El centenario de la Bauhaus

La sede de la Bauhaus. Foto: Tomada de bauhaus-dessau.de La sede de la Bauhaus. Foto: Tomada de bauhaus-dessau.de

BERLÍN (proceso.com.mx).- “Aquí uno aprende a jugar de nuevo como un niño, uno aprende a sacar todo el provecho de las cualidades de un material que nunca antes se ha conocido (…)  y después, todo está permitido para su presentación: hasta usar excreciones. Sólo una cosa es prohibida: ser estúpido”.

Así describía en 1931 el joven estudiante alemán Hans Kessler las actividades de la escuela de arte y diseño en la que se había matriculado ese año, luego de abandonar sus estudios en la Escuela Superior Técnica de Stuttgart.

Kessler fue uno de los apenas mil 253 estudiantes que pasaron por los talleres de la legendaria escuela estatal de arte y diseño Bauhaus, fundada en 1919 por el arquitecto Walter Gropius en la ciudad alemana de Weimar.

El arquitecto Walter Gropius. Foto: Tomada de www.bauhaus-dessau.de
El arquitecto Walter Gropius. Foto: Tomada de www.bauhaus-dessau.de

Y aunque su existencia se limitó a sólo 14 años, con tres sedes y dos cambios en su dirección -pues al llegar al poder los nazis  la truncaron-, la institución logró en ese corto periodo convertirse en un hito en el mundo del diseño, del arte, de la arquitectura y también en la historia misma: con su ideario de crear al nuevo hombre del futuro, la Bauhaus revolucionó, rompió con los moldes establecidos en la época, retó a una sociedad conservadora y apostó por hacer realidad la utopía de una generación.

Gropius y los artistas vanguardistas que lo acompañaron en tal empresa no imaginaron que al dejar a un lado la enseñanza convencional y volver a los  talleres de oficios artesanales crearían conceptos y profesiones hasta entonces inexistentes como el diseño industrial, el de interiores, la arquitectura moderna y el mismo concepto de diseñador.

Incomprendidos en su momento, ahora, cien años después, Alemania celebra a lo largo y ancho de su territorio a los maestros y alumnos que dieron vida a la Bauhaus, uno de los mayores y más importantes inventos alemanes del siglo XX, según los propios teutones.

México, de forma indirecta, no queda al margen del tema. El país sirvió durante diez años como refugio para uno de sus principales representantes, el arquitecto suizo y segundo director de la Bauhaus, Hannes Mayer y su esposa, la también Bauhäusler (como se conocía a los integrantes de esta escuela) y diseñadora de textiles alemana, Lena Meyer-Bergner.

El origen

El año 1919 representó un parteaguas para Alemania. La Primera Guerra Mundial había mermado su población en cerca de dos millones de personas y a los muertos se sumaban cientos de miles de víctimas con heridas físicas y psicológicas. Tras la derrota, la psique colectiva se aferraba a la idea de un cambio que trajera un futuro más halagador para todos.

Con la recién proclamada República de Weimar -que casualmente también duró sólo 14 años y cuya constitución se firmó a sólo unos pasos del lugar donde la Bauhaus se fundó- llegaron cambios radicales, como el derecho al voto para las mujeres y a ser elegidas.

Las ganas de vivir y disfrutar se desbordaban en las grandes ciudades, como Berlín, cuya vida nocturna desenfrenada en la década de los veintes fue mítica.

Bajo ese contexto nació la Bauhaus. El visionario Walter Gropius se planteó crear una escuela experimental cuyo ambicioso objetivo era romper la frontera entre la artesanía, el arte y la tecnología para dar origen a una nueva forma de arte funcional. Su idea era la de unificar artistas y artesanos para generar objetos estéticos pero funcionales.

Pero no sólo eso. El proyecto de Gropius, quien además había pasado cuatro años en el frente de guerra, iba más allá: buscaba cambiar el mundo de forma radical, en el que hombres y mujeres trabajaran juntos dentro de una gran comunidad.

“En la época caótica posterior a la Primera Guerra Mundial mucha gente no tenía claro cómo debería ser el futuro. Sólo sabían algo: la vida debía ser diferente para poder construir algo fundamentalmente nuevo. En abril de 1919 Gropius escribe el Manifiesto de su escuela, la Bauhaus. Finalmente alguien tenía una idea clara sobre el futuro, sobre el arte y sobre la sociedad. Gropius sabía que el nuevo mundo sólo podía ser construido por hombres que experimentaran una nueva forma de educación”, señala el historiador del arte alemán Boris Friedewald en su libro Bauhaus.

Y sí. En su Manifiesto Gropius hacía un claro llamado a la formación de un mundo nuevo: “Arquitectos, escultores, pintores, volvamos todos al oficio artesanal. (…) Formemos un nuevo gremio de artesanos sin las pretensiones clasistas que construyen el muro de separación entre artesanos y artistas. Deseemos, proyectemos y logremos juntos la nueva obra del futuro que aglutinará todo en una unidad: arquitectura, escultura, pintura”.

Y para lograr todo aquello se rodeó de un grupo de artistas vanguardistas como el pintor y grafista alemán Paul Klee; el pintor y teórico del arte ruso Vassily Kandinsky; el pintor, escultor y escenógrafo alemán, Oskar Schlemmer; el pintor y grafista alemán Georg Muche y el pintor y teórico del arte suizo Johannes Itten, entre otros.

El mensaje y oferta formativa de Gropius atrajo a numerosos jóvenes dentro y fuera de Alemania quienes justamente se encontraban en la búsqueda de un cambio y con deseos de crear cosas nuevas.

El novedoso plan de estudios de la Bauhaus rompía con el de la academia clásica. La idea de volver a los talleres artesanales era literal y la formación daba inicio con un innovador curso preliminar -posteriormente retomado por escuelas de todo el mundo- que buscaba eliminar ideas preconcebidas y sentar las bases para que los estudiantes pudieran desarrollar su potencial creativo.

“Desde un principio Gropius se dio cuenta que muchos estudiantes no estaban en situación de lograr algo radicalmente nuevo dentro su formación al traer consigo ideas preconcebidas. Por ello, creó el denominado curso preliminar obligatorio para todos los alumnos que tenía como objetivo despertar el potencial creativo de los jóvenes y liberarlos de cualquier estilo artístico tradicional”, refiere Friedewald en su libro.

En un principio la Bauhaus comenzó con sólo cuatro talleres: el de herrería de oro, plata y cobre, que más tarde sería sólo del de metales; el de encuadernación, otro de impresión gráfica y uno más de tejido. El siguiente año, 1920, se agregarían los de cerámica, vitrales, muralismo y escultura en madera y roca y a partir de 1921 los estudiantes también tendrían la posibilidad de formarse en un taller de carpintería y otro de dramaturgia. Llama la atención que, a pesar de ser la profesión de su fundador, no existiera en una primera fase un taller propiamente dedicado a la arquitectura, el cual se constituiría formalmente en 1927.

La sede de la Bauhaus en Dessau. Foto: Tomada de /www.bauhaus-dessau.de
La sede de la Bauhaus en Dessau. Foto: Tomada de /www.bauhaus-dessau.de

Pero la idea de Gropius no se limitaba a innovar educando dentro de los talleres artesanales. Buscaba una educación humana integral que desarrollara el carácter de sus pupilos. Deseaba formar estudiantes activos y participativos que hombro a hombro con los maestros formaran una comunidad Bauhaus. Y así lo describió él mismo con posterioridad: “Vinieron jóvenes provenientes de Alemania y otras partes del mundo no sólo a diseñar lámparas correctas, sino a formar parte de una comunidad que buscaba crear un nuevo hombre en un entorno también nuevo que buscaba liberar la espontaneidad creativa de cada uno”.

Eso se tradujo en que los Bauhäusler encontraron en la Bauhaus no sólo la posibilidad de desarrollar al máximo su creatividad sino también un estilo de vida.

Una forma de vida

Hasta Weimar llegaron semestre tras semestre decenas de jóvenes impetuosos, quienes dentro de sus diferencias naturales compartían un común denominador: un espíritu aventurero, regocijado ante la libertad no antes experimentada. Pero compartían también una realidad un tanto adversa: una pobreza generalizada que los mantenía literalmente con hambre permanente y una agitación política que se esparcía por todo el país.

Según relata Friedewald en su obra, muchos estudiantes no tenían ni siquiera un lugar donde dormir. Lo hacían en los parques públicos, como el joven Otto Umbehr, quien con los años se convertiría en el reconocido fotoperiodista Umbo. En un inicio, la escuela tampoco contaba ni con sillas ni bancas y los estudiantes tenían que trabajar en el piso con los materiales que tampoco abundaban.

La apariencia física de los jóvenes tampoco era la tradicional, en parte por la falta de recursos, en parte por su carácter excéntrico. Las fotos de la época retratan hombres con pelo largo, alborotado y chicas sin medias –impensable para la época– con cortes de cabello masculino, a lo garçon. Fachosos, mezclaban ropa de ambos sexos y disfrutaban de baños colectivos en absoluta desnudez en los lagos.

Mención aparte merecen las grandes fiestas que tuvieron lugar en la Bauhaus. A propósito de cada inicio de estación se preparaban durante semanas las celebraciones temáticas que se hicieron legendarias: la fiesta de faroles (Laternefest) en primavera, la fiesta del solsticio (Sonnenwend) en verano, la de los cometas en otoño, la de navidad en invierno, la del “príncipe de plata” con motivo del cumpleaños de Gropius en mayo y muchas más, cuyo pretexto podía ser simplemente la terminación de alguna obra. La creatividad de los estudiantes se dejaba ver en los extravagantes y raros disfraces que para tal motivo preparaban.

Pronto, el carácter abierto de la Bauhaus comenzó a escandalizar a la conservadora sociedad de Weimar, en donde –como en muchas regiones de la provincia alemana– aún prevalecían arraigadas las estructuras del imperio.  Así, llegaron no pocas denuncias de ciudadanos por faltas a la moral y escándalos públicos en contra de los Bauhäusler. En la ciudad, cuna de Goethe y Schiller, se extendió incluso una frase que los padres usaban en contra de los niños mal portados: “Te irás a la Bauhaus”.

Iconos

Pero no todo era fiesta en la famosa escuela alemana de arte y diseño. Las jornadas de trabajo de más de ocho horas al día rendían frutos y pronto comenzó a extenderse la fama del instituto más allá de Alemania.

En 1923 se presentó al público por primera vez el trabajo de la polémica institución. Se trató que una exposición que incluía el diseño y construcción de una casa, das Haus am Horn, con todo su mobiliario. Era el prototipo de la casa moderna del futuro y fue un éxito. El diseño industrial había nacido.

Como iconos de la Bauhaus que trascendieron los años se consideran los productos de acero de Marianne Brandt, los muebles y juegos de madera geométricos de Alma Buscher que hasta el día de hoy se siguen produciendo, los tapices y textiles del taller liderado por Gunta Stölzl. Y diseños individuales como la lámpara Bauhaus de Wilhelm Wagenfeld, la cuna de Peter Keler, los tapetes de Anni Albers y la silla Vassily de Marcel Breuer, cuyas reproducciones se siguen vendiendo hasta hoy a precios no accesibles a todo mundo.

En la arquitectura, la revolución fue total. El mundo presenció inéditos: estructuras cúbicas y asimétricas en las que reinaba el color blanco, sin adornos, techos planos, y grandes ventanales construidos con materiales innovadores para la época como el concreto armado y vidrio. Ejemplos típicos de ello son la Haus am Horn y el edificio sede de la Bauhaus en la ciudad de Dessau, diseñados por Gropius.

El estilo Bauhaus se extendió por todo el mundo. Una de las ciudades representativas con amplia arquitectura de este tipo es Tel Aviv. En México, la casa estudio Diego Rivera, diseñada por el arquitecto Juan O’Gorman, es un otro ejemplo de este estilo.

Pero el desafío a los estándares tradicionales abarcó diversos campos y alcanzo a la escritura. De pronto, las cartas y documentos oficiales de la escuela fueron escritos en una tipografía nueva creada por el diseñador Herbert Bayer: clara, geométrica, minimalista y, lo más llamativo, que sólo se escribía en minúsculas. La explicación de esa peculiar característica la daba la propia escuela: “Escribimos así porque en el uso lingüístico no es consecuente escribir de manera distinta a como se habla. No hablamos con sonidos mayúsculos, así que tampoco los escribimos”.

Avanzada para su tiempo

A pesar de acaparar la mirada internacional con sus creaciones radicales, la Bauhaus comenzó a ser cada vez más ajena y lejana al pensamiento de la conservadora ciudad que la alojaba, Weimar. Al triunfar en las elecciones locales de Thuringia en 1924, los conservadores comenzaron a presionar para cerrar la institución hasta que lograron que el gobierno local rescindiera en contrato de Gropius como su director a partir de 1925.

Sin embargo, una afortunada oferta apareció en ese momento: la ciudad de Dessau, en Sajonia Anhalt, propuso la continuidad del proyecto de Gropius en su territorio y en abril de 1925 la Bauhaus cambió de sede y se refundó bajo el lema “arte y técnica en una nueva unidad”.

Pero al igual que en Weimar, pronto comenzaron las hostilidades en contra del grupo de artistas vanguardistas y en febrero de 1928 Walter Gropius decidió dejar la dirección de la escuela. El cargo vacante fue ocupado entonces por el arquitecto y maestro suizo de la Bauhaus Hannes Mayer. Con éste comenzó una nueva etapa cuyo principio fue crear para satisfacer las necesidades del pueblo y no de la burguesía. Había que poner el arte y su funcionalidad al alcance de todos.

Al comulgar con el comunismo, Mayer se convirtió pronto en el siguiente objetivo de los grupos conservadores y de la cada vez más creciente ola nacionalsocialista. En agosto de 1930 fue despedido por motivos políticos y su sucesor fue el también arquitecto Ludwig Mies van der Rohe.

A pesar de que éste intentó despolitizar a la Bauhaus y ubicarla de nuevo en los rieles de la academia tradicional, el partido Nacionalsocialista, convertido en el de mayor fuerza política, presionó hasta que el cabildo de Dessau cerró definitivamente la escuela.

Van der Rohe decidió entonces en octubre de 1932 mudar la escuela a la capital alemana, Berlín. Pero con los nazis en el poder su existencia se hizo imposible y la Bauhaus cerró sus puertas definitivamente en julio de 1933.

Hannes Meyer en México

Con Hitler en el poder, los postulados de la escuela de diseño y arte no tuvieron más cabida en Alemania. Los dos directores Gropius y Mies van der Rohe, junto con algunos otros maestros y estudiantes, emigraron a Estados Unidos en donde lograron tener influencia y propagar las ideas de la Bauhaus.

En tanto, el tercer director, Meyer, luego de pasar algunos años en Rusia, llegó en junio de 1939 a México junto con su esposa, la diseñadora de textiles Lena Meyer-Bergner, invitado por el gobierno de Lázaro Cárdenas para dirigir los cursos de planeación y urbanismo de la Escuela Superior de Ingeniería y Arquitectura del Politécnico.

Y aunque su estadía se prolongó por diez años, llama la atención que Meyer no haya dejado una huella arquitectónica profunda en el país.

“Él y su mujer llegaron invitados por Cárdenas pero tuvieron mala suerte porque una vez que concluyó el sexenio quedaron marginados al privar una nueva tendencia política en el país. Parece increíble que en diez años que vivió en México, el maestro y director de la Bauhaus no haya construido ni una casa en México”, señala en entrevista la historiadora del arte alemana Helga Prignitz, quien como parte de su tesis doctoral siguió los pasos de Meyer en México.

De acuerdo con la también curadora de arte, al ver limitadas sus posibilidades de desarrollo en el campo arquitectónico mexicano, Meyer buscó otros espacios. Fue el Taller de Gráfica Popular (TGP) el que le abrió sus puertas y en el que el Bauhäusler dejó huella profunda.

Como miembro del exilio alemán en México, Meyer coordinó y diseñó la edición del Libro Negro del terror nazi en Europa, que pretendía explicar a los mexicanos lo que el régimen de Hitler había hecho. Para ello invitó a miembros del TGP para que realizaran las ilustraciones.

“El diseño de este libro, que es muy valioso, es absolutamente Bauhaus y fue el enlace para que después Meyer dirigiera, con mucho éxito, la editorial del TGP la Estampa Mexicana”, explica Prignitz.

Así, en las ediciones de la Estampa Mexicana quedó también plasmada la influencia de la Bauhaus. Tanto Meyer como Bergner participaron en los diseños de muchas de ellas, en especial en la edición del libro conmemorativo por los 12 años de la fundación del TGP.

En 1949 Meyer volvió a Europa. Los postulados de la Bauhaus, siguieron transmitiéndose gracias a los Bauhäusler que emigraron. Otros muchos, por su origen o ideología, murieron en los campos de concentración nazi.

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