Faldas y pantalones

El pasado 3 de junio la jefa de gobierno de la CDMX, Claudia Sheinbaum, anunció que niños y niñas podrán usar pantalón o falda como parte de la igualdad. Foto: Faccebook Claudia Sheinbaum El pasado 3 de junio la jefa de gobierno de la CDMX, Claudia Sheinbaum, anunció que niños y niñas podrán usar pantalón o falda como parte de la igualdad. Foto: Faccebook Claudia Sheinbaum

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Cuando necesitamos ir al baño en un lugar que no es nuestro hogar –una oficina, un restaurante, un hospital– identificamos cuál es el espacio que nos corresponde si la figura representada en la puerta viste falda o viste pantalón. Esas prendas de ropa se han convertido en el marcador más común para aludir a las mujeres y a los hombres. Cuando las criaturas son bebés, el marcador de sexo suele ser el color –rosa o azul– y cuando un bebé va envuelto en amarillo o verde, la pregunta invariable es la de “¿es niña o niño?”. Los seres humanos simbolizan de muchas formas la diferencia sexual, y adjudican significados de maneras arbitrarias, que cambian con el tiempo: hoy el rosa es el color de las niñas pero fue el color de los varones en la Europa del siglo XIX.

La simbolización de la diferencia sexual también otorga ciertas atribuciones y características a la conducta de los seres humanos. En cada cultura ciertas cuestiones y signos se toman como “lo propio” de los hombres (por ejemplo, el azul y los pantalones) y como “lo propio” de las mujeres (por ejemplo el rosa y las faldas).

A lo largo de los últimos siglos las mujeres han luchado para que ciertas cuestiones sustantivas dejen de ser consideradas “masculinas” y se reconozcan como “humanas”: estudiar, votar, gobernar. Y, en paralelo, también han luchado por transformar la vestimenta femenina. La batalla por el derecho a usar pantalones no fue fácil, como bien relata Christine Bard en su libro Historia política del pantalón. Los conservadores pronosticaron la debacle social por esa “masculinización” de las mujeres, y en ciertos espacios se prohibió la entrada a mujeres que llevaran pantalones. Aunque todavía ciertos protocolos exigen que las mujeres vayan de falda, la generalización del uso de pantalón ya ha invadido todas las esferas sociales y las jóvenes de hoy ni siquiera imaginan lo que supuso esa transgresión indumentaria.

El reciente escándalo provocado por un comentario de Claudia Sheinbaum acerca del uso indistinto del uniforme escolar ha vuelto a poner en la mira de la atención pública los significados que se dan a usar falda o pantalón. Al proponer que los estudiantes de las escuelas públicas de la Ciudad de México pudieran ir vestidos como quisieran, nuestra Jefa de Gobierno remediaba una lamentable situación: las niñas obligadas a asistir con falda no juegan con la misma libertad que sus compañeros, y es triste verlas sentadas a la hora del recreo cuidándose de que no se “les vean los calzones” si brincotean. Permitir que las chicas asistan en pantalones es una clara medida antidiscriminatoria, pero el escándalo sobrevino cuando al responder una pregunta sobre si los niños podrían ir de falda, Sheinbaum respondió ¡adelante!

La tergiversación de la propuesta antidiscriminatoria ha sido impresionante. Hubo incluso periodistas que atacaron a la Jefa de Gobierno gritando “¡Con los niños no te metas!” Fue tal el revuelo que el Secretario de Educación salió a calmar los ánimos señalando que la regla era sólo para que las niñas pudieran ir en pantalones, pero no para que los niños usaran falda. ¡Qué pena que Esteban Moctezuma perdió una gran oportunidad para debatir acerca de las creencias respecto al género!

¿Usar falda vuelve “femenino” a un varón? ¿La ropa determina la orientación sexual? Lo que nos vuelve “mujeres” a las hembras humanas y lo que convierte en “hombres” a los machos humanos es un complejo proceso psíquico y cultural, y la ropa en sí misma es un simple marcador que no afecta mayormente la identidad ni produce homosexualidad, como lo demuestra la cantidad de mujeres “femeninas” y heterosexuales que hoy usan pantalón.

Era muy improbable que, a partir de la flexibilidad planteada por el gobierno de la CDMX, miles de varoncitos hubieran querido ir vestidos con falda, y menos aún que en sus casas se les hubiera permitido hacerlo. Sin embargo, la propuesta movió rancios prejuicios, la mayoría homófobos. Aunque las mujeres ya han “desmasculinizado” el uso del pantalón, todavía esa prenda es un signo del hombre, y en la reacción negativa a que un niño se ponga falda subyace un temor a que se “feminice”, incluso a que se vuelva homosexual.

Los problemas de transgresión y de atipicidad identitaria suelen crear muchos conflictos, y sufrimiento. Me parece importante no dejar de lado que hoy, en la CDMX, sí hay niños que están librando sus propias batallas con sus padres en torno a asumir una identidad de género femenina. Aunque se trata de un problema distinto del de los uniformes, ya existe suficiente evidencia acerca del alto costo que tiene prohibirles que sean congruentes con su deseo. Hay chicos que cuando viven la experiencia de vestirse con ropa de niña, después de un tiempo deja de interesarles; a otros no, pero para entender qué significa una demanda de un niño de usar falda habría que escucharlo y analizar qué hay en ese deseo. Si hoy un chavito llegara con falda a la escuela causaría una inmensa inquietud, pero obligaría a sus maestros y compañeros a reflexionar acerca de si la ropa determina la masculinidad o la orientación sexual. Esto me recuerda que los únicos hombres que no causan escándalo por usar falda son los curas. Habrá que darle una pensada a qué significa eso.

Este análisis se publicó el 23 de junio de 2019 enla edición 2225 de la revista Proceso

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