Los sonidos del patriotismo (Primera parte)

Cartón de Gallut

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Como primer texto del año MMXX, esta columna se decanta por las músicas patrióticas, con las interesantes, contradictorias y muchas veces paradójicas historias que las han conformado, así como su enorme potencial para ser materia de inspiración compositiva. En ese sentido, son un verdadero manantial del que los compositores abrevan sin cesar. Inútil negar que atrás de toda creación sonora hecha para suscitar sentimientos de unidad nacional se esconde, férvido y coercitivo, un instrumento del poder del Estado y un vehículo de su propaganda. En última instancia, los himnos son las formas más efectivas, por encima de banderas y escudos, con las que cuentan las naciones para validar sus ansias de pertenencia, y a menudo sus anhelos de dominio.

Los símbolos patrios, derivados siempre de una raigambre mítica, surgen de un espacio apolítico ‒son previos y superiores a toda acción política‒, constituyendo la esencia misma de las naciones, esencia que por principio tendría que ser noble y buena, empero, la paradoja salta a la vista: los himnos o las marchas nacionales se entonan en aras de idealizar la emancipación y la libertad de los pueblos, pero legitiman al mismo tiempo el uso de las armas y la muerte de quienes las empuñan, en suma, subliman la violencia de Estado. Y en ella se cruzan el eje horizontal de la igualdad y el vertical de la autoridad. Cualquier canto patriótico enuncia, como refiere Esteban Buch, “el pacto que hace del individuo un ciudadano, es decir, un hombre libre, en la exacta medida en que hace de él alguien que obedece”. De allí que, cual emblema sonoro de las naciones, el empleo ritual de los himnos se preste para justificar los nacionalismos, las dictaduras, el militarismo y todas las vesanias posibles e imaginables.

Dicho esto, procedamos trazando líneas generales. En nuestros días existen 199 naciones independientes, sin embargo, el número de himnos propios es de 192 (193 si contamos el de la Europa Unida). ¿Qué pasa entonces con los siete faltantes? ¿Puede haber una nación que carezca de uno?… Por supuesto que no. La respuesta radica en que los colonialismos hacen que varios países usen el mismo himno de la nación de la que dependen, amén de que hay 9 casos en los que distintas repúblicas emplean la misma música, aunque con textos diferentes (abundaremos después). Por tanto, podemos decir que, en realidad, existen sólo 184 músicas “distintas” en el concierto de las naciones, mas usamos las comillas puesto que el asunto de los plagios es verdaderamente asombroso (también nos detendremos en ellos más adelante).

Por razones de espacio y por la índole de esta columna, será prioritario enfocarnos en la materia sonora, dejando de lado la cuestión de las “letras” aunque, curiosamente, ha habido naciones que utilizaron una marcha instrumental durante un largo periodo y ya después, mediante decreto presidencial, se les dotó de textos para ser cantados.

Con respecto a los compositores hemos de asentar que, salvo casos contados, son músicos menores, inclusive diletantes que en un raro momento de inspiración hallaron el tema melódico que trascendería. Son cuatro las posibles catalogaciones para definirlos: 1) Compositores de renombre que crearon la música para otros fines y que, después y sin que ellos lo supieran o lo aprobaran, su obra se utilizó para el himno. 2) Compositores profesionales que por su propia iniciativa o bajo encargo, compusieron el himno. 3) Músicos de profesión no siempre compositores ‒a menudo maestros‒, que en el momento oportuno escribieron el himno y 4) Aficionados a la música que en la ocasión especifica fueron capaces de componer el himno.

En cuanto a las nacionalidades de los creadores, la lógica patriótica haría creer que ostentan aquella del país que entona su himno, sin embargo ‒yace aquí una de las mayores contradicciones‒,  son nada menos que 46 extranjeros los que firmaron, sin la validación cultural e inclusive perteneciendo a la nación de la que se buscaba independizarse, las partituras en entredicho (el nuestro es un ejemplo claro).

Sobre las formas y las duraciones, podemos expresar que son de naturaleza simple, tanto armónica como estructuralmente y que, por lo general no exceden de un par minutos de extensión (naturalmente las estrofas se adecúan al mismo tema y su número, en casi todos los casos, se ha recortado). Y sobre las tonalidades, es espontáneo pensar que deberían estar en Mayor, no obstante, hay 13 himnos compuestos en tonalidades menores, que son aquellas que, y aquí está lo extraño, incitan sentimientos lúgubres y cupos, o de nostalgia y desazón anímica.

Vayamos ahora, con rigor cronológico, a su gradual aparición. El primer canto patriótico del que se tiene noticia no es, como podría suponerse, europeo ‒el prototipo de los himnos es una incuestionable aportación europea a la cultura planetaria‒, sino asiático. Se trata del himno japonés que fue compuesto como homenaje a su emperador en el lejano Siglo IX. Lamentablemente la música se extravió, sobreviviendo nada más la letra,[1] que deriva del poema Kokinshu del místico Ki no Tsurayuki (872-945).

En segundo lugar tenemos al himno holandés o de los Países Bajos que se concibió hacia finales del siglo XVI, durante la guerra de liberación de Holanda contra España. Irónicamente, los holandeses se olvidaron de volverlo oficial durante trescientos cincuenta años, es decir, hasta 1932, aunque funcionaba como himno propio desde 1626. El autor de la canción patriótica fue Adriaan Valerius van der Veere (1575-1625), quien la inituló Wilhemus-Lied, justamente para excitar los ánimos de las batallas que comandó Willem d´Orange-Nassau, mejor conocido como “Guillermo el Taciturno”. Como dato de interés, durante su paso por Holanda en 1766, el niño Mozart escuchó la obra, componiendo ex-profeso y tocando en Amsterdam sus siete variaciones Kv. 25.[2]

En el tercer puesto, pero el primero oficialmente acreditado del mundo, es el himno del Reino Unido, cuyo acto de nacimiento avino el 28 de septiembre de 1745 en Londres, con motivo de una representación teatral frente al Rey George I, quien ostentaba tanto la corona inglesa como la del reino germánico de Hannover. De autores ignotos ‒pudieron ser tal vez alemanes‒ la majestuosa melodía God Save the King puede sustituirse por Queen según el sexo del monarca en turno. Digno de nota es el hecho de que la doble dinastía del Rey Jorge hizo que el himno se utilizara indistintamente en varias regiones de la Confederación Germánica hasta el Siglo XX; de ahí que fuera utilizado desde 1811 hasta 1922 como himno Suizo y que siga siendo el himno oficial del Principado de Liechtenstein. En esta pequeña región de Europa Central se entona con una letra distinta que reza Oben am jungen Rhein lehnet sich Liechtenstein (Sobre el joven Rin yace Liechtenstein). Como dato de sumo interés, hemos de decir que de esta joya anglo-germana se han realizado cuantiosas citas literales y paráfrasis de concierto, y que se ha dispuesto como tema para ser variado (son 13 en total, quedando en segundo lugar después de la Marsellesa, con 17). Entre los autores citamos a Beethoven con dos obras: La Victoria de Wellington op. 94 y las variaciones para piano sobre el God save the King Wo0 78 y a Rossini, Paganini, Verdi, Donizetti, Weber ‒también con dos obras, la obertura Jubel y la cantata Kamp und Sieg‒, Brahms y Debussy,[3] entre los conocidos. Entre los menos famosos figuran H. A. Marschner, F. Servais y J. Ghys.

Siguiendo el ejemplo anglo-germano, las otras naciones europeas comenzaron a adoptar un himno nacional propio, aunque con mucha lentitud. La siguiente obra en orden temporal apareció en el Reino de España hace un cuarto de milenio, el 3 de septiembre de 1770 para ser exactos, y constituye el primer ejemplo de un himno sin letra.[4] Lo irónico del asunto es que, a pesar de tratarse de la célebre Marcha Real española, no fue producto de un ingenio hispano, sino de un regalo que le hiciera el rey de Prusia al rey de España. Acorde con las últimas investigaciones y ya oficialmente aceptado por el gobierno español, se habla de la inspiración de Federico II “Der Grosse”, el rey flautista que retó a J. S. Bach en su palacio ‒de ahí nació la Ofrenda musical bachiana‒, autor de sinfonías, conciertos y del libreto de la tragedia Montézuma del 1755. Sobra aclarar que la Marcha Real fue el himno del Virreinato de la Nueva España desde su adopción en 1770 hasta los albores de nuestra “independencia”. (Continuará)

[1] El himno actual entró en vigor en 1893 y se basa en el poema del Siglo IX con música de Hiromori Hayashi (1831-1896)

[2] Se recomienda su escucha. Disponible en la página proceso.com.mx o pulsando el código QR que viene impreso.

[3] Se sugiere la escucha del preludio del segundo libro Hommage a S. Pickwick Esq. P. P. M. P. C. También disponible en la www y en el código QR.

[4] Ya hay un decreto para dotarlo de texto. Incidentalmente, la Marcha Real fue abolida en varias ocasiones, siendo sustituida por el Himno de Riego.

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