Marxismo trasnochado y ¿es valiente un asesino?

Pedro Salmerón y la polémica por llamar "valientes jóvenes” a asesinos del empresario Eugenio Garza Sada. Foto: Facebook /INEHRM

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- En Colombia exguerrilleros piden perdón por su pasado. Aquí en México, la “izquierda brahmán” exalta a guerrilleros de otros tiempos. La llamada “brahmán” por Piketty, es la izquierda mundial “cómplice necesaria del hipercapitalismo”. Y Piketty es un pensador de izquierda vanguardista y civilizada que lucha con propuestas económicas de fondo contra la desigualdad. Este artículo trata sobre la grave cuestión de si es valiente un asesino, y de sofismas del marxismo, en estos tiempos de arrogancia política. Divido el texto en tres.

I

Jacques Maritain, filósofo brillante de altos vuelos, a quien sigo en esta crítica, fue marxista un tiempo y luego converso al catolicismo. Dice él que el marxismo es doctrina resentida. Su resentimiento es contra un “mundo cristiano” -de índole cultural- infiel a los principios evangélicos. Resentimiento contra la falsa conciencia egoísta y farisaica del “hombre burgués”, muy contento consigo mismo. Pero ese resentimiento, por desgracia, no se limita a lo anterior. Trágicamente el ataque marxista se extiende a la verdad misma del cristianismo. Verdad de naturaleza espiritual. De Feuerbach hereda la doctrina marxista el ateísmo.

Y esa doctrina de resentimiento lanza también su ataque contra el Hombre mismo, contra su dignidad personal, familia y derechos fundamentales. La crítica marxista a la deshumanización de las condiciones del trabajador, no la hace en nombre de la persona humana singular. La realiza en nombre de la humanidad en abstracto, del “Hombre Colectivo”. Éste absorbe por completo al sujeto individual disolviéndolo en el todo colectivo. La persona humana entonces deviene nada, irrelevante, sacrificable a lo largo del camino hacia la utopía. Utopía irrealizable de una sociedad sin clases impuesta mecánicamente por una metafísica dogmática en extremo.

El medio para el arribo a la supuesta sociedad sin clases, siempre postergado: la lucha de clases, el odio al adversario ideológico. El marxismo, paradójicamente, entraña una fe, una formidable energía religiosa, aunque no se reconozca. Es mesiánico, promete el paraíso terrenal en base a virtudes desquiciadas, enloquecidas en lenguaje de Chesterton. “Las virtudes vueltas locas son peores que los vicios”. Son vicios al cuadrado. Sustituye el amor fraterno por el odio al otro que piensa distinto, en aras de una supuesta felicidad futura, sin clases, sin Estado. El reino del bien impuesto a rajatabla. Es el odio concebido contra una clase de personas sin matiz alguno: la de los enemigos de esa ideología intolerante.

Dado que no hay Dios para la ideología materialista, resulta que todo se vale para la consecución de sus propósitos. Es bueno aquello que le es útil a sus fines, así sea asesinar, traicionar, engañar, torturar, secuestrar. El mal intrínseco que anida en el corazón humano y que conduce al crimen, asume el papel de bien. Esas conductas criminales son queridas por el perpetrador, connaturales a su praxis. La presencia del vicio, del mal, “no le causa al que odia ningún pesar”. El que odia, dice Aristóteles, “no se compadece de nada, quiere que su adversario desaparezca”. No tolera su existencia; lo aniquila sin temor.

Por eso en pleno siglo XX, no en el lejano pasado en proceso de concientización, se llevó a cabo tanta purga de millones de seres humanos en el infierno anticipado, en el sangriento lodazal de odio marxista-leninista-estalinista. Lodazal de siniestra brutalidad, prima hermana de otros totalitarismos del siglo XX de trágica memoria.

II

Pero salgamos de las sombras. Hagámoslo de la mano del genio de Dostoievski. El ruso, máximo psicólogo del alma humana, sale en defensa de la persona humana concreta, de cada uno de nosotros. En defensa de la libertad limitada por la razón y el derecho. En defensa de Cristo. Berdiaev, comentando al autor de Crimen y Castigo, señala que la libertad desaparece al estar todo permitido en ausencia de Dios. Y por ello, el fanático “cae bajo el poder de ideas que lo esclavizan”.

Es el caso de Raskólnikov, “un maniático obsesionado por falsas ideas”.  Dostoievski lo plantea magistralmente así: “El que un hombre extraordinario esté llamado a servir a la humanidad, ¿le otorga acaso el derecho de matar a la más nula, insignificante y odiosa de las criaturas, a una repugnante usurera que sólo causa daño a los demás?”.  ¿Acaso se justifica asesinar con premeditación, alevosía, ventaja y presumible anuencia oficial a un inocente como medio útil para el fantasmagórico Hombre Colectivo?  Hombre Colectivo divinizado, aniquilador de personas individuales, reales.  A nadie, dice el clarividente ruso, le está permitido semejante cosa. Cada persona “es en sí un valor absoluto”, imagen y semejanza del Dios único y verdadero.

Nunca es lícito instrumentalizar al ser humano para alcanzar una idea. El homicidio es por sí y en sí mismo moral y jurídicamente ilícito, reprobable. Lo es por razón de su objeto: voluntariamente privar de vida y destino a la víctima. Es reprobable con independencia de intenciones y causas. Los homicidas políticos alegan siempre una “causa”; los yihadistas lo hacen, los nazis lo hicieron. La arbitrariedad marxista se arroga la facultad de “establecer el valor de la vida y disponer de ella a su antojo”. Se le arrebata a Dios ese juicio sobre la vida humana. Y se transforma en juicio que demuele a martillazos vida y dignidad del hombre.

Ese asesinar por una “idea” conduce a la perdición, tanto individual como colectiva. Arbitrariedad: máquina productora de crímenes. Esa es una de las grandes lecciones de Dostoievski. No se puede violentar impunemente la vida, la dignidad humana. Tarde o temprano se paga el precio de las infamias.

III

El que no teme la infamia es un desvergonzado, nunca un valiente, dice el autor de la Ética a Nicómaco. La valentía es un puente que une firmemente la voluntad y el bien de la razón, según Tomás de Aquino. Se trata del bien objetivo, no del capricho ideológico dizque científico. Para conducirse conforme a la virtud hay que ser valiente. Es imperiosa la necesidad de fortaleza para realizar el bien. Es lo que Agustín de Hipona llama “valerosísima adhesión al bien”.  Esa exigencia de valentía evidencia el existir del mal. El mal que sale del corazón y después se proyecta en las estructuras, obra sin esfuerzo, sin necesidad de valentía alguna.

El mal no enfrenta obstáculos. Es movido por la mala pasión. Mata sin que ello represente mayor problema ya que la víctima debe ser aniquilada. En la filosofía de Nietzsche, el hombre se realiza optando por el mal libremente querido, por la perdición. Nietzsche dice un autor, es congruente, no es un sepulcro blanqueado, un fariseo, un hipócrita que dora la píldora para engañar ilusos.

Sólo es valiente quien conoce “que hay motivo para temer”. La valentía “es la fortaleza de la voluntad que permite vencer el miedo ante los males más graves”.  Es el caso de los mártires cristianos de la Roma imperial. Es el caso de Eleazar descrito en el Libro de los Macabeos. Es el caso de Tomás Moro. El marxista fanático se siente ángel laico, invulnerable por naturaleza.

Ser valiente equivale a ser virtuoso, a adherirse a lo recto prescrito por la prudencia, por la objetividad del juicio justo. “Sin la justicia de su objeto, no hay valentía”, sino pura FUERZA FÍSICA, FIEREZA ANIMAL, ODIO.  LA FIERA SE LANZA A MATAR SIN TEMOR ALGUNO. NO HAY NECESIDAD EN ELLO DE VALENTÍA. El asesino ideológico quiere y busca gustoso el crimen que hace desaparecer al otro con desprecio inhumano. La víctima con frecuencia lo enfrenta con valentía. Por fortuna, cayó hace tiempo el muro de la ignominia marxista en Berlín y Rusia.

El elogio de todo crimen es infamia, desvergüenza y amenaza. Tal elogio es algo grave, de extrema seriedad metafísica y moral. Nada que juegue con vida, dignidad y destino personales es anecdótico como lo prueba Dostoievski con su Raskólnikov.

Dicha apología predispone al crimen ideológico, al crimen político de odio. El reproche airado al elogio del mal es un deber de conciencias libres y honorables, ya sean de izquierda, derecha o centro, nunca un linchamiento. Muy delicados han resultado los morenistas que se asignan el monopolio de denostar a los demás. Por otro lado, el que alguien en su momento haya sido objeto de infamias por parte del Estado o de otras personas, no da derecho a torturar, secuestrar, asesinar en nombre de una causa, cualquiera que ella sea: marxista, nacionalsocialista, yihadista.

Además, la “izquierda brahmán”, incluida en esa categoría pikettiana la morenista, es en la práctica económica de fuste: aliada del hipercapitalismo. Abraza la ideología de la desigualdad crónica al someterse al orden imperial. Huexca y Samir Flores asesinado por defender la tierra de sus compañeros campesinos, sirven de testimonio irrecusable. ¿Dónde quedó la indignación izquierdista de los intelectuales e historiadores orgánicos del momento ante ese vil asesinato?

El mismo Zizek menciona que la izquierda mundial al “despolitizar la economía”, ha abandonado su lucha contra la injusticia social, contra la brutal desigualdad. Es decir, ha claudicado. Y esa lucha la ha sustituido por el “reconocimiento de identidades marginales”, mendrugos electoreros y espectáculo.

 

La izquierda morenista, solamente es consistente en el detrimento -a través de leyes inquietantes a modo- de derechos fundamentales de la persona común. De sus libertades y garantías constitucionales como las de educación, familia, patria potestad, reunión, propiedad, presunción de inocencia, defensa legítima de amparo. El amparo, por cierto, no está sujeto al gusto de la autoridad administrativa, es un arma constitucional contra los excesos propios de todo poder. Un juez o tribunal define si se otorga o no dicha protección.

Debo terminar. Algo habría que esperar. Del mundo cultural cristiano se exigiría arrepentimiento y el abandono del ánimo burgués de odio a la pobreza y menosprecio del pobre. Pobre que sólo existe como mercancía del mercado. Se demandaría el retorno a la fidelidad a las verdades evangélicas, cuya realización socio-temporal es tarea de todos. Tarea no solamente de algunos que son en el mundo ejemplo de grandeza y heroísmo. Ello equivaldría a la edificación de un ideal histórico: el de la Nueva Cristiandad solidaria postulada por Maritain. La idea de Maritain no es eliminar el interés privado, sino purificarlo a la luz del bien común, “aprehenderlo en sus estructuras sociales… y transformarlo interiormente por el sentido de la amistad fraterna”.

De los que elogian las tácticas violentas del marxismo, solamente se pediría: reflexión, tolerancia y una pizca menos de arrogancia, con el fin de alcanzar la concordia. Sin ella, no hay futuro nacional. Si no fuera su fin la concordia que es lo que parece, de ellos nada se esperaría porque en realidad el marxismo es un nihilismo. Tiempos perturbadores para el que piensa.

Dedico este artículo con enorme afecto a Elena Cárdenas Glez.-Luna, de ocho días de nacida, una valientísima guerrera desde el primer segundo de vida.

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