más o menos inherente a todas las fuerzas políticas– en el partido a cuya dirigencia se aferra Yeidckol Polevnsky.

Todos los estudios de opinión anticipan una victoria incuestionable para Morena en el caso de esas dos gubernaturas, además de muy buenas posibilidades en Aguascalientes, Durango, Tamaulipas y Quintana Roo, todas en manos del Partido Acción Nacional (PAN), que se convierte desde ya en el gran perdedor de 2019, con el PRI en franco deterioro y a punto de perder registro local en Baja California, como el Partido de la Revolución Democrática (PRD) lo perderá no ahí, pero sí en otras entidades.

Ese posicionamiento electoral no exime a Morena de sus malas prácticas, sus procesos antidemocráticos y la adopción de mecanismos que a la larga terminaron pesando en sus vapuleados opositores hasta reducirlos a su actual condición.

Un primer factor de deterioro para las primeras derrotas del PRI, por ejemplo, fue la imposición presidencial o centralista de candidatos a los gobiernos estatales, exactamente como Morena ocurrió en Baja California y Puebla con Morena.

En ambas entidades, la opacidad de su proceso de selección, la siempre desconfiable encuesta secreta que sólo Polevnsky y sus cercanos conocen, provocaron la inconformidad de Alejandro Armenta en Puebla y la primera escisión en Baja California, luego de que la propia dirigente nacional viajara el extremo noroeste del país a insultar a un inconforme Jaime Martínez Veloz, quien terminó abanderado por el PRD.

Había razones para la inconformidad, más allá del procedimiento de selección de candidatos, que en Morena no fueron tomadas en cuenta más que para hacer una apología irracional de los respectivos ungidos.

Sobre Jaime Bonilla, en Baja California, pesan los señalamientos por su desempeño como funcionario en California, su filiación al Partido Republicano y algunas irregularidades expuestas en Estados Unidos, donde sus registros muestran actividades hasta 2016, año para el que, ha dicho falsamente, ya había renunciado a su activismo político del otro lado de la frontera.

Respecto a Miguel Barbosa en Puebla, la incorreción política de apuntar a su estado de salud (tema que, sin embargo, debería ser objeto de transparencia en procesos electorales) fue considerada bajeza, eludiendo que fue hombre clave del Pacto por México como senador perredista, es decir, impulsor de la serie de reformas que tanto ha fustigado López Obrador. Una incongruencia resultante de las redenciones morenistas.

Ya candidatos, con Armenta conforme y Martínez Veloz excluido, las campañas transcurrieron con prácticas priistas: Barbosa y Bonilla rechazaron, respectivamente, acudir a los debates organizados por las autoridades electorales, exactamente igual que como hacían los priistas cuando se sentían en ventaja y renegando así del añejo reclamo de la oposición de antaño.

El 2 de junio Morena va a ganar desplomando al PAN y confinando al PRI a la irrelevancia, cuando no a la extinción. Pero su futuro depende, entre otros factores, de la capacidad para representar una opción democrática y moderna.

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