“1984”, de Orwell, y los sistemas autoritarios

Alto grado de complejidad Alto grado de complejidad

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- La novela de George Orwell 1984, escrita en 1947, sigue vigente hasta nuestros días, llegando a extremos de control de la información y manipulación de masas que ya no tienen tanto que ver con un partido político en el poder, como lo planteaba el autor inglés refiriéndose al estado estalinista.

Más bien, con un sistema global oligárquico (encabezado por Estados Unidos de América) con múltiples ramificaciones, que perpetúa sistemas de espionaje, mecanismos de encubrimiento de la verdad, y elimina la práctica del libre albedrío para fines de los poderosos.

Robert Icke (La Orestiada) y Duncan Macmillan hicieron una versión teatral d e 1984 en 2013, y se acaba de estrenar en el Teatro Helénico bajo la dirección de José Manuel López Velarde. Esta versión libre de la novela presenta varios planos de realidad y situaciones dramáticas sin linealidad de tiempo. Es una obra ambiciosa e interesante, cuyo montaje revela, tanto en el concepto de dirección como en el interpretativo y escenográfico, un alto grado de complejidad.

A veces es difícil seguir la trama tan intrincada en la que muchas cosas se dan por hechas y hay elipsis que dificultan entender los giros dramáticos, pero el conflicto del protagonista nos lleva a sumergirnos en su problemática sin posibilidad de salir. El espectador queda conmocionado ante la visión tan desesperanzada y real que muestra de nuestra sociedad.

La historia de 1984 desarrolla dos realidades; la de un irrelevante grupo de lectura que se reúne para comentar la novela, y los acontecimientos que vive Winston Smith al rebelarse e integrarse a las filas de La Fraternidad, un movimiento clandestino opositor. Lo que parecía un camino resulta ser un callejón sin salida, dado que el “Gran Hermano”, el vigilante que anula cualquier disidencia, permea ámbitos inimaginados de la realidad.

La propuesta visual es dinámica e integradora, así como el manejo de contenidos del director José Manuel López Velarde. La puesta tiene múltiples resoluciones escénicas, que van desde las video-proyecciones y el circuito cerrado, hasta la interacción de realidades y espacios. La escenografía e iluminación de Juan Hernández crea mecanismos para jugar con los espacios a partir de distintas profundidades de planos y una estética disímbola y decadente. Las atmósferas se potencializan con la interpretación de actores como Antón Araiza en el papel de Winston Smith, y su antagonista, frío y seductor, interpretado por Constantino Morán.

Antón Araiza profundiza en su personaje y proyecta una gama amplia de emociones que nos hacen acompañarlo en todo su periplo e interrogarnos, al igual que él, respecto al sentido de la verdad y la dificultad de la subversión. Julia, interpretada por Vanesa Restrepo, es un personaje que acompaña al protagonista, y su rebeldía e iniciativa desaparecen en el momento en que se enamora: deja de ser sujeto de la historia y se vuelve un simple objeto al que se le ha apagado su subjetividad. La versión contemporánea de Icke y Macmillan requeriría actualizarse también en este aspecto para darle más volumen y complejidad al personaje femenino (como a la Clitemnestra de Icke en La Orestiada del Galeón).

Las escenas más impactantes de 1984 son las que suceden en “la habitación 101”, tanto por la verosimilitud de la actuación de Araiza como por la forma en que se desarrolla la escena. Son escenas que nos consternan y que son difíciles porque presentan, en primer plano y con luz blanca, diferentes formas de tortura.

1984 es una obra de teatro distópica que, con calidad artística, muestra cómo un sistema oligárquico finge proporcionar felicidad a sus gobernados, aunque los hace sufrir y los utiliza para sus propios intereses de poder y dominio.

<strong>Esta reseña se publicó el 4 de agosto de 2019 en la edición 2231 de la revista Proceso</strong>

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