“Un acto de comunión”

Antón Ariza. Virtud actoril. Antón Ariza. Virtud actoril.

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Sentado en una silla rústica, un hombre nos habla impasible de su infancia, de la relación con su madre, de sus obsesiones y extrañezas. Un hombre que vamos descubriendo a través de ese hielo que cubre su piel al describir sus actos, sus preguntas, la descripción de su acontecer a partir de pequeñas acciones y aconteceres; eventos que van conformando la personalidad de un sicópata sin vínculos emocionales.

Un acto de comunión de Lautaro Vilo, estupendamente interpretada por Antón Ariza, nos convoca a asomarnos a la vida de un ser aparentemente insignificante. Con fragmentos de su pasado llega a un presente donde el ritual del banquete (al que invita a sus víctimas) nos resulta incómodo y cuestionador, por la ausencia de ética con la que actúa el personaje. 

Este monólogo del dramaturgo argentino nacido en los setenta, parte de aquella nota roja que salió hace nueve años acerca de un hombre en Alemania que fue acusado de canibalismo (Armin Meiwes). La polémica de aquel ritual radicaba en que el banquete al que este hombre convocaba era de común acuerdo. Contactaba a sus invitados a través de internet y el ritual llegaba a sus últimas consecuencias; hasta el guiso principal de partes del cuerpo del invitado que él preparaba como todo un chef.

La obra de teatro Un acto de comunión indaga en las motivaciones del personaje; pero no desde las explicaciones evidentes, lo cual es su acierto, sino mostrando una serie de comportamientos y pensamientos que nos hacen vislumbrar el carácter y la sicología de alguien sin empatía hacia los otros, ni de la conciencia del bien y el mal. Desde una lógica particular, el personaje nos cuenta de su madre, de los objetos y sus habitaciones, del funeral al que sólo asistieron el enterrador y el cura, y de los preparativos que él realiza para recibir a su invitado. 

El personaje no dice por qué; simplemente describe y hace comentarios prácticos e inmediatos del acontecer, carente de emoción y razonamientos directos hacia los rituales que lleva a cabo.

 Antón Ariza realiza una interpretación pulcra y matizada, a pesar de convertirse en un personaje sin exabruptos, enojos ni alegrías. Y es esa la virtud de una actuación que utiliza herramientas emocionales para mostrarse solo a través de su comportamiento, de la lógica básica que utiliza el personaje. La profundidad en la interpretación está, precisamente, en la superficialidad con la que el personaje observa y describe su acontecer. 

Dirigido por Julio César Luna, llegan a una puesta en escena con pocos elementos tanto de objetos como de movimientos. Una silla es la única herramienta que el actor tiene para habitar el escenario. No requiere de grandes acciones. Es más, son mínimos los movimientos que realiza: Sentarse, levantarse, cruzar la pierna o cerrar los ojos es como percibimos el transitar físico e interior del personaje. Con pocos recursos vislumbramos algunas emociones, como la tristeza infinita en un desolado cumpleaños de su infancia, o la soledad a la que fue confinado después de la muerte de su madre.

Un acto de comunión, que se presenta los lunes y martes en el Teatro el Granero, nos habla de un hombre al que llamaron “caníbal” en la nota roja del 2001 en la ciudad de Rotenburgo. Una obra donde se sustrae la tesitura de nota roja para mostrar a un sicópata quien, desde la ausencia de empatía, realiza actos que atentan contra la vida de otra persona; otra persona que ha accedido voluntariamente a someterse a este ritual para realizar un banquete con su propia carne. 

Este texto se publicó el 8 de marzo de 2020 en la edición 2262 de la revista Proceso

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