Niña Valeria y papá, ahogados: naufragio nacional

Los cuerpos de Oscar Alberto y su hija fueron descubiertos a la orilla del río Bravo. Foto: AP / Julia Le Duc Los cuerpos de Oscar Alberto y su hija fueron descubiertos a la orilla del río Bravo. Foto: AP / Julia Le Duc

CIUDAD DE MÉXICO (Apro).- El mundo y la parte demócrata norteamericana, conmocionados por la imagen de Valeria y su padre muertos en el río, en tanto México, país de los hechos, en babia, con la cabeza baja, sin salir aún de su infancia, entretenido con juguetitos nuevos, salvo excepciones. Una vergüenza que duele, que cala, hondo.

Todo es hoy política y sólo eso, y, así, el sujeto humano de carne y hueso ha sido borrado del horizonte, aniquilado, junto con sociedad, cultura, arte, ciencia, vida plena, auténtica, con salvedades. Frido Aliotti Kyan, habla simbólicamente de ello, de Valeria, la pequeña migrante y de su padre, ahogados en el río Bravo, con Edith Stein, una inteligencia sobresaliente del siglo XX, alumna predilecta del filósofo Husserl, en la Universidad de Göttingen, judía, conversa al catolicismo, y en 1942, mártir, víctima del nazismo en Auschwitz.

Frido: Hay un tiempo para reír y un tiempo para llorar, dice el Eclesiastés; el de hoy es uno para llorar. Y el que ahora ríe indiferente ante esta tragedia humana, es un maldito. Bienvenida Edith.

Una honra especialísima, hablar contigo, defensora de la conciencia objetiva de la verdad, de la persona humana íntegra, cuerpo y espíritu, de su vocación abierta al tú y al nosotros, en el tiempo bestial del racismo nazi, que hoy renace como odio al migrante forzado a cruzar ríos. Me abruma hacerlo pues sé de tu martirio y de tu abismal conocimiento de la naturaleza humana, para ti como para Agustín de Hipona, “imagen Trinitaria”, grabada en la entraña misma del hombre. ¿Cómo entiendes tú la filosofía, para comenzar?

Edith Stein: Lo esencial, lo inherente a toda labor filosófica: “la verdad es una, pero se descompone para nosotros en muchas verdades que debemos conquistar una tras otra. Profundizar en una de ellas nos hará ver más lejos, y cuando descubramos un horizonte más vasto, percibiremos también desde nuestro punto de partida una nueva profundidad”. Esa posibilidad de una verdad absoluta, de una conciencia objetiva de la realidad, me hicieron afecta a la fenomenología primigenia que a tantas mentes atrajo como al primer Max Scheler, por ejemplo.

Frido: Sin esa conciencia clara de verdad, toda obligación, toda exigencia moral deviene hipotética, condicionada a la voluntad humana, al deseo inconstante, al capricho.

Edith Stein: Cierto, Sin ella, sin esa conciencia objetiva, finalmente todo se vale, hasta matar a Dios según el anuncio de Nietzsche, hasta matar al hombre, al sujeto humano en consecuencia, conforme al dicho de Foucault.

Frido: Y ya que mencionas a Foucault, ¿por qué crees que él y otros enemigos postmodernos de la metafísica perenne, base de toda ética verdadera, han disuelto con sus postulados, a la verdad y al sujeto, como intentó hacerlo el marxismo?

Edith Stein: Pues porque ellos se rebelaron contra el ser, contra el tránsito inapelable de lo finito a lo Infinito. Contra todos los valores occidentales, desvirtuados por la modernidad y su  razón ensoberbecida, contra el individuo ensimismado y ciego al tú, al nosotros, contra la libertad del individualismo liberal que en realidad es libertinaje.

Pero al hacerlo sin distingos, rompiendo con toda la tradición filosófica occidental, disolvieron toda verdad, toda razón y todo sujeto. Al eliminar con sus ideas la cizaña racionalista, acabaron también con el trigo bueno, consciente o inconscientemente. La buena filosofía demanda los distingos y tomar en cuenta la duración en la historia de las ideas, porque la realidad es compleja y el tiempo infragmentable -intuido por Bergson-.

Ellos son deudores de Federico Nietzsche, para quien, entre otras cosas, el ser humano carece de un yo que lo identifique al ser siempre éste una mera interpretación ininterrumpida, no una personalidad substancial, única e irrepetible. En realidad, si no hay sujeto sustentador, la libertad genuina carece de sentido. La crítica a la razón ensoberbecida es certera, pero la falsedad radica en su negar toda razón.

Frido: Entonces, disuelta la verdad, la razón, y aniquilado el sujeto al carecer de potente identidad, el hombre de carne y hueso, espíritu encarnado, queda impotente frente al mundo, sin arraigo, sin raíz, sin tradición, al abrigo al final de cuentas del Estado, de la política que todo lo ha absorbido. Impotencia, desarraigo, marginalidad, autismo social, signos de la postmodernidad. Los críticos de la modernidad querían liberar al hombre del poder, pero ¿qué resultó de su filosofía disolvente de lo esencial?

Edith Stein: Indefenso el ser humano, sin fundamento incondicionado, dinamitada su personalidad esencial, su sociabilidad natural, el poder se lo ha tragado como sabroso bocado, lo ha absorbido en su totalidad. La soberanía política ha silenciado a la soberanía de la persona y de la sociedad, con sus instituciones libres, desde la familia hasta los cuerpos intermedios.

Frido: En México hablando de ello, en el contexto del bilateral acuerdo migratorio, predomina el silencio filisteo, acobardado, el autismo -idiotismo- político colectivo. Rompen el silencio, el zapatismo y sus aliados, organizaciones defensoras de migrantes, indígenas y mestizos del pueblo que exigen búsqueda de desaparecidos, respeto a su tierra, agua y ambiente; hablan los medios libres como Proceso (en contraste como regla, televisión y radio plagadas de propaganda oficial); y también se expresan, aisladas pero significativas, voces de ciudadanos valientes que resisten.

La universidad, las escuelas de derecho, los colegios nacionales, la Jerarquía, mudos, sepultados en banalidades: por la patria ya no habla el espíritu, casi muerto. En el mundo por fortuna, comienza a despertar el sujeto, como en la República Checa hace unos días.

Edith Stein: Sin familia natural, sin instituciones intermedias, sin sujeto libre, portador de la dignidad humana, los límites del poder se esfuman, y éste se convierte en fin -enamorado de sí mismo-, que disgrega para controlar todo, en lugar de unir, en lugar de organizar la libertad para que el ciudadano brille y desarrolle todas sus facultades.

Y lo único que le queda al ser humano desvencijado, es parecer lo que desea, no ser lo que es. Deseo no inteligente, capricho: si desea ser hormiga, entonces, se siente y considera hormiga o gusano, y el Estado le da todas las facilidades para que así se sienta, y se olvide insensato, de la justicia elemental.

Frido: Qué grave y desalentadora situación. Pero dime, para ti Edith, dada esta circunstancia sombría, ¿hay o no un sujeto humano?

Edith Stein: Mira Frido, “yo siento mi alegrí¬a y empatizando percibo la de los otros y veo: es la misma. (…), Igual les puede suceder a los demás y enriquecernos empatizando nuestros sentimientos y nosotros sentir ahora otra alegrí¬a que ‘yo’ y ‘tú’ y ‘él’ aisladamente. Pero ‘yo’ y ‘tú’ y ‘él’ permanecen contenidos en el ‘nosotros’, ningún ‘yo’, sino un ‘nosotros’ es el sujeto de la empatía”.

De esa manera, el hombre es sujeto, no un sujeto abstracto a lo Kant, no el sujeto egoísta del individualismo, sino la persona completa, abierta al Otro, con su libertad intacta y su responsabilidad como fruto de la primera. No hay verdadera responsabilidad sin libertad. No puede haber responsabilidad sin sujeto idéntico a sí mismo, que rinda cuenta de sus actos a diario, y cuando el cántaro se rompa contra la fuente, a Aquél que es fundamento último.

Frido: Señalas que las dimensiones de la vocación humana son: la de ser persona, la de ser uno mismo, las cuales “atienden al desarrollo del verdadero ser del hombre que es tal cuando llega a ser lo que Dios le prescribe”,

Edith Stein: Así es. Dichas dimensiones posibilitan al hombre y a la mujer reales, el resistir a la soberanía mecánica de la política, el luchar por el predominio de la soberanía de la sociedad para la consecución del bien común, posibilitador éste de las libertades de cada persona abierta al Otro, al migrante, al prójimo, al que está cerca y pide ayuda.

Posibilitan -esas dimensiones de la vocación humana-, el que vuelva a aparecer vibrante, el sujeto humano en el horizonte de la historia, de la vida fecunda y alegre. Y de esa manera, la política ocupe el lugar que le corresponde: de medio, de instrumento al servicio del hombre, del pueblo que debe ser la estrella, del orden natural que da unidad orgánica. Por causa del hombre, existe el derecho, la política, dijo un antiguo jurisconsulto romano.

Frido: Mientras, en el río Bravo hace apenas unos días, aparecen boca abajo contra la tierra que les negó todo, ahogados dos seres humanos, dos migrantes pobres salvadoreños: yacen inertes, un papá joven, Óscar Alberto, abrazado de su hija Valeria, pequeña, una flor en botón, de un año y once meses, ya sin vida, ya sin lágrimas, ya sin frío, ya sin miedo terminado el “espantoso viaje”, del que habla Whitman, arribando sus almas a la patria cierta que da consuelo a las víctimas de inhumanidad y negación del derecho de refugiados, donde sí se les acoge con afecto, donde no hay aranceles mezquinos de por medio, donde hay pura grandeza.

El verlos en la tristísima fotografía, produce el estupor de la conciencia, nos cuestiona porque sobre esas dos espaldas mojadas e inmóviles de Valeria y Óscar, descansa todo el edificio moral, la creación toda, toda esperanza futura. Resuenan las palabras aleccionadoras de Fiodor Dostoyevski: “todos somos responsables de todo y de todos ante todos, y yo más que los otros”. Tú y yo y nosotros, nadie de buena voluntad se puede sustraer a la responsabilidad de la pérdida. Claro, unos más que otros.

Se vieron forzados a emigrar, a cruzar ríos, dada la situación brutal de su país y la cacería de migrantes pobres a manos de dos gobiernos filisteos. Fue una apuesta de libertad la de ellos, de vida digna o muerte. Ayer los judíos de estrellas amarillas, los negros después, hoy los migrantes pobres del mundo.

Aquí y allá en cruzando la frontera norte, ante los dos cadáveres, el naufragio moral y jurídico de dos gobiernos con su política migratoria injusta, y de dos naciones con un número determinante de gente racista y enajenada. El 1 de julio debiera ser de luto nacional por esa política definitoria de un régimen, y en Estados Unidos, izarse banderas nuestras a media asta en señal de duelo, arrepentimiento y justicia indemnizatoria. Tiempos de iniquidad que claman al cielo, anunciadores de diluvios; tiempos de unas maneras políticas de la edad de piedra. Un triunfo político que no se va traduciendo día a día en buen gobierno, real no retórico ni de menudencias, deviene en derrota. Ojalá se cambie de rumbo, pero ello exige humildad grande.

Cinismo e hipocresía llamar “rescate” a lo que significa por regla, redada, detención y deportación masiva; escarnio hablar hoy de la cartilla moral ante histórica sumisión y mal trato de refugiados. Campean: insensibilidad, ignorancia culpable, indiferencia de tantos. Indiferencia -una forma sutil de odio-, el mal mayor del mundo según Maximiliano Kolbe, franciscano, polaco, que sacrificó su vida en un campo de concentración nazi, para salvar la de otro que tenía esposa e hijos, para salvar a la familia. Tú Edith, Maximiliano, y tantos como ustedes, son el testimonio vivo de la existencia y valor infinito del sujeto humano, de la esperanza en suma.

Muchas gracias Edith por tu saber, y sobre todo por tu testimonio de mártir católica, de defensora hasta la muerte de principios intangibles, de la libertad y dignidad humanas.

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Fin del diálogo. Dedico este artículo con veneración a la memoria de Teresa Benedicta de la Cruz, santa (Edith Stein), asesinada por la barbarie del odio, del racismo, el 9 de agosto de 1942. Y consternado, con enorme afecto, a la memoria de dos valientes, la niña salvadoreña, Valeria Martínez y de su padre, Óscar Alberto Martínez Ramírez, muertos trágicamente en tierra mexicana en su búsqueda de mejor vida, y que ahora viven a la sombra del Altísimo.

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