Matar al ébola: lecciones de Sierra Leona

Fátima, una niña perdió a sus padres por el ébola en Sierra Leona. Foto: Twitter @UNICEFenEspanol Fátima, una niña perdió a sus padres por el ébola en Sierra Leona. Foto: Twitter @UNICEFenEspanol

FREETOWN, Sierra Leona (apro).- Desde agosto de 2018 la segunda epidemia más mortífera del virus del ébola de la que se tenga registro ha terminado con la vida de más de dos mil personas en los confines orientales de la República Democrática del Congo, de acuerdo con cifras de la Organización Mundial de la Salud, que lidera los esfuerzos por erradicar el brote infeccioso.

A más de un año de iniciada la crisis sanitaria y con nuevos casos registrados cada semana, tanto en el antiguo Zaire como en su vecina Uganda, cada vez son más las voces que llaman a voltear a Sierra Leona en busca de respuestas. El pequeño país del occidente africano venció en marzo de 2016 la epidemia de ébola más mortífera hasta la fecha.

“En memoria de Ramatulai Hafsatu Sankoh, enterrada el 28 de febrero de 2016 a la edad de 7 años”, reza el epitafio pintado a mano sobre la modesta lápida de concreto rodeada de crecidas matas de pasto y coronada por un tímido árbol de papaya que apenas sobrepasa el metro de altura. La solitaria tumba yace en una enorme necrópolis en los arrabales de la comunidad sierraleonesa de Waterloo, en la periferia conurbada de la imposible capital, Freetown. El silencio en derredor pesa, casi tanto como la historia de quienes ahí encontraron su reposo final.

“Sí, ella fue la última”, afirma con la mirada perdida Joseph, uno de los ocho sepultureros que están a cargo del cementerio de Waterloo, popularmente conocido como “cementerio del ébola”. “Tenía siete años, pero parecía de varios menos cuando la enterramos, el cuerpo deshidratado y maltrecho, carcomido por el virus” recuerda el cuidador sepulcral de la que oficialmente se reconoce como la última víctima de la infame enfermedad mortal africana en Sierra Leona. “Con ella, murió el ébola también”, añade salomónico Joseph, antes de emprender el regreso a las puertas del camposanto por el mismo trecho de tierra labrado por su machete que nos llevó hasta la tumba de Ramatulai.

Entre mayo de 2014 y junio de 2016 un brote de ébola sometió a Sierra Leona y a sus vecinos países de Liberia y Guinea; declarado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) como una emergencia de salud pública de interés mundial, la primera en su tipo en el continente negro desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Una epidemia que en poco más de dos años provocó la muerte de casi doce mil personas en África Occidental, levantando las alarmas del mundo entero y escribiendo un importante, aunque tétrico, capítulo en los protocolos de atención médica de emergencias.

Fue una apoteosis

“Fue devastador en términos de los costes económico y la pérdida de vidas humanas, pocas veces en mis muchos años dedicados al servicio de comunidades desfavorecidas he visto semejante apoteosis”, confiesa Lily Chattopadhyay, pediatra americana basada en Los Ángeles que ofreció asistencia médica gratuita durante un par de meses terminada la epidemia a algunos de los más de diez mil niños huérfanos que dejó el ébola en Sierra Leona.  Si bien, a la fecha, el brote de ébola que devastó al pequeño país subsahariano hace tres años sigue despertando temor entre los supervivientes -son contadas las personas que no conocieron en vida a alguien afectado por la corrosiva enfermedad-, su relativamente rápido sometimiento y la paulatina recuperación del país, sus habitantes y su economía, ofrecen lecciones importantes.

Al menos así lo afirman varios especialistas, como los investigadores Melissa Parker, profesora de antropología médica de la Escuela de Higiene y Medicina Tropical de Londres, y Tim Allen, profesor de antropología del desarrollo de la Escuela de Economía y Ciencia Política de Londres; quienes en febrero de 2018 publicaron el estudio “¿Qué pasará cuando haya otra epidemia? Ebola en Mathiane, Sierra Leona” en el blog de la Escuela del segundo, argumentando que lo vivido en Sierra Leona ha de tomarse en consideración ante eventuales brotes de ébola en el futuro, incluido el actual en la República Democrática del Congo (RDC). Sobre todo, en lo que respecta a las comunidades afectadas y su capacidad de decisión y acción ante la tragedia, por encima de los protocolos de organismos internacionales como la OMS o de los protocolos de las diversas organizaciones no gubernamentales que trabajan en la materia, como Médicos Sin Fronteras.

La actual epidemia de ébola en el Congo inició en agosto de 2018, cuando cuatro personas en la oriental provincia de Kivu del Norte dieron positivo en las pruebas de laboratorio. En cuestión de días docenas de personas más infectadas por el mortal virus cuyos síntomas más evidentes incluyen fiebre, dolores de cabeza y musculares, debilidad, fatiga, diarreas y vómitos, fueron detectadas en las adyacentes provincias de Kivu del Sur y de Ituri. Para noviembre del año pasado, la OMS catalogaba, oficialmente, al brote epidémico congoleño como el segundo más grave en la historia, tan solo detrás del que afectó a Sierra Leona entre 2014 y 2016. En junio de este mismo año, la emergencia médica cruzaba la frontera con Uganda, a través de un pequeño de cinco años proveniente del Congo. De acuerdo con la información publicada la última semana de octubre por la OMS, la epidemia de ébola en esa parte del África Central se ha cobrado la vida de dos mil 171 personas, aunque hay un total de tres mil 250 infectados con el virus.

Indiferencia internacional

“Si perdemos una semana en la respuesta contra la epidemia, arriesgamos perder la guerra contra el ébola” declaró Antonio Guterres, Secretario General de Naciones Unidas, durante su visita el pasado mes de septiembre al Centro de Tratamiento contra el Ébola en la localidad de Mangina, provincia de Kivu del Norte, en la RDC, donde se registraron los primeros casos de la enfermedad hace más de un año y en donde el organismo internacional a través de la OMS, tiene apostados a 650 especialistas que a la par del ejército congoleño, las autoridades locales y una plétora de organismos de asistencia internacional tratan de paliar el brote antes de que se convierta en una desgracia mayor de la que golpeó a Sierra Leona, Liberia y Guinea hace tres años.

Las palabras de Guterres se dan en un contexto de creciente consternación pues el llamado a la comunidad internacional para aportar recursos que permitan combatir la peligrosa pandemia parece haber caído en oídos sordos. De acuerdo con estimados de la propia OMS se requerían cerca de 287 millones de dólares antes de finalizar el 2019 para hacer frente a los retos pendientes, entre ellos identificar a dónde y cómo se está expandiendo el virus.

De dicha cantidad, reconoció Guterres durante su paso por la RDC, solo el 17% se ha recabado hasta el momento. La volatilidad política y social de las provincias congoleñas afectadas por la más reciente epidemia de ébola es un factor que preocupa a más de uno y que puede, de acuerdo con varios de los participantes en las operaciones de contención, agravar las implicaciones del brote virulento. Los remanentes de una guerra civil que no termina de resolverse después de más de una década, la extrema pobreza, el elevado número de personas desplazadas, migrantes y refugiados, y la perenne presencia de grupos paramilitares armados hacen del oriente de la RDC una de las regiones más violentas, peligrosas y, ahora también, enfermas de toda África.

Tumbas sin nombre

“Había días en los que enterrábamos entre 20 y 25 cuerpos al día, trabajábamos sin parar y al terminar se apilaban más bolsas negras con cuerpos que urgía sepultar”, recuerda el sepulturero sierraleonés de treinta y pocos años, grandes y expresivos ojos color marrón, que camina descalzo entre la maleza del enorme cementerio de Waterloo mientras me muestra, con rostro acongojado, la sección infantil del camposanto.

Una centena de tumbas que guardan, celosas, los restos de niños, de meses, semanas o incluso días de nacidos, muertos por el ébola. Muchas de sus lápidas no llevan nombre tan solo un melancólico “conocido por Dios”.

“El ritmo al que recibíamos los cuerpos y la urgencia de enterrarlos para evitar posibles contagios, hicieron en muchos casos imposible que se pudiese identificar por nombre a las víctimas”, aclara Joseph. En los peores días de la epidemia en Sierra Leona, a mediados del 2015, el ejército tomó el control de la situación confinando a los contagiados en zonas de cuarentena, estableciendo toques de queda e impidiendo, contrario a lo que dictan las costumbres locales, que familiares tuviesen contacto físico alguno con los fallecidos por el virus, so pena de prisión.

“De cierta forma, todas esas medidas, acompañadas por el pronto arribo y auxilio de unidades médicas especializadas del exterior, ayudaron a revertir la tendencia mortífera”, reconoce Bassie Johnson, un joven universitario que en aquel momento trabajó como voluntario para la organización local YACAN, llevando alimento a las secciones de la ciudad puestas bajo cuarentena durante la pandemia.

“Utilizábamos bolsas de poliuretano porque es el material que mejor prevenía el posible contagio”, recuerda sobre los miles de cuerpos envueltos en ese negro manto que también asistió al ejército, el único encargado de hacerlo, a llevar hasta el cementerio de Waterloo, inaugurado en 2015 tras la saturación de los pocos localizados en la capital y que hoy alberga a 10 mil víctimas de la tragedia.

El cerco militar interpuesto en Sierra Leona que en alguna medida explica el fin de la larga pesadilla del ébola en esa nación fue de cierta forma sencillo en un país de sus dimensiones y su densidad de población, sería algo impensable en la República Democrática del Congo, en donde las tres provincias que hoy se ven afectadas por el ébola tienen en conjunto una extensión geográfica que supera la de Sierra Leona.

Reto en la RDC

En la RDC, un reto a vencer es precisamente la coordinación entre las diferentes dependencias de gobierno que participan en la respuesta a la crisis epidemiológica.

“El punto de inflexión, más allá de la férrea respuesta militar y del cierre de las fronteras, fue el combatir la desconfianza de la población. Cuando logramos convencer a los sierraleoneses de la gravedad de la situación es que las cosas comenzaron a cambiar”, reflexiona Bassie sobre la enorme desconfianza que durante el primer año y medio que duró la epidemia en Sierra Leona tuvo la población del país.

“Se creía que todo era un invento, del gobierno o de los países extranjeros, para someter, por enésima vez, al pueblo”, rememora el veinteañero a punto de graduarse como abogado legista.

Esa misma desconfianza, fruto de años de conflictos armados, inestabilidad política y diferencias ancestrales entre etnias y comunidades, es algo que la mayoría de los participantes en los esfuerzos de combate al ébola en el Congo también identifican. Y algo de lo que podría aprenderse de lo vivido por Sierra Leona, así lo afirman en un reciente artículo intitulado “El contexto importa en la lucha contra el ébola: lecciones de África Occidental para la República Democrática del Congo”, publicado por la revista The Conversation, las investigadoras Shelley Lees, profesora asociada de antropología, género, violencia y VIH de la Escuela de Higiene y Medicina Tropical de Londres, y Luisa Enria, profesora de desarrollo internacional de la Universidad de Bath.

“La generación de confianza y las negociaciones conducidas con sensibilidad con las comunidades locales son muy importantes” en contextos como el que se vive en la RDC escriben Lees y Enria. Ambas acciones, conforme se realizaron en Sierra Leona, podrían replicarse ahora en el Congo, afirman las investigadoras británicas. Ello, concluyen en su artículo, aunado a servicios integrales de salud que combatan problemas de salud pública más allá del ébola, y el combate a prejuicios occidentales sobre la “ignorancia” de las comunidades africanas afectadas por la epidemia, podrían llevar a una solución en la emergencia congoleña.

“Fueron escenas que aún hoy se repiten en mi cabeza durante las noches de insomnio; los soldados repelían incluso con golpes y cachazos a los familiares que intentaban acercarse hasta el lugar de los entierros a como fuera lugar para saber en dónde reposarían sus seres queridos”, confiesa Bassie con tono fúnebre mientras pasamos frente a un pequeño y desgastado monumento erigido en el centro de Freetown conmemorando la vida de las decenas de miles de muertos por el ébola. El silencio que lo embarga, a pesar de estar rodeado de una vorágine de autos, mendicantes y viandantes, es tan pesado que todo lo calla, como en el cementerio de Waterloo.

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