Coronavirus y la depresión de 1929

Personas se alinean en un supermercado en París, Francia, donde el gobierno anunció cierre de restaurantes, bares y otros establecimientos para limitar la propagación del coronavirus. Foto: AP Michel Euler Personas se alinean en un supermercado en París, Francia, donde el gobierno anunció cierre de restaurantes, bares y otros establecimientos para limitar la propagación del coronavirus. Foto: AP Michel Euler

Ciudad de México (apro).- Escribo este texto en esta hora apremiante. La lección histórica de la primera posguerra del siglo pasado (1919-29) es digna de tomarse en cuenta en este tiempo que semeja de varias maneras el último año de esa época en que se inició la gran depresión.

Durante la gran guerra se sacrificaron productos de consumo interno y exportación en aras de la producción bélica.

Por otro lado, los primeros años de dicha posguerra fueron de repentina bonanza. Bonanza pasajera a raíz de la reincorporación de la mano de obra al trabajo no bélico que empujó la producción de mercancías. La gente se acostumbró a consumir autos, radios, etc.

La demanda de tales mercancías se satisfizo con CRÉDITO. A nivel internacional los proyectos de reconstrucción se basaron en DEUDA. El mercado internacional descansó en los complejos mecanismos del crédito. El espíritu de Locarno y de conciliación de los primeros años de la posguerra, restauraron transitoriamente el crédito internacional.

Pero el exceso de endeudamiento desplazó el sentido de una economía lógica, de un comercio de prestaciones recíprocas, de las cuestiones elementales, básicas. La riqueza “se desplazó en un solo sentido, de un deudor a un acreedor”. Además, la depresión de la agricultura en Occidente a finales de los años 20 contribuyó a la detonación de la crisis del 29.

El resultado de esa realidad fue la “dislocación del comercio internacional y de las economías nacionales”. Así se inició la gran depresión del 29. En 1932 había 30 millones de desempleados en el mundo. La frustración humana llegó a su máximo. Los bancos norteamericanos quebraron en número de 5 mil para 1932.

Las víctimas de la miseria y el desempleo se entregaron a las manos siniestras de los totalitarismos, el soviético y el del fascismo que prometían el paraíso terrenal a cambio de la libertad.

La respuesta a la terrible crisis por parte de los gobiernos y sus consejeros técnicos fue inepta, falta de imaginación, de inteligencia. (En estos días, la ineptitud e irresponsabilidad del gobierno federal de México son paradigmáticas). En los EU se dejó en manos de la iniciativa privada la respuesta -hasta la llegada de Roosvelt en 1933-. El nacionalismo económico prevaleció en Europa. Las fuerzas de la economía mundial se dispersaron matando la solidaridad y cooperación entre países. En suma, el desastre.

Hoy, los nacionalismos están de nuevo al día; los países de la periferia y sus pueblos endeudados. La riqueza en poquísimas manos. Y para colmo, ahora el coronavirus como catalizador de lo que parece ser una réplica de la gran depresión del 29 del siglo pasado. Réplica si no hay una respuesta, una reacción inteligente de la mayoría de los gobiernos del mundo, en especial del nuestro y de los países líderes (EU, Alemania, GB, Japón, China, etc.).

A contrapelo de lo que pasó en el 29 citado, una de las claves es que prevalezca la cooperación solidaria entre países y personas. El aislamiento, los nacionalismos, el racismo, la xenofobia, la voracidad comercial y financiera deben ser expulsados del horizonte en estos momentos aciagos.

Se trata de instrumentar una economía semejante a la de guerra, cuyos enemigos son ahora el virus maligno y misterioso que está truncando innumerables vidas y destinos, la estupidez humana y el egoísmo del dinero visto como dios. Se trata de producir no mercancías bélicas, sino alimentos, productos básicos, vacunas, cubrebocas, jeringas, desinfectantes, camas de hospital, equipos médicos, etcétera.

Que se suspenda de inmediato el gasto en armamentos en todo el mundo, y que se destine ese dinero a la causa de la humanidad en crisis devastadora. Que los bancos muestren solidaridad con sus deudores con moratorias pasajeras para aliviar las cargas financieras de personas y empresas.

Que los gobiernos aplacen -como ya lo están haciendo algunos- el pago de impuestos a las clases medias y bajas, sobre todo. Que los multimillonarios donen fortunas para paliar la miseria y el desempleo que vienen. Que las empresas de todo tipo y sus accionistas inviertan riqueza acumulada en su capital humano valioso para evitar el despido a toda costa. Que los empleados estén dispuestos a sacrificar una parte pequeña de su salario en aras del bien de todos, de la empresa misma, de los compañeros de trabajo.

Se trata nada menos que de un cambio de paradigma cultural y económico que posibilite el enfrentar la terrible situación que apenas comienza. Se trata de no repetir los mismos errores del 29 mencionado. Se trata de dominar el egoísmo y el rampante individualismo que sacrifica el bien común.

Es la hora del sacrificio en proporción a las responsabilidades y posibilidades, es la hora de retomar algunas de las palabras de Churchill durante el asalto nazi -hoy es el asalto del coronavirus-: sudor y lágrimas que no sangre (ahora suplantada por muertes a causa del virus). Si el egoísmo personal y de los países es superado, no se repetirá lo sucedido en el 29, no se vivirá de nuevo la tragedia humana en el campo de la economía, entre otros. Si no se supera, la situación social, política, económica y cultural se agravará aún más que en el 29 sin duda.

Es la hora de subordinar el interés individual al bien común de los países, de las empresas, de los trabajadores, de las personas todas. Es la hora de la empresa común en todos los ámbitos y niveles, de salvar el barco todos -nuestro barco patrio, familiar, laboral en nuestro caso, sacrificando algo de lo propio. Es hora de probar liderazgos, inteligencia, imaginación, temple, generosidad. Es la hora de ver la empresa no como mero negocio sino como familia en graves dificultades. Es la hora de ver el gobierno como oportunidad de servicio, no como capricho soberbio y altanero a contrapelo del sentido común.

Un ejemplo de esa soberbia: la reelección de diputados. Ella es un acto de barbarie, de desmesura, de insolencia, de esquizofrenia en medio de la tragedia de tantos mexicanos. Deben dejar el puesto todos los que la votaron si tienen algo de vergüenza, más dudo que la tengan.

Es el tiempo de implorar y tener paciencia en la adversidad y gozo en la esperanza. Que nadie se deprima, que nadie se raje como se dice en Jalisco, la tierra de mis padres. Que todos cooperemos para que salga de nuevo el sol. Es tiempo de “no maldecir la oscuridad sino de prender luces para ver el final del túnel”.

Recomendamos: Populismos que marcan el fin de la política

Load More