Beethoven en el templo

La Orquesta Sinfónica de Coyoacán ofreció una gala en la Parroquia de San Juan Bautista. Foto: @culturacoyoacan La Orquesta Sinfónica de Coyoacán ofreció una gala en la Parroquia de San Juan Bautista. Foto: @culturacoyoacan

CIUDAD DE MÉXICO (proceso.com.mx).- A partir de que los teatros y salas de concierto se multiplicaron, el público asistía a ellos y la sociedad se desarrollaba, la música fue abandonando los pequeños recintos aristocráticos y las iglesias dejaron de ser los únicos espacios públicos (pero cerrados) de su exposición. Tanto fue así que hoy por hoy en realidad son muy contados los conciertos que se dan en las iglesias, sobre todo si su número se ve en relación con los que se efectúan en las salas públicas.

Esto, sin embargo, no quiere decir que escuchar un concierto en una iglesia no resulte una experiencia diferente y que debería tenerse por lo menos una vez en la vida. Por supuesto, las condiciones acústicas son bien distintas a las de los teatros, y a ello debe aunarse toda otra serie de circunstancias que los convierte, repito, en algo realmente diferente. Ahora bien, diferente no necesariamente es sinónimo de gran calidad, gratísimamente recordable, etc., sino, simplemente, una experiencia distinta.

Algo así ocurrió la semana pasada cuando, auspiciada por la Alcaldía, se presentó en la Parroquia de San Juan Bautista de Coyoacán (como diría el maese Salvador Novo), la más conocida de todas las sinfonías, la portentosa Novena de Beethoven.

Bajo la dirección de su titular, Rodrigo Elorduy, la Orquesta Sinfónica de Coyoacán, con el acompañamiento del Coro de la Ciudad de México y el Coro del Instituto de la Juventud, y los solistas Sandra Malika (soprano), Rosa Muñoz (mezzosoprano), Ricardo Calderón (tenor) y Armando Gama (barítono), acometieron la tarea de, gratuitamente, llevar al público (que literalmente abarrotó el templo) la primera y magnífica Sinfonía Coral de la historia. No es por gusto el calificativo de genio que se le da a Beethoven.

La iniciativa sin duda es aplaudible, lo que ya no lo son tanto son los resultados que, más allá de lo puramente musical, hablan de una mala organización que, entre otras cosas, permitió, pese a los llamados de Protección Civil advirtiendo de los posibles peligros, la gente se acumulara en los pasillos haciendo imposible el moverse hacia ningún lado. La descoordinación entre unas autoridades invitando a entrar y otras advirtiendo del sobrecupo fue por demás notoria.

Además, no se hizo ya no digamos un programa de mano en forma, sino ni siquiera una hojita en la que se dijera, por lo menos, quienes participaban y, menos aún, la división de movimientos, etc.

Musicalmente, la masa coral fue auténticamente eso, una masa, empezando, físicamente, por la colocación de los coros frente al pequeño espacio del altar mayor, lo que auténticamente los “amasó”. Luego, el director colocó a los solistas y, en primer plano, a la orquesta, o sea que los solistas quedaron como el relleno del sangüich (con todo lo que esto implica) para la proyección vocal que debía pasar por encima de la orquesta. A esto debe agregarse la sonorización, que para nada resultó impecable, todo lo contrario, poniendo en serios aprietos al director.

Pese a todo, la grandeza de la Novena estuvo presente; lo mejor fueron los solistas y, entre ellos, Gama. La orquesta puso su mejor esfuerzo, y en su abono debe decirse que ni siquiera tuvieron un semi-ensayo en la locación. Lo mismo pasó con los coros, o sea, dentro de las circunstancias se hizo lo más que se pudo.

Lo positivo es que pusieron al alcance de la gente una obra genial; sin embargo, para las próximas ocasiones (que ojalá haya muchas) las cosas tendrán que planificarse y organizarse mucho mejor.

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