Gilberto Aceves Navarro: artista, maestro, mito

Gilberto Aceves Navarro. Foto: Joaquín Cato

En sólo seis semanas, el escenario mexicano del arte contemporáneo ha perdido a cuatro creadores: el pintor y activista Francisco Toledo el 5 de septiembre; la escultora Yvonne Domenge el 27 de septiembre; el grabador Adolfo Mexiac el 13 de octubre; y el pasado domingo 20, al pintor Gilberto Aceves Navarro. He aquí la evocación de Aceves Navarro por la crítica de artes plásticas de Proceso, Blanca González Rosas.

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Nacido en la Ciudad de México en 1931, Gilberto Aceves Navarro destacó no sólo por la vigorosa y cambiante complejidad de su creación sino, también, por la pasión que tuvo como formador de artistas.

Reconocido desde sus primeros años de estudiante por creadores consagrados de la Escuela Mexicana de Pintura como David Alfaro Siqueiros, Aceves Navarro desarrolló a partir de la pasada década de los años setenta un método de enseñanza para dibujar, que en realidad es un pretexto para transformar el pensamiento y la mirada sobre el arte y la realidad.

Tanto en su obra como en su actividad didáctica, el acto de dibujar es el origen de la creación. Enfático en que hacer dibujos no es igual que dibujar, Aceves Navarro enseñaba el dibujo como una acción hipnótica que permitía la conexión entre el alumno y la realidad, tanto la propia como la externa. Dibujar mirando únicamente el referente, tocar y recorrer al modelo con un contorno lineal, sentir con los ojos y dibujar sin ver, son algunos de los planteamientos que estructuran su método. Una propuesta que se aleja totalmente del dibujo convencional, y que aparenta enseñar dibujo cuando lo que realmente hace es impulsar la acción creativa al margen de todo estereotipo.

Disciplinado, trabajador, alegre, anti solemne y discretamente convencional, Aceves Navarro convirtió la experiencia didáctica en una actividad creativa gozosa repleta de sensualidad y libertad.

“Nos enseñó a ser felices”, comenta el talentoso pintor Gabriel Macotela, alumno a quien Aceves consideró como un hijo.

Con base en su desarrollo artístico, la trayectoria de Gilberto Aceves Navarro se divide en dos etapas. La primera corresponde a su etapa formativa y de posicionamiento institucional y comercial, una etapa en la que el artista se concentró en construir un lenguaje propio ajeno a las poéticas de la Escuela Mexicana de Pintura; la segunda, centrada en la resignificación y seriación de lenguajes, se vincula con los valores de la escena postmoderna que se desarrolló entre los años setenta y ochenta del siglo XX.

Hijo de una cantante de ópera que siempre lo despreció y de un padre ausente que abandonó a la familia, Gilberto Aceves Navarro manifestó desde muy joven una notoria capacidad para actuar en libertad sin alterar el statu quo.

Aún cuando su madre deseaba que estudiara medicina, en 1950, a los 19 años de edad ingresó a la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado “La Esmeralda”, en donde destacó como un alumno crítico y políticamente activo: como secretario de la Sociedad de Alumnos exigió tanto el regreso de un taller de grabado que estaba destinado únicamente a estudiantes extranjeros, como la operación de un espacio para que los alumnos exhibieran sus creaciones.

Exitoso como estudiante, en 1952 dos artistas relevantes de la Escuela Mexicana de Pintura lo contrataron para colaborar en sus murales: Luis Arenal para la pieza del Palacio de Gobierno de Chilpancingo, Guerrero, y David Alfaro Siqueiros para el relieve que con el título de El pueblo a la Universidad y la Universidad al pueblo, realizó en el edificio de la Rectoría de la Universidad Nacional Autónoma de México.

¿Quién era en los años cincuenta Gilberto Aceves Navarro?

Un artista brillante que fusionaba personajes típicos de la Escuela Mexicana y del realismo socialista –obreros, trabajadores diversos-, con resoluciones poéticas de composición formal y cromática vinculadas con Van Gogh y Picasso.

Merecedor en 1957 del premio del Salón de la Plástica Mexicana, Aceves Navarro realizó en ese mismo año un obrero de corporeidad geométrica y tonos azules que, recordando a Picasso, anuncia su pasión por desfigurar a los grandes maestros para figurar, sintetizando y reinterpretando, algunos elementos esenciales de su figuración.

Descarado en su abandono de las estéticas de la Escuela Mexicana, el artista se entrega en los años sesenta a la búsqueda de un nuevo lenguaje que aunque parece abstracto, se basa en una figuración desfigurada abordando temas tan cotidianos como emblemáticos, entre ellos, la conquista de México, el desayuno, los hallazgos de Diógenes. Perteneciente al establo de la entonces relevante galería Antonio Souza, Aceves, con el apoyo de Relaciones Exteriores, traslada su residencia a Los Ángeles, California, en donde desarrolla dos tipos de propuestas: la propia de exploración abstracta y una comercial bajo el seudónimo de Giorgio Lanid.

Su regreso en 1968 inicia la transición hacia su segunda etapa creativa. En desacuerdo con la postura gubernamental y en apoyo al movimiento estudiantil, participó en la pinta alrededor de la estatua de Miguel Alemán en las instalaciones de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), formó parte del Salón Independiente y, en 1971, asumió la clase de dibujo que había dejado Francisco Moreno Capdevilla en la entonces Escuela Nacional de Artes Plásticas (ENAP) perteneciente a la UNAM. Desde esa trinchera se vinculó con las generaciones que protagonizaron la transición conceptual y postmoderna del arte en México.

Convencido de que los artistas no se pueden formar en las escuelas de arte porque ahí carecen de la soledad y el silencio que necesitan, en 1976 decidió abrir su taller para que alumnos talentosos se convirtieran en discípulos. Era una época en la que los jóvenes se debatían entre los lenguajes conceptuales de solidaridad social que se manifestaban en Los Grupos, los vocabularios abstractos geométricos de evidente caducidad, y algunas búsquedas figurativas que no lograban concretarse de manera contundente.

Interesado en las nuevas estéticas expresionistas, Aceves Navarro abandona los años setenta y transita por los años ochenta apoyando a jóvenes y desfigurando y figurando poéticas vinculadas con Willem de Kooning, Jean Dubuffet, Philip Guston, Francis Bacon, Karel Appel del Grupo CoBrA y algunos nuevos salvajes alemenes como Markus Lüpertz, Georg Baselitz y Helmut Middendorf entre otros.

Centrado siempre en una propuesta que evade crear y repetir lenguajes o estilos, el artista reinterpreta y expande figuras, elementos formales y series temáticas de autores emblemáticos desfigurándolas a través de líneas, contornos, volúmenes, gestos, pictoricidades y atmósferas.

Ausente de los recintos del INBA desde 2009, pero presente con una pequeña muestra antológica en el Museo de la Ciudad de México durante los pasados meses de julio a septiembre, Gilberto Aceves Navarro evidenció que, aun cuando su obra se basó siempre en una exploración y cambio constante, la más reciente, realizada en 2019, se impone por una extraña definición que convierte a la imagen en una propuesta contundente.

Realizadas a partir de figuras que adquieren presencia como volúmenes masivos, poses que se imponen como gestos corpóreos, y siluetas que se diluyen y emergen como planos bidimensionales, las pinturas más recientes de Aceves Navarro concretan y detienen la búsqueda que inició el artista en los años sesenta.

Compleja, cambiante y vigorosa, la obra de Gilberto Aceves Navarro carece todavía de estudios que ubiquen y analicen la aportación que hizo el artista a la escena del arte contemporáneo mexicano.

Este texto se publicó el 27 de octubre de 2019 en la edición 2243 de la revista Proceso

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