Doña Rosario

Rosario Ibarra de Piedra, activista y exsenadora. Foto: Benjamin Flores

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Nadie mejor que Rosario Ibarra de Piedra para ser reconocida con la medalla Belisario Domínguez. Desde 1974, cuando el Estado desapareció a su hijo y a centenares de muchachos, doña Rosario es un símbolo de la resistencia de decenas de miles de madres y padres que desde entonces han visto desparecer o morir a sus hijos en manos del Estado y ahora también del crimen organizado. Por lo mismo, nadie más idónea para rechazarla que ella. No se recibe un premio de manos del representante de un Estado que desde el 68 carga sobre sus espaldas centenas de miles de desaparecidos, asesinados y una cada vez más grave inseguridad.

Doña Rosario, sin embargo, no podía asumir esa responsabilidad que Hermann Bellinghausen tomó para sí cuando en 1995 rechazó el Premio Nacional de Periodismo. Como representante de las víctimas de México estaba obligada a rechazar la medalla; como compañera de lucha y amiga de López Obrador, a recibirla.

Frente a esa doble responsabilidad, doña Rosario encontró un justo medio. Aceptó la presea, pero inmediatamente la dejó en custodia del presidente. Doña Rosario aceptó, pero no concedió. Su ausencia en la ceremonia de premiación y su carta, leída en voz de su hija Claudia, tienen esa doble virtud. Después de pagar la deuda con el compañero de lucha llamándole “querido amigo”, de narrar la historia aún inconclusa de las madres del Comité ¡Eureka!, de citar las palabras de su nieto para recordarle la carga de “tristeza y desolación” que la injustica hereda a las subsecuentes generaciones –“Abuela […] quiero que sepas que he vivido muy enojado y hoy estoy lleno de rabia y de indignación […]”–, remató: “Esta presea que lleva el nombre de un gran revolucionario […] trae consigo un gran fardo moral ineludible para mi conciencia que me alienta más a continuar luchando para liberar a esa justicia que fue amordazada y llevada a una cárcel clandestina hace ya tantos años.

“Señor presidente Andrés Manuel López Obrador, querido y respetado amigo: No permitas que la violencia y la perversidad de los gobiernos anteriores siga acechando y actuando desde las tinieblas de la impunidad y la ignominia, no quiero que mi lucha quede inconclusa.

“Es por eso que dejo en tus manos la custodia de tan preciado reconocimiento y te pido me la devuelvas junto con la verdad sobre el paradero de nuestros queridos y añorados hijos y familiares y con la certeza de que la justicia anhelada los ha cubierto con su velo protector.”

Doña Rosario dejó en prenda al amigo y al presidente la responsabilidad del cobro de una deuda inmensa de justicia. No sólo la que el Estado le debe a ella y a las madres de ¡Eureka!, sino a las cientos de miles de madres y padres que desde el 68 hasta nuestros días el Estado lleva consigo.

Doña Rosario tiene, sin embargo, una extraña fe en que el gobierno de López Obrador lo hará. Yo no la tengo. No sólo porque mi fe pertenece a Dios, sino porque la manera en que AMLO ha traicionado a las víctimas negándose, como lo prometió en campaña, a diseñar una política de Estado basada en la Justicia Transicional, y la manera improvisada y simplista con la que hasta ahora ha abordado la tragedia humanitaria del país y la emergencia de la nación –los sucesos de Culiacán son su más clara muestra– no permiten abrigarla. Sólo durante el año que lleva su gobierno hay cerca de 30 mil asesinados. No sabemos aún cuántos desaparecidos.

En 2011 (lo narro en mi novela de no ficción El deshabitado), a raíz del asesinato de mi hijo Juan Francisco y de seis amigos suyos, hice un gesto semejante al de doña Rosario con un hombre que no era ni es mi amigo, pero que entonces era el presidente de la República y el responsable no sólo de la muerte de mi hijo, sino de los 40 mil asesinados y 10 mil desaparecidos de una guerra mal planeada, cuyas consecuencias seguimos padeciendo. Responsable también, como hoy el presidente en turno, de la desaparición de Jesús Piedra y de cientos de miles que antecedieron a los de su administración.

Poco antes de iniciar la gran marcha del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad a la CDMX hablé con él. Le recordé su responsabilidad en mi sufrimiento y en el de la nación, le dije lo que haríamos y le entregué en custodia no una medalla de Estado, sino algo más íntimo: una medalla fabricada por Arturo Guevara que mi madre me dio: una crucifixión, el gesto de la injusticia más terrible y del acto de amor más inmenso en la tradición cristiana. “Un día te la devolveré”, me dijo. “Devuélvemela –respondí– cuando el país haya encontrado la paz y la justicia que le arrancaron”. Calderón guardó silencio y no ha podido devolvérmela. Espero que aún le pese en su conciencia y en su cuello. Andrés Manuel, en cambio, respondió que estará a la altura de la exigencia.

No lo creo. Entre su palabra y sus hechos hay una inmensa distancia. Sin embargo, en mi desesperanza no dejo de imaginar que un día le devolverá la medalla a doña Rosario para que la justicia no tenga ya de qué avergonzarse, para que nuestros nietos no carguen más con “la rabia y la indignación” de tantas décadas de horror, para que podamos saber que nuestra lucha no fue en vano, y entonces, sólo entonces, el Estado y los perpetradores encuentren quizá el perdón de las víctimas y su lugar en el mundo de lo humano que perdieron.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales, esclarecer el asesinato de Samir Flores, detener los megaproyectos y devolverle la gobernabilidad a Morelos.

Este análisis se publicó el 3 de noviembre de 2019 en la edicción 2244 de la revista Proceso

 

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