Lo laico no quita lo decente

Cartón Rocha

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- La semana pasada me acordé de un intercambio, allá por 2008, cuando apareció el libro El Estado laico y sus malquerientes de Carlos Monsiváis:

–¿Para qué un libro sobre el pasado cristero? –le dije para incomodar, mientras lo hojeaba.

–Es sobre el futuro panista –respondió levantando las cejas hirsutas.

Los debates que la semana pasada suscitó la iniciativa de una diputada por Zacatecas para borrar de la Constitución mexicana la frase “separación de Iglesia y Estado” me dejaron un poco perplejo sobre las nociones de laicismo que habitan en las entrañas de nuestros representantes. Más allá de que en esta legislatura han existido iniciativas para dotar de buzones a los hospitales para que por ahí se deslicen bebés no deseados; penas de cárcel para árbitros de futbol vendidos; y, en la CDMX, la propuesta de vender cerveza caliente para desalentar su consumo, no importa tanto el hecho aislado, sino lo que sacó a flote: una confusión de conceptos y de historia nacional.

1. El Estado laico es uno sin religión, no uno –como pretenden algunos despistados– que incluya a todas las religiones. Se debe a las guerras de religiones en Europa, entre protestantes y católicos, y de éstos contra el Islam. El Estado se construye entonces, no en lo que divide tan enfáticamente a sus ciudadanos, sino ante lo que los hace iguales: su estatus de seres humanos, sus derechos humanos. El Estado es neutral en las creencias personales y activo en la protección de sus derechos comunes. Así de simple. La idea de un Estado que cobije todas las creencias nos devuelve al origen del conflicto: Marsilio de Padua, en el siglo XIV, ya veía como un problema el que un soberano decidiera sobre la verdad divina obligando a sus súbditos a creer en ella, so pena de ser castigados. La reserva de Marsilio era todavía teológica: ¿cómo puede ser verdadera una creencia coaccionada? Y, más aún, ¿cómo una autoridad podía abrogarse esa verdad divina sin cometer un pecado de soberbia? Tarde o temprano, el asunto acaba siendo el mismo desde hace siete siglos: ¿cuáles religiones debe adoptar el Estado? ¿Cuántas son todas?

La Inglaterra de Cromwell, atosigada por las guerras entre protestantes y católicos, entre obedientes al rey y súbditos del Papa, separó tres tipos de libertades: la religiosa, la civil y la doméstica. En la civil residía la libertad política, sin ninguna religión, de “encontrar juntos la verdad de cada momento”. En todo instante, debe existir la posibilidad de que cada hombre y mujer intenten buscar el conocimiento (de ahí, la propuesta de eliminar la censura previa a las publicaciones), educarse a sí mismos, y decidir.

Más tarde, Baruch Spinoza esgrimirá el asunto de un Estado por encima de las divisiones de las creencias, del temor y la esperanza, es decir, en el que se obedece sólo por la razón. La vida en función de esa razón es la libertad política y constituye al Estado mismo: un representante insensato, aunque actúe por propio interés, provocará la indignación popular. El acto injusto de un gobernante causará su propia ruina y no importará si lo aprueba el Papa. Los ciudadanos lo son ante la ley y el Estado y no agrupados en religiones, institucionales o no, que les dicten qué hacer. La esfera pública se constituye, no a través de las creencias personales, sino del debate de los asuntos que competen a todos. Para el siglo XVII, John -Locke parte de dos principios para el Estado: los hombres nacen libres y todo gobierno existe sólo por el consentimiento de sus gobernados. Es un Estado constituido por fuera de toda creencia o superstición. Separados sus asuntos de lo que cada individuo cree en la soberanía de su hogar. No como pretenden los que usan ahora la palabra “laico” como sinónimo, no de separación entre lo espiritual y lo político, sino de abarcar a todas las religiones, así sean las que creen en los Ovnis.

2. Releyendo el libro de Monsiváis, me queda claro el despliegue histórico de la República en México. Trata el laicismo como dos procesos simultáneos: el escape de la vida cultural de entre las paredes de las iglesias y la división tajante –guerras de por medio– entre las funciones del representante electo y las del arzobispo que tiene autoridad por quién sabe qué juegos de lealtades y traiciones con el Papa. Las pasiones espirituales, dice Monsi, se habitan en el México del siglo XIX en la poesía, las artes, “el culto al paisaje”, el amor romántico y el patriotismo; es decir, lo épico de la entrega solidaria. Es decir, se puede ser íntegro, ético y honesto sin necesidad de coacción religiosa. Monsiváis apunta mucho más lejos: la República requiere, para darse sentido, del laicismo.

Este punto me parece importante ahora que existe una retórica del perdón, la memoria y la justicia. Es la diferencia entre pedirle perdón al otro y pedírsela a Dios porque te va a castigar. Es el caso de los sicarios o de los expresidentes que alentaron a un cártel que dejó 240 mil muertos en el país. Para modificar sus conductas, es necesario que le pidan perdón a los que hicieron daño, no a Dios. Ese perdón del otro ser humano es muy distinto del que otorga el sacerdote, que observa el arrepentimiento y da como castigo rezar 500 rosarios y una limosna para el techo de la iglesia. En ésta, la relación primaria es con un Dios que prohíbe el mal y no con quien debe ser, las víctimas. La víctima no es Dios contra el cual pecaste, es con las víctimas que sufrieron los asesinatos de sus familiares, la desaparición de sus cuerpos, el desplazamiento obligado de sus comunidades. Usted dirá que no hay diferencia, mientras se logre el objetivo: que los sicarios ya no maten y que los expresidentes devuelvan la riqueza que les dejó la guerra “contra el crimen organizado”. Pero sí que existe.

3. El punto es la creación de una comunidad. Si los que hacen el mal no piensan en sus víctimas y sólo en que contravinieron un mandamiento, el perdón de las víctimas no llegará, es decir, y no puedo enfatizar más esto, no abandonarán su ira, sus deseos de venganza, su necesidad de ser compensadas frente a frente por sus victimarios. Por eso, son las religiones las que ensalzan la violencia: mientras tengan el permiso de Dios o de alguno de sus representantes en la Tierra, podrán asesinar, desollar, descuartizar a sus víctimas. ¿No llevan los sicarios a bendecir sus “cuernos de chivo” a las iglesias? La idea de “portarse bien” no debe ser con los dioses que la legisladora quiere incluir en la República, sino con los demás, que no son medios para lograr un pago y, entonces, una camioneta y joyas, sino que son fines en sí mismos. Esa idea es laica, no religiosa. Proviene de lo que surge a partir de la separación entre Iglesia y Estado: los derechos humanos. Proviene de la idea de que somos comunidad: que tu víctima es padre, hijo, amante, pareja, amigo, y no sólo “daño colateral”, un pecado de las circunstancias que obtendrá de tu sacerdote predilecto un perdón incondicional. Sentir que le has hecho daño a otra persona es muy distinta de pensar que has infringido las reglas divinas porque, entonces, tu relación primaria con el mal es con alguien a quien, a diferencia del Creador, sí siente dolor.

4. Un grafiti de las protestas contra el neoliberalismo en Santiago de Chile exhibe con precisión esta diferencia entre religiones del perdón incondicional y la política cívica: Jesús crucificado, al que le falta un ojo –en referencia al blanco ocular al que los carabineros decidieron dispararle– dice: “No los perdones, porque sí saben lo que hacen”. Lo que palpita en el fondo del consejo es que no son las víctimas las que deben ofrecer el perdón a sus verdugos, sino que éstos deben comparecer como tales ante la opinión pública. La resignación –tan cara al nacionalismo revolucionario mexicano y a las dictaduras latinoamericanas– no existe dentro de una política laica, sino como restitución del daño, disculpa pública, memoria, y la garantía de que ese mal en particular no debe repetirse. En el catolicismo, el perdón de los sacerdotes no garantiza ni que se vea a la víctima como un igual, un doliente, un ser humano vulnerable, ni que no se repita el daño; siempre habrá un perdón incondicional.

5. El laicismo mexicano, nos dice Monsiváis, no proviene de los debates filosóficos de Spinoza y de Locke, sino de la revolución francesa. Es por eso que es político, jacobino, anticlerical. La reforma juarista nacionaliza los bienes de la Iglesia, prohíbe los cultos públicos, suprime las órdenes religiosas y sus fueros, abre calles que albergan conventos, convierte la educación pública en el centro de la razón; es decir, de “la libertad de filosofar”. Es en las escuelas públicas donde se construye la ética republicana, que no es ya más una “verdad revelada”, sino producto del debate de los hechos, entre iguales. Eso crea república. La religión, sea cual fuere, no es necesariamente comunitaria porque privilegia la relación con Dios, el aislamiento de sus ascetas, la exclusión de los distintos. Y no es, en modo alguno, en sí misma pacificadora. Todo lo contrario. Engendró dos guerras mexicanas. Lo que le hace falta al país violento y roto no es la bendición y el bautismo, sino seguir construyendo, desde las escuelas públicas, la ética de la república, una verdad dialogada.   

Esta columna se publicó el 22 de diciembre de 2019 en la edición 2251 de la revista Proceso

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