Olvidados pluriseculares

Cartón de Gallut

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Por tercera ocasión, esta columna concluye sus entregas del año acercándose a figuras relevantes del mundo musical ‒tanto culto como popular‒ cuyas efemérides no han tenido las celebraciones o remembranzas que su legado y valía artística habrían merecido. Creemos que es un acto primario de justicia y, siendo francos, reconocemos que esa es una de las aspiraciones principales de nuestro trabajo editorial.  

Para este 2019 hemos seleccionado a cuatro personajes ‒dos mujeres y dos hombres‒ cuyos nacimientos están escalonados en cada centuria a partir de 1619. Hay tres europeos ‒una italiana y dos alemanes (un hombre y una mujer)‒ y, por supuesto, contamos con un mexicano. Sobre su fama, podemos adelantar que sus nombres no son tan desconocidos como lo es su obra ‒con la excepción, quizá, del compatriota‒, cosa que nos parece una afrenta. Y en cuanto a su filiación genérica, también podemos anticipar que, dos de ellos ‒la italiana y el connacional‒ se enfilaron hacia la inclusión, es decir, abrieron sus partituras y sus almas para el deleite de mayorías.

Una generosa cortesana De cuna “incierta” mas no de talento, la veneciana Bárbara Strozzi (1619-1677) fue un caso excepcional para su género y su tiempo. No sólo brilló más que muchos de sus colegas hombres, sino que tuvo la extraña fortuna de que sus composiciones se imprimieran, se estudiaran y se exportaran; incluso, está considerada como responsable de la génesis de la cantata, una de las formas musicales que más popularidad adquiriría con el correr de los lustros. Paradójicamente, para Bárbara la “ilegitimidad” de su nacimiento jugó a su favor promoviendo un ascenso social impensable para cualquier mujer “bien” nacida. Esclarezcamos los pocos hechos sabidos: Bárbara fue hija de una sirvienta que prestaba servicios en la mansión del acaudalado poeta Giulio Strozzi, quien no tuvo reparos en darle su apellido y auspiciar su educación. Así, ya en su adolescencia, nuestra heroína comenzó a exhibirse como cantante virtuosa y a dar a la imprenta sus obras. Entre sus maestros figuró el eminente Francesco Cavalli quien, junto a Claudio Monteverdi fue uno de los artífices de la ópera. Incidentalmente, Monteverdi fue amigo de la familia Strozzi y también debe haber fungido de padrino musical de la joven artista.

Son 125 las composiciones vocales que publicó[1] y de sus prólogos es donde emanan las exiguas informaciones biográficas conocidas. Se ignora porqué murió en la indigencia y cómo fue su relación con el noble Giovanni Widman, de quien se presume que tuvo 4 hijos “bastardos”. La única pintura que de ella sobrevive, da las claves de cuáles fueron las actividades que le dieron sustento: sostiene una viola de gamba con una mano y la otra la apoya en una mesa donde hay una partitura. Empero, lleva una flor en la revuelta cabellera, está maquillada en demasía y el escote revela sus gracias, cual mítica Flora que dispensa generosamente encantos para el intelecto y los cuerpos…

Un papá fuera de serie Antes de iniciarse en las arduas artes de la paternidad, este hombre nacido en 1719 en Augsburg, otrora Sacro Imperio Románico Germánico, logró forjarse una sólida reputación como un violinista y organista de mérito y como un maestro, tanto de capilla como de aula, comprometido y apasionado. También tuvo coqueteos con la jurisprudencia y la religión, de hecho, llegó a considerar seriamente trocarse en un canónigo, creyente y facilitador de milagros. Sin embargo, su amor por la música definió su destino y éste lo selló casándose con una cantante que le dio siete hijos. Lamentablemente, de esa extensa prole sólo sobrevivieron dos, una niña y un varoncito, quienes transfigurarían para siempre su vocación profesional.

Para su nena se dio a la tarea de componerle un libro de pequeñas piezas graduadas en su dificultad,[2] y al ver su precoz desarrollo no dudó en tildarla de prodigio. Pero eso no sería nada, pues con el nacimiento del niño, cinco años más tarde, y con la constatación de sus capacidades sobrehumanas, verdaderamente sintió que era su obligación encausar su genialidad y darla a conocer en los cuatro rumbos del universo. Aplazó todo, empezando por sí mismo, y se consagró, de la mañana a la noche, a educar a su vástago y a registrar meticulosamente sus progresos. Cuando el infante estuvo listo, organizó las giras y hubo de convertirse en su orgulloso apoderado y hábil empresario. Todos sus esfuerzos fueron coronados con creces, pues sin su ayuda, el portento que trajo al mundo en 1756 no habría podido hacerlo solo. Curiosamente, en ese año dio a la imprenta un famoso tratado de violín con el que se despidió de los laureles propios. El nombre de pila del devoto progenitor era Leopold y los apellidos de la inigualable familia ‒paterno y materno, respectivamente‒ eran Mozart y Pertl.

Una virtuosa abnegada Para Clara Wieck (1819-1896), el apelativo de súper mujer resultó más que apropiado. Para empezar, fue dócil a las enseñanzas de su padre, un reputado aunque tiránico maestro de música que se propuso convertirla en una gran pianista, a la altura de las celebridades masculinas de la época. Eso no fue difícil, pues Clara venía genéticamente predispuesta, ya que también en el costado materno había fermento artístico en abundancia. Tanto su madre, otra pianista y maestra, como su abuelo, un célebre cantante y estricto profesor de música, habían brillado en su natal Leipzig, ciudad germana que en esa época era un centro cultural de excelencia, con una de las mejores orquestas de entonces (la Gewandhaus Orchester).

Tristemente, la tiranía paterna fue causante de que su madre abandonara el hogar dejando a Clara a expensas, desde los cinco años, de la sed de reconocimiento del maestro Wieck. Como resultado, la niña dio su primer concierto a los 9 años y a partir de los 11 empezó a componer[3] y a recibir jugosas remuneraciones materiales por sus presentaciones. Mas fue en esa época cuando hizo su aparición, como alumno de su padre, un prometedor joven pianista nueve años mayor que ella, volviéndose inevitable que surgiera entre ambos la afinidad. El joven intruso se llamaba Robert Schumann y, para ser breves, digamos que Clara unió su vida a la de él ‒a pesar de su padre‒ y se proclamó como la principal intérprete de sus obras. La crianza de ochos hijos y los desajustes mentales de Schumann ‒intentó suicidarse y acabó en un manicomio‒ abrieron huecos enormes en su personalidad y, obviamente, en su carrera musical. En su abnegada viudez encontró consuelo en el talento y los brazos de Johannes Brahms.

Un agrónomo que cultivó melodías Para el oaxaqueño Álvaro Carrillo (Cacahuatepec, 1919 – D. F., 1969) la existencia fue una lucha continua para conciliar su pasión por la música y la necesidad de afianzarse a una actividad que le garantizara su mantenimiento. Desde niño sintió fascinación por las músicas que pululaban en su tierra, particularmente los sones costeños, mas no contó con apoyo para su instrucción artística. Tuvo que esperar hasta la adolescencia para adentrarse, casi de manera autodidacta, en los misterios de la música y sus efectos en el ánimo humano, sobre todo el femenino, ya que su primera canción Celia, la compuso para una compañera que lo obnubiló.

Después de haber cursado unos años en un internado agrícola indígena, Álvaro fue obligado a transferirse al Estado de Guerrero ‒el internado fue clausurado por una revuelta debida a un reparto de tierras‒, donde fue inscrito, nada menos que en la infaustamente famosa Escuela Normal de Ayotzinapa. Concluida esa etapa de estudios, fue obligado, una vez más, a mudarse y a inscribirse en otro centro educativo. La decisión familiar recayó en la Escuela Nacional de Agricultura de Chapingo, donde hubo de vérselas con el régimen militarizado que entonces imperaba y su naturaleza “bohemia” y soñadora. Estuvo a punto de desertar, mas el director de Chapingo lo convenció de que concluyera y que no se dejara tentar por los cantos de sirena de una ocupación que no iba a darle de comer. Lo único que recordó con gusto fue la canción Adiós a Chapingo, que fungió de despedida de su vida estudiantil.

Ya como ingeniero, encontró trabajo en la Comisión Nacional del Maíz, pero siguió componiendo en sus ratos libres con una inspiración melódica que iba en aumento. Una tras otra sus canciones se fueron imponiendo, al punto que trascendieron fronteras (Frank Sinatra grabó dos).[4] Y cuando, por fin, la bonanza empezó a sonreírle, se le atravesó un coche en sentido contrario, matándolo en segundos…

 


[1] Audio 1: Bárbara Strozzi – Aria É pazzo il mio core op. VIII. (La Risonanza. Emanuela Galli, soprano. GLOSSA, 2001)

[2] Nos complace anunciar que el audio que aquí anexamos es un estreno mundial discográfico. Audio 2: Leopold Mozart – Menueto für Nannerl (Alauda Ensemble. Samuel Máynez Champion, director. Nestlé, HIMFG, 2003)

[3] Se sugiere la escucha de su Romance varié op. 3, dedicada, precisamente, a su amado Robert. https://www.youtube.com/watch?v=IxZCUZxQU4Y

[4] Audio 4: Álvaro Carrillo – Se te olvida (Frank Sinatra traducida como Yellow Days). https://www.youtube.com/watch?v=P0G5alS8SAg&list=RDP0G5alS8SAg&start_radio=1

 

 

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