Los últimos estertores del penal de Topo Chico

Policías vigilan el penal de Topo Chico. Foto: AP / Emilio Vázquez Policías vigilan el penal de Topo Chico. Foto: AP / Emilio Vázquez

MONTERREY, N.L. (apro).- Para ingresar al Penal de Topo Chico hay que cruzar ocho filtros de acero. En algunos casos son rejas, en otras planchas, todas pintadas de gris. Las barreras se encuentran dentro de un área laberíntica de aproximadamente 50 metros cuadrados.

Medio centenar de custodios, algunos armados con rifles y escopetas, se ocupan de controlar el ingreso desde que el visitante pone un pie en el interior de la prisión.

La primera aduana es el registro. El forastero debe entregar su credencial de elector y depositar sus pertenencias en una caja, incluido el teléfono celular.

Posteriormente, el custodio entrega una sencilla pulsera elástica. La liga trae atado un pequeño código de barras enmicado. Dos fotografías completan el registro inicial.

Luego el visitante es llevado a un cuarto donde un custodio lo catea, y después hay que pasar por un detector de metales.

Una vez cumplido el trámite, inicia el recorrido en medio de un intenso calor. Las puertas se abren y se cierran al paso del reportero. A la mitad del trayecto resalta una placa de bronce, bien conservada, que dice: “La construcción de este penal inició en enero de 1943 y se terminó en septiembre de ese mismo año, siendo gobernador constitucional del estado el C. General de Brigada Bonifacio Salinas Leal. Monterrey, N.L., Sept. 1943”.

 

Manos a la espalda

El ingreso es apacible. En el recorrido es notoria la ausencia de los llamados ‘pepeles’ en la explanada, una de las pocas áreas comunes. Lo que sí destaca es la presencia de 16 elementos de la Fuerza Civil armados con rifles que cuidan el ingreso de los visitantes.

Uno de los guías que acompaña al reportero explica que anteriormente la visita era escoltada por internos que fungían de guardias improvisados al servicio de los cárteles.

Incluso, en esa época aciaga, hasta la primera década del nuevo milenio, el director en turno tenía que pedir permiso para ingresar, refiere.

Cerca de la explanada se encuentra el Teatro Sigma. Este espacio con proscenio y butacas ha sobrevivido al paso del tiempo, pese a que el fuego ha intentado acabar con él en más de una ocasión. Fue construido hace casi ocho décadas, cuando fue inaugurada la ergástula vetusta. Todavía se puede ver la marquesina, con la careta de lágrimas y risas, emblema universal del teatro.

Las altas bardas que marcan el perímetro del Centro de Reinserción Social están rematadas con una alambrada electrificada.

Conforme el reportero avanza, los internos se colocan frente a la pared, con la mirada al piso y las manos en la espalda. El guía explica que esa actitud es una señal de disciplina establecida en el protocolo. Todos los reos usan el uniforme reglamentario: playera blanca y pantalón deportivo gris. Antes vestían un mono anaranjado.

En el ala derecha del penal hay una serie de rejas. Hasta hace poco ahí coexistían las áreas de enfermería y psiquiatría. Los pacientes con problemas mentales fueron reubicados en la esquina norponiente del reclusorio, lejos de todos los ‘pepeles’.

La cancha de futbol de pasto sintético se encuentra en el corazón del reclusorio. La alfombra verde se ve nueva. Ahí se juegan torneos internos y, además, es la sede del equipo de futbol americano La Máquina del Mal. Antes de que se habilitara la alfombra verde ese espacio era una plancha de caliche.

Una vez cerradas las puertas del penal, el césped artificial será levantado y recolocado en la prisión de Apodaca I, a donde irá la mayoría de la población penitenciaria que permanece en Topo Chico.

A un lado de la cancha están los talleres donde se fabrican bolsas de papel y cartoncillo. Estas tienen los emblemas de las marcas Brantano y Sally Beauty. Estos productos son comercializados en el exterior.

En uno de los muros sobresale un letrero escrito a mano que dice: “Interno que se le sorprenda fumando se le dará de baja”.

En una zona ampliada, al fondo del penal, se encuentran los dormitorios. Cada edificio alberga unos 150 internos, cuatro por celda. A las nueve de la noche se da el toque de queda.

Los talleres de carpintería se encuentran en un rincón del área norponiente y en el extremo más recóndito, prácticamente aislados, está el pabellón psiquiátrico.

Según las autoridades del penal, no existen celdas de castigo, ni aquí ni en ningún otro reclusorio del país. A los internos indisciplinados, dicen, se les aplican correctivos, como la restricción de las salidas, que se limitan a una hora diaria. El resto del día se la pasan confinados. También se reduce el tiempo de la visita familiar.

En cualquiera de los casos, aseguran, las sanciones no deben exceder los 15 días.

La madrugada de este jueves 26, la Dirección de Administración Penitenciaria de Nuevo León trasladó a 900 internos del penal de Topo Chico a Apodaca en 30 autobuses, mismos que fueron vigilados por aire y tierra por decenas de agentes estatales y federales.

Este penal tomó su nombre del cerro del Topo Chico, que se encuentra al norte de esta capital. Los antiguos habitantes de la capital imaginaban que el promontorio simulaba al pequeño mamífero, en el momento en que excavaba para meterse en la tierra.

Con el paso del tiempo, la construcción, que se encontraba en la periferia de la ciudad, se rodeó de casas hasta integrarse a la mancha urbana.

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