Gertz y su oportunidad histórica

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Las apuestas proliferan. Una mayoría de analistas considera que el caso Lozoya se detendrá en el encarcelamiento de funcionarios de segundo nivel, como siempre ha ocurrido en México, y que no llegará a Enrique Peña Nieto. Yo soy de los pocos empeñados en creer en la voluntad de Alejandro Gertz de romper el pacto de impunidad que protege a los expresidentes mexicanos desde hace un siglo, y en que se trata de la persona correcta en el momento y lugar indicados para hacerlo. Van mis argumentos.

He observado a Alejandro Gertz desde hace años y nunca he tenido razones para dudar de su honorabilidad. Tiene credenciales académicas de jurista y habilidades prácticas de abogado para ejercer su cargo con eficacia y, además, es sensible al llamado justiciero. Entiende que no todo el símbolo de la diosa Themis corresponde a los jueces: puesto que la acción penal es un instrumento de la justicia, la venda también ha de tapar los ojos de una Fiscalía ciega ante la investidura que cubrió a un probable delincuente y también ante los compromisos políticos de quien hoy la encarna.

Gertz posee ya la información relevante. El exdirector de Pemex ha sido detenido en España y, si logra extraditarlo, tendrá todo para ir al fondo –o a la cúspide, pues– de esa y otras operaciones de la corrupción organizada del sexenio anterior. Es el sueño de cualquier fiscal que se precie de serlo. Por lo demás, la Fiscalía General de la República tiene el instrumental no sólo para hacer justicia sino también para resarcir el daño y, a gran escala, devolverle al pueblo lo robado. Y lo más importante: tiene autonomía. Con ella, Gertz puede ayudar al presidente López Obrador a enmendar su más grave error, que es la decisión de no perseguir a sus antecesores. La trama develará el saqueo brutal al que fue sometido México entre 2012 y 2018 y quedará a la vista de todos el diseño premeditado de una auténtica cleptocracia. La sociedad mexicana, que hoy quiere que se castigue al principal responsable, lo pedirá a gritos. Estoy consciente de que, por elemental prudencia política, Alejandro procura una buena relación con AMLO, pero también de que sabrá usar su margen de maniobra como fiscal autónomo; creo, de hecho, que está trazando un camino sin retorno que lleva al enjuiciamiento del expresidente y de varios de sus colaboradores. Si Gertz tiene éxito, AMLO podrá alegar que mantuvo su palabra, puesto que no fue él quien ordenó la investigación, y al mismo tiempo allanarse a un desenlace que reforzará su imagen. Es más, acabará agradeciéndoselo al titular de la FGR.

Sobre ese tema, la negativa de AMLO a investigar a Peña Nieto, ya he dicho bastante en este mismo espacio. Es una de las dos grandes contradicciones –la otra es su postura frente a Donald Trump– que socavan su congruencia. La narrativa del “punto final” que AMLO importó de Argentina no aplica en México: allá sí había un peligro real de desestabilización del nuevo régimen, puesto que a quienes se metería a la cárcel eran altos oficiales de las poderosísimas fuerzas armadas; aquí no hay ese riesgo, ni remotamente. Cabe agregar, por lo demás, que el hecho de que por ahora AMLO no tenga necesidad de un golpe de timón no necesariamente quiere decir que nunca lo necesitará. Sigue siendo un presidente muy popular, pero ya empieza a resentir el desgaste del ejercicio del poder. En el tiempo que duren este litigio y sus ramificaciones el escenario puede ser muy distinto y no le caerá nada mal morderse un poco la lengua en cuanto a la suerte de su predecesor.

Alejandro Gertz tiene la palabra. Yo pienso que el expediente Lozoya se potenciará con el de Robles y en su momento con el de Ruiz Esparza y principalmente con el de Videgaray, que las implicaciones de Peña serán aún más visibles y el costo político de salvarlo se tornará impagable. Si eso ocurre, AMLO tiene una salida que él mismo dejó abierta: hacer una consulta, acatar la demanda popular y capitalizar parte del logro. Con todo, si Gertz consigue ponerlo tras las rejas, nada opacará su hazaña. La historia registrará quién fue el fiscal independiente que por primera vez impidió que la pillería de un expresidente quedara impune. Admito que puedo estar incurriendo, contra mi vocación de pesimista sistémico, en ese exceso de optimismo que llaman wishful thinking. Pero es que en este caso yo percibo con toda claridad el imperativo ético de justicia y no veo por ningún lado la conveniencia pragmática de mantener en la impunidad a un personaje tan repudiado. En fin. Espero no equivocarme de vaticinio. Porque la equivocación no solo sería mía sino, ante todo, del fiscal y del presidente. Y porque el perdedor sería México.

PD: En unos cuantos días una madre es asesinada por un exesposo golpeador, una mujer es internada por algún imbécil en una cárcel de hombres y es violada, una joven es desollada por su novio y una niña de siete años es torturada y muerta. La infame constante de los feminicidios es la indefensión. Hombres que violentan mujeres aprovechando su fuerza y, peor aún, una cultura propicia y una estructura de poder solapadora. ¿No es eso una excrecencia machista que debemos combatir? No, por supuesto que no todos los hombres la producimos y menos­ lo somos, pero demasiados mexicanos la toleran. Todos debemos exigir el fin de semejante masacre. Y el presidente no puede escudarse en lo malo del pasado ajeno y lo bueno del propio. Cuando se esgrime como autoindulgencia, la biografía se agota.

Este análisis se publicó el 23 de febrero de 2020 en la edición 2260 de la revista Proceso.

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