“Historias del Metro”, por Beatriz Zalce

Presentación del libro "Historias del Metro" de Beatriz Zalce en el Museo Universitario Leopoldo Flores. Foto: Twitter @glaratorres

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Parafraseando a Chava Flores, “sólo puede hablar del Metro capitalino quien lo conoce; sólo debe hablar del Metro quien lo ama”, y Beatriz Zalce de Guerriff viaja en Metro todos los días. Ama los libros y ha escrito El papel herido goza de buena salud, Alfredo Zalce y Como gotas de ámbar: Memorias de René Villanueva, músico quien fuera su amor.

Beatriz Zalce concluyó las carreras de Estudios Latinoamericanos en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, así como de periodismo en la ENEP Acatlán (donde es catedrática), sus entrevistas a personajes de la cultura se han publicado en La Digna Metáfora, Punto o El Financiero. Recibió el Premio Nacional de Periodismo 2013 por su entrevista “Dení Prieto: Semilla del EZLN” en el diario digital Desinformémomos, donde publica su columna “Palabras sin reposo”. También da clases en la Escuela de Periodismo Carlos Septién García.

De su más reciente volumen Historias el Metro (Editorial Lectorum, serie Un Paseo por los Libros. Prólogo de Elena Poniatowska Amor, 211 páginas), ofrecemos el prólogo de nuestra querida Elenita Poniatowska (La noche de Tlatelolco) a estas páginas de la hija del pintor Alfredo Zalce (ver www.lectorum.com.mx), que incluye un dibujo de Erick Ronquillo Bustamante.

Las historias de Beatriz Zalce

Desde recién nacida Beatriz fue livianita, como si no quisiera ocupar espacio de tan delgada, de pelo tirando al rojo, ademanes dulces y ojos que preguntan. Desde pequeña hizo todo a su modo, a grandes pausas, con mucho cuidado, tomándose su tiempo.

“N’allez pas la bousculeur” (“No la vayan a apurar”: Nota del Transcriptor) nos prevenía su abuela, la tía Lydia, hermana de mi madre. Beatriz Zalce nació en la Ciudad de México, aunque fue concebida en Morelia, Michoacán.

Sus padres se conocieron en Inés Amor, en la calle de Milán número 18. El grabado y pintor Alfredo Zalce, también reconocido muralista, por poco fue descalabrado por un directorio telefónico que Diana, Condesa de Guerriff de Launay Amor Iturbe, aventó por las escaleras. Cuando él levantó la cabeza vio un par de ojos inmediatamente azules y sintió que estaba en el cielo. Ella, entre otros atributos, era sobrina de Inés Amor y trabajaba en la Galería.

Alfredo jamás pensó que su hija, esa niña frágil y tímida, sería su biógrafa. El primer libro de Beatriz es una obra de arte que se publicó en Ediciones El Equilibrista con el gobierno de Michoacán en 2005. Su segundo es Como gotas de ámbar, que Ediciones Pentagrama dio a conocer en 2008. Cuenta la vida de René Villanueva, el gran amor de Beatriz; músico que rescató la memoria que canta, fundador del grupo Los Folkloristas tan ligado a la esperanza de América Latina y a la celebración de la vida, pintor, entusiasta zapatista que lo mismo se le veía en Chiapas tocando la quena que discutiendo sobre la dignidad y la cultura.

Se conocieron en una conferencia sobre la prensa a 20 años del ‘68 que él, sesentayochero, organizó y a la que ella, estudiante de periodismo, llegó. A partir de ese momento no se separaron más. René falleció el 28 de junio del 2001, hace 18 años. Beatriz se ha dedicado a exponer su obra pictórica honorándolo como lo hizo hasta el final de su vida.

Ahora, Beatriz Zalce lanza a la calle Historias el Metro. Todo empezó a raíz de esta escena, nos cuenta: “No era mayor cosa. Dos jovencitas, que habrán tenido unos 15 años y se veían como hermanas, oían música, pero una tenía un audífono en un oído y la otra en el otro y me recordó el cuadro de Las dos Fridas, distintas pero la misma con su vaso comunicante: la música. Decidí escribirlo. En una navidad, René me había regalado una libreta y en ella empecé a apuntar todo lo que veía en el Metro”.

Subirse a un vagón es para Beatriz un descubrimiento cotidiano y una fuente riquísima de inspiración. “Viajar en Metro se convirtió en algo más que trasladarme de un lugar a otro. Es como ir al cine: ‘a ver qué película me toca hoy’. Empecé a poner más atención en la gente y en lo que pasaba a mi alrededor. Me hace ilusión encontrar una historia y escribirla.

“El Metro me fue dando no solo escenas sino reflexiones. Todos los días encontraba yo el mismo señor ya mayor, dedicado a la limpieza, trapeando. Es como Sísifo porque se la pasa trapee y trapee y nunca acaba. Siempre tiene que volver a empezar. Durante años, el Metro fue uno de los más limpios del mundo, ahora ya no. En otra ocasión vi a un matrimonio ya mayor que bailaba en el andén un vals: ella con la mano en el hombro de él, muy propios, sin música pero ellos bailaban. Se me hizo muy romántico”.

El Metro lo es todo: vitrina, historia de México, jaula, carrocería, movimiento, cementerio, descubrimiento, encuentro de enamorados, escenario de conciertos con piano para karaoke, telón de teatro, sala de cine, hotel de paso, tumba del suicida. El Metro nos precipita al fondo de la tierra, al fondo de la historia de nuestro país y de nosotros. Inquieta a los arqueólogos: “Allá adentro está todo nuestro pasado, cuidado con hacerlo trizas”. Cada excavación puede ser una puñalada en la espalda de Cuauhtémoc.

Beatriz Zalce de Guerrifff unió el pasado con su presente tan entregado a los demás como el que lee en sus Historias del Metro, como si ella también fuera un vagoncito de metro que avanza por los rieles del tiempo y lo hace a su modo, pian pianito. Entrevistó a trabajadores, vagoneros, “usuarios” como ella los llama, músicos, pintores, ingenieros, arqueólogos, jefes de estación, todos ellos sumamente preocupados por nuestro presente, nuestra historia y prehistoria, infinitamente más valiosa que el mamut visto de perfil en la estación Talismán de la Línea 4.

Si Diana, su madre, tenía los ojos de un azul extraordinario, un azul de porcelana de Delft (Holanda, donde está enterrado el pintor Vermeer. N del T), Beatriz con su mirada verde tiene una capacidad de observación que emana de su estar pendiente de los demás y al que suma un sentido poético muy poco común al describir los relatos de no ficción lo que le han valido recibir en 2013 y luego en 2016 el Premio Nacional de Periodismo que entrega el Club de Periodistas de México.

Historias del Metro fue un proceso escritural de más de 20 años. Se propuso: “Que sean cosas que yo vea, que no sea nada inventado, todo tiene que ser real, todo tiene que ser visto y vivido”. Pero se dio una licencia, con la historia de una mujer de expresión muy triste que, mientras espera el Metro empieza a desabrocharse la blusa, hace un movimiento muy raro y saca su destartalado corazón para aventarlo a las vías.

En el Metro, Rina Lazo, Arturo García Bustos, el Güero Estrada, Rafael Cauduro y el oaxaqueño Rodolfo Morales hicieron murales; Beatriz los entrevistó para saber cómo y cuándo los habían pintado. Preguntó, escuchó y también le contaron historias del Metro. Así también Javier González Garza: “—Quise entender bien el fenómeno de los suicidios en el Metro –explica el exdirector del SCT Metro–. Lo primero que tienes es la tragedia del Metro, pero en segundo lugar, no lo puedes parar porque a la ciudad se la lleva la chingada”.

Desde hace 28 años, Beatriz da clases de “Géneros periodísticos” en la bellísima Facultad de Estudios Superiores de Acatlán así como un seminario de Periodismo Cultural y Arte Contemporáneo. Uno de sus alumnos, Mauricio Chávez López, la puso en contacto con su familia que trabajaba en el Metro, sobre todo con su tía, doña Gloria López, una de las primeras taquilleras del Metro quien se jubiló como Inspectora de Puesto Central de Control (PCC), uno de los cargos más altos, después de ser jefa de estación.

“A través de ella –dice Beatriz—vi el Metro con otros ojos, ya no con los ojos del pasajero. Me explicó que lo que nosotros llamamos el túnel, en la jerga del Metro le llaman Inter-estación y supe que hay vías primarias y secundarias. El Metro es un tren.”

“Tuve la oportunidad de entrevistar al ingeniero Eduardo Tamez, ingeniero de la ICA, constructor de las primeras líneas del Metro y, recientemente, de la 12. Gentilísimo me contestó las preguntas del alguien que no sabe nada de ingeniería. Me describió cómo se cavaron los túneles debajo de edificios coloniales sin afectarlos. El túnel del Metro Zócalo pasa rozando los cimientos de Catedral. Me maravillé y busqué al arqueólogo Raúl Arana Álvarez para entender no solo de la formidable parte técnica sino la arqueológica que se procuró salvar en la excavación. “¡Arqueólogo, arqueólogo, encontramos algo de metal, ha de ser un tesoro, ha de ser de plata!” y él corría a ver. También le avisaban: “Mire, llenamos este costal con puros tepalcates para que no se los lleve el camión.”

Raúl Arana descubrió a la Coyolxauqui, que había permanecido bajo tierra desde la Colonia. Esa diosa, asociada con la Luna, estuvo enterrada durante siglos y él fue uno de los primeros en verla emerger en noche de Luna.

“Al subirme al Metro, pienso que tras la pared y bajo mis pies, hay una serie de capas que son las de nuestra historia. Muchas piezas, ahora en el Museo de Antropología, se encontraron bajo la construcción del Metro. Gracias a eso se hizo una ley para salvamento arqueológico.”

Cuando Beatriz tenía ocho años, su abuela, la tía Lydia, la llevó a conocer Francia. La tía Bichette fue por ellas al aeropuerto y las paseó por París. El río Sena y Notre Dame, el Arco del Triunfo y la Plaza Vendome, el Louvre junto a las Tuilleries, la Sainte Chapelle, el pain au chocolat y el Metro. Todo era descubrimientos y asombro. Eran muchos los pretextos para sacar fotos con la camarita que Minou, como Beatriz llamaba a su abuela, le había regalado junto con una libreta azul que aún conserva. Pero el Metro la asombró por completo y no ha dejar de seducirla.

Pocos saben que los domingos, Beatriz suele comer con un cardenista muy reconocido, Luis Prieto, muy amigo de Carlos Monsiváis y de Sergio Pitol. Éstos y José Emilio Pacheco son mis Tres Garcías. Generosos, Luis le ha presentado con Estela Ruiz Milán, quien hace honor a su nombre y ama a perros y gatos, platica y cura las heridas invisibles; a Martha Acevedo, fundadora de las revistas Fem junto con la desaparecida Alaíde Foppa, poeta y madre de guerrilleros guatemaltecos con Gina Olgario, alta y delgada, sonriente y combativa por los derechos de los coyoacanenses; con Lucrecia Gutiérrez, editora de cine, rescatadora de perros. Se reúnen alrededor de una sopa de lima o de un gazpacho, beben café o agua, aunque Luis prefiere el Sidral “bien helado” y recuerda a su sobrina Dení Prieto, de quien Luisa Riley hizo el documental Flor en otomí.

El pasado viaja al presente en Metro. En 2018, en la marcha conmemorativa por los 50 años de la masacre en la Plaza de las Tres Culturas, desde la estación de Tlatelolco se oía el grito: “¡Dos de octubre no se olvida, es de lucha combativa!” En la profundidad de la tierra se pueden observar estrellas en el Túnel de la Ciencia. El centro librero más grande de América Latina se encuentra en el pasaje Zócalo-Pino Suárez con más de 42 librerías. Los temblores del 85 y del 2017 le hicieron al Metro lo que el viento a Juárez no así a la ciudad de México que se colapsó. En diciembre de 2019, por las ventanas del Metro, los pasajeros fueron testigos del momento en que un chavo en bicicleta, con una capa como de luchador, alcanzó al coche blanco de López Obrador y le gritó: “No tienes derecho a fallarnos”.

El Metro no es sólo un modo de transporte para más de cinco millones de personas diariamente. En él se dan conciertos, exposiciones, presentaciones de libros, conferencias. Uno de sus carros lleva el nombre de Valentín Campa, otro de Rosario Ibarra de Piedra, ambos luchadores sociales. También Ricardo Legorreta, Teodoro González de León, José Emilio Pacheco y Cuauhtémoc Cárdenas tienen su tren.

“Tampoco podemos olvidar los talleres de mantenimiento con obreros calificados. Desvisten el tren, lo dejan como un cascarón y le vuelven a poner ventanas, puertas, asientos, toditito lo que lleva un vagón. Se recuperan trenes desahuciados. Ese amor al tren, lo vivo cada vez que me subo”.

En la estación Metro Mixcoac, el Museo del Metro exhibe la fotografía de la primera persona que compró un boleto del Metro Gladys Pereyra Robles. Ella era la segunda en la fila, pero un muchacho le cedió el lugar y quedó como la primera en comprar un boleto. Sus nietos visitaron el Museo del Metro y se asombraron de ver la foto de su abuela muy jovencita y de minifalda.

El Metro es protagonista, surtidor de historias y creador de personajes. La escritora Beatriz Zalce, nueva marquesa Calderón de la Barca, ha sabido observar, retener y atesorar. Sus textos recuerdan a los primeros “Los mexicanos pintaos por sí mismos” de Hilario Frías y Soto, y más tarde, los de Ricardo Cortés Tamayo en el “Diario de la Tarde” de Novedades, ilustrados por Alberto Beltrán, que nos brindaron cilindreros y teporochitos, quesadilleras a flor de banqueta, taqueros y mariachis de Garibaldi.

“Ahora que he terminado el libro, el Metro me sigue dando historias y la mano me da mucha comezón porque quisiera agregarlas. El Metro es infinito” –finaliza Beatriz Zalce, eterna viajera entre Taxqueña-Cuatro Caminos.

(Elena Poniatowska Amor)

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