“El no show México”

Los actores y su situación laboral. Foto: Maria José Alos

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- En el ámbito teatral continúa la reflexión respecto al valor que la sociedad y los programas culturales del gobierno le dan a la cultura. El cómo se ha menospreciado y degradado el arte teatral considerándolo un divertimento que se hace por amor y no un trabajo, una profesión, una actividad productiva con fines artísticos y culturales.

El no show México, que cerró temporada este 12 de enero, es una propuesta nada convencional para mostrar, a través de anécdotas, narraciones, problemas inmediatos y dinámicas con el público, la situación que viven los actores en la actualidad, y que se viene arrastrando de hace muchos años. Siete actores que no representan a un personaje, sino que se muestran ellos como actores queriendo vivir del teatro y viendo que es imposible.

Vicky Araico, actriz, productora e impulsora de este proyecto, se lanzó a la tarea de encontrar una propuesta escénica canadiense que se conjunta con las vivencias de los actores para hablar de esta problemática de una manera juguetona. Alexandre Fecteau, Hubert Lemire, Francois Bernier son los responsables de la dramaturgia, junto con el elenco mexicano que trabajó con Alejandre, el director, para concretar las escenas. Clarisa Malheiros es la directora residente, y Vicky Araico, Tizoc Arroyo, Úrsula Pruneda, Pamela Almanza, Adrián Vázquez y Guillermo Villegas son actores de gran trayectoria y calidad actoral que hace que las escenas compartidas e individuales fluyan e impacten en el público.

Desde que se llega al teatro el espectador se enfrenta a una manera diferente de participación. Cada uno escoge el precio de su boleto y su asiento para después hacer cuentas ante el público y revertir ese hecho y ver cómo es desproporcionado lo que cuesta hacer teatro y lo que se paga por verlo. Los pagos a técnicos y otros colaboradores, más los impuestos diversos que se necesitan cubrir, dejan muy poco para ellos. Esta realidad, que se repite en teatros públicos y privados, se aminora sobremanera para una minoría artística cuyos proyectos tienen apoyos institucionales o el programa de Efiartes, con el que el actor, como los que aquí participan, pueden tener un pago más sustancioso, que en condiciones simples y llanas.

A esta realidad habría que agregar el costo del boleto en teatros subsidiados que deberían ser accesibles para el público en general y que no se cumple en el Centro Cultural Helénico, cuyo precio del boleto ha subido excesivamente, y sus descuentos y promociones para estudiantes son muy bajos.

El no show México es una crítica a la situación laboral actual de los actores, y aunque no se sustenta suficientemente, plantea una huelga y un intento de organización para manifestar su oposición. En realidades simultáneas compartimos en el teatro las historias, a manera de sketches que presentan cada uno de los actores, y con cámara en circuito podemos conocer lo que pasa en camerinos o afuera del teatro.

El espacio escénico y la iluminación de Arturo Nava juega muy bien para los objetivos que plantea el espectáculo, donde es posible subirse a esa mesa larga, entablar una batalla de malvaviscos o ver a través de un video la rabieta de un actor.

El no show México, con gran cantidad de recursos lúdicos, es una forma ligera de dejar en evidencia la precariedad en la que viven los hacedores de teatro –que siguen sin tener seguridad social– y las pésimas condiciones de trabajo. El amor al arte se mantiene como estandarte, pero se cuestiona la forma de hacerlo. Todavía falta para que a los actores en México se les pague justamente, pero es el momento de que cambien las cosas.

Este texto se publicó el 12 de enero de 2020 en la edición 2254 de la revista Proceso

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