Música y violencia  (Primera de dos partes)

Cartón de Gallut

Al egregio maestro Francesco Fanna, con agradecimientos

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- En diversas ocasiones esta columna ha abordado lo relativo a la agresión acústica, sin embargo, seguir insistiendo en su vinculación con la salud pública es un deber que se antoja ineludible. Por ende, tornamos sobre esta angustiosa senda en la que se constata, día a día, la pérdida de sentido y en la que se ensancha el nexo entre la violencia implícita en la mala música y el ruido. Digamos para cerrar este exordio, que desde las trompetas que derribaron con su potencia sonora las murallas de Jericó, hasta el empleo sistemático de música pop como instrumento de tortura en la Guerra de Irak, los decibelios sonoros siguen siendo un arma infalible de destrucción.

Arranquemos, pues, con uno de los ejemplos más paradigmáticos sobre el poder que tiene la mala música a un alto volumen, y cómo su empleo se ha convertido en una táctica militar cada vez más recurrente. En 1989, el dictador panameño Manuel Noriega fue destronado del cargo por el ejército norteamericano, cosa que lo obligó a pedir asilo en la Nunciatura Papal de Panamá. Dado el interés de la milicia yanqui por aprehenderlo vivo y la imposibilidad para violar la jurisdicción diplomática de la sede religiosa, a los militares se les ocurrió recurrir a una impensada táctica psicológica para conseguirlo.

¿Cuál podría ésta? Consideraron primero que Noriega era un amante de la ópera italiana y que sus gustos musicales jamás transgredían a ese género lírico. Por tanto, dispusieron una serie de bocinas de alto poder para bombardear la propiedad, y particularmente la ventana de la habitación donde sabían que se alojaba. Acto seguido, suministraron descargas ininterrumpidas de rock pesado a un volumen ensordecedor…

Pasaron las primeras horas y no hubo reacción de parte del dictador, sin embargo, al cabo de una insoportable noche insomne, la rendición avino sin más. Noriega prefirió enfrentar a la justicia y la consecuente cárcel con tal de librarse de ese yugo sonoro que lo estaba aniquilando en vida. Y de ahí, la milicia cayó en la cuenta de la valiosa acción táctica que habían detectado, incrementándose y refinándose, desde entonces. Un vocero de las llamadas Psyops –abreviatura de “operaciones psicológicas”– declaró a la prensa:

“Desde el incidente de Noriega, hemos visto un aumento formidable de bocinas con fines militares y de coerción, a lo ancho y lo largo del planeta”. Algo idéntico avino en 2002 cuando un grupo de militantes palestinos ocupó la iglesia de la natividad en Belén, obligando al ejército israelí a desalojarlos con la misma técnica, es decir, sorrajarles cantidades insoportables, en este caso, de heavy metal. Poco después la CIA, perfectamente consciente de esta poderosa arma a su disposición, incorporó a sus métodos de tortura esta técnica invisible, mentándola “interrogatorio mejorado”.

Y qué decir de la prisión de Guantánamo, donde a sus detenidos se les despoja de la ropa, se les encadena a una silla, se les enceguece con luces directas a los ojos y se les somete a sesiones dantescas de tortura mediante la atronadora escucha de rap, heavy metal y tonadas infantiles. Transcurridas pocas horas, les revientan metafóricamente los oídos porque sus cerebros ya no pueden procesar semejante vejación psicofísica.

Asimismo, la interacción entre violencia y música produce una cantidad enorme de estudios académicos y las bibliotecas se atiborran de esa literatura que florece con una velocidad pasmosa. Citemos algunas publicaciones específicas para dar una idea somera del calibre del fenómeno: las preferencias musicales de los militantes de Al Qaeda y de los neonazis; la selección de canciones que utilizaron los soldados de la Guerra de Irak, y la de los nazis en los campos de exterminio; las tácticas musicales encaminadas a la prevención del crimen en la Unión Americana. No en balde, en 1996 Pascal Quignard publicó un libro llamado El odio a la música1 en el que explora las remotas asociaciones entre barbarie y arte sonoro.

Por otro lado, cuando la música se aplica con fines militares, tendemos a creer que se ha desviado drásticamente de su supuesta naturaleza de candor e inocencia. Para citar lo consabido, “tiene encantos que tranquilizan a las bestias”; “es la comida del amor”; “es el arte que nos une y nos libera”. Empero, nos resistimos a las evidencias de que la música tiene el poder para nublar la razón, para atizar la rabia, para causar dolor e inclusive para provocar la muerte. Pensamos también que los tratados con pies de página sobre el lado oscuro de la música, difícilmente pueden tener tanta aceptación y venta como los libros pseudo científicos que pregonan la capacidad de la música para volvernos más inteligentes, felices y, sobre todo, mucho más productivos. No obstante, los primeros, probable y paradójicamente, nos acercan más a la verdadera función de la música en el proceso evolutivo de la civilización.

En un asombroso pasaje del libro Escuchando a la guerra: Sonido, Música, Trauma y sobrevivencia en los tiempos de la guerra de Irak2 de Martin Daughtry se lee esta tremenda evocación onomatopéyica de los sonidos del campo de batalla en la más reciente guerra iraquí:

“El rugido de los motores de los Humvee; el tum, tum, tum de los helicópteros que se acercan; los Sss, Sss, Sss de los drones que planean en el aire; voces humanas gritando, llorando, pidiendo en una lengua extranjera. ¡Allahu akbar!: el llamado para la oración. La orden perentoria a todo pulmón. “Al suelo”. Los dadadadadada del fuego de las metralletas automáticas. El Shhhhhhhhhhhhhhhhhhhh del cohete en vuelo; el ffffft de la bala que se desplaza en el aire; el agudo k-k-k-k rbum del mortero…”

Con lo anterior, Daughtry desvela algo crucial sobre la naturaleza del sonido, y por consiguiente, de la música: escuchamos no sólo con los oídos, sino también con el cuerpo. Nos retorcemos con los sonidos de alta intensidad, antes de que el cerebro trate de entenderlos. Es, por tanto, un error situar a la música y a la violencia en dos categorías separadas. Como Daughtry escribe: el sonido por sí mismo, puede ser una forma de violencia. La detonación de granadas emplaza ondas supersónicas de explosión que al frenarse se convierten en ondas sonoras; y tales ondas tienen una influencia directa sobre los traumatismos que crean daño cerebral, alguna vez llamados “los shocks de la granada”. Tampoco es casual que se registren síntomas post traumáticos de estrés con la mera escucha de señales sónicas. Los residentes de Nueva York, por ejemplo, aún a semanas de distancia del fatídico 11 de septiembre, podían saltar por los aires con una llanta que se tronaba.

Es fundamental anotar que el sonido retiene un poder inimaginable por ser, precisamente, inescapable; satura el espacio y puede atravesar las paredes. El citado Quignard reflexiona en el libro antedicho:

“Ya sean cuerpos, habitaciones, apartamentos, castillos o urbes amuralladas, el sonido lo atraviesa todo. Por ser inmaterial, rompe cualquier barrera… Escuchar no es como ver. Lo que se ve puede abolirse con los párpados, puede ser removido por cortinas o persianas, o puede volverse inmediatamente inaccesible por paredes. En cambio, lo que se escucha no conoce párpados, ni persianas, ni cortinas ni paredes. El sonido se infiltra y viola…”

El hecho de que los oídos no dispongan de párpados –o de tapones para remedarlos– explica por qué los sonidos indeseables desatan reacciones tan extremas. Nos enfrentamos a exitosos invasores sin rostro, nos tocan manos invisibles, nos violentan agresores ubicuos, nos pasman agentes de esa nada que puede corromper el todo. Nos ultrajan sin que podamos defendernos, nos humillan, nos degradan por doquier. En la calle, en el transporte público, en las playas, los restaurantes, las tiendas.

Los avances tecnológicos, especialmente en el diseño de bocinas y altoparlantes de última generación, han incrementado hasta niveles surrealistas los poderes de invasión del sonido. En el interesante libro de Juliette Vocler Extremadamente fuerte: El sonido como arma3 se detallan los intentos para manufacturar artilugios mecánicos que logran debilitar al enemigo o que dispersan muchedumbres. Los artefactos de largo alcance, mejor conocidos como “cañones sonoros” emiten pulsaciones sonoras que alcanzan los 149 decibelios, suficientes para causar un daño auditivo permanente. (Continuará)

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1       Haine de la musique, en el original.

2       Editado por la Oxford University Press.

3       Publicado por la New York Press.

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