¿Terrorismo en tiempo de coronavirus?

París en los tiempos de covid-19 Foto: AP París en los tiempos de covid-19 Foto: AP

PARÍS, Fra. (Proceso). – No se sabe todavía porque de repente Abdallah Ahmed-Osman acuchilló al dueño de la tabaquería donde solía comprar sus cigarros.

El hombre se desató, además, contra la dueña del comercio que intentaba socorrer a su esposo y rompió su navaja en el enfrentamiento.

Testigos cuentan que se precipitó entonces en una carnicería cercana, saltó el mostrador, se apoderó de un cuchillo, mató a un cliente y salió corriendo.

Minutos más tarde, apuñaló a un paseante antes de echarse encima de un hombre al que mató ante los ojos de su hijo de 12 años. Finalmente, logró herir a dos personas más antes de la llegada de una patrulla con seis policías.

No buscó huir. Se arrodilló y esperó que lo detuvieran salmodiando oraciones en árabe.

En 15 minutos, entre las 10:45 y las 11:00 horas del sábado 4 de abril, Abdallah Ahmed-Osman asesinó a dos personas, hirió a cinco y traumó a los 33 mil habitantes de Romans-sur-Isère, una pequeña ciudad del sureste de Francia.

Testigos aseguran haberlo oído gritar alahu akbar (Dios es grande) durante su periplo mortífero.

Según información de la Fiscalía Nacional Antiterrorista, el hombre de 33 años, oriundo de Sudán, llegó a Francia en 2016 y al año siguiente obtuvo sucesivamente el estatuto de refugiado y un permiso de residencia de 10 años.

Foto: AP

Después de radicar en los alrededores de París y en la ciudad de Grenoble, Ahmed-Osman se instaló en Romans-sur-Isère a principios de 2019.

Según la alcaldesa de la ciudad, consiguió trabajo en una fábrica de cuero y vivienda gracias a la ayuda del Secours Catholique (Socorro Católico), una de las más importantes asociaciones francesas de lucha contra la pobreza y de asistencia a los migrantes.

Sus empleadores lo describen como un obrero serio; sus vecinos, como una persona discreta; sus escasos amigos, como un joven tranquilo y piadoso.

La policía antiterrorista confirmó que el hombre no tenía antecedentes psiquiátricos y que tampoco era sospechoso de radicalización.

Sólo se encontró en su casa un bulto de escritos manuscritos en los que lamentaba “tener que vivir en un país de infieles”, pero no se descubrió la mínima huella de lealtad con el Estado Islámico. Todavía no se conoce el resultado del análisis de sus teléfonos celulares.

El joven sudanés no se muestra muy elocuente durante sus interrogatorios. Sólo repite que no tiene el mínimo recuerdo de lo que hizo.

Dos de sus compatriotas, actualmente detenidos e interrogados por la policía, insisten en que Ahmed-Osman no soportaba el confinamiento al que están sometidos todos los franceses desde el 17 de marzo. Explican que se sofocaba en su pequeño departamento de 12 metros cuadrados y que se notaba excesivamente nervioso.

Todos estos elementos dejan profundamente perplejos a los servicios antiterroristas.  Se vislumbran dos hipótesis tan angustiantes la una como la otra.

Ahmed-Osman pudo haber sufrido un brote psicótico debido a tres semanas de reclusión sanitaria, o bien es un islamista radical que practica la taqiya, estrategia que consiste en disimular su fe en caso de correr peligro o para engañar al enemigo antes de atacarlo.

Los servicios de inteligencia toman muy en serio esa segunda pista porque el pasado 19 de marzo el Estado Islamico llamó a sus seguidores a aprovechar la pandemia de covid-19 para “reforzar la yihad contra Occidente”.

Lo hizo en Al-Naba, su órgano de propaganda en el que calificó la crisis desatada por el coronavirus como “la peor pesadilla de los cruzados”.

“El miedo que les inspira la ‘contagión’ es aún peor que la ‘contagión’ misma”, se regocija el Estado Islámico en primera plana de su semanario, antes de subrayar que el covid-19 “está paralizando a los países occidentales, al tiempo que monopoliza y sobrecarga sus fuerzas de seguridad”.

“Lo que más teme Occidente en este preciso momento son ataques de los mujahidines del Estado Islámico porque su seguridad y sus instituciones médicas llegaron al límite de sus capacidades”.

El Estado Islámico es categórico: no hay que tener la mínima piedad con los infieles y los apostatas durante la crisis que los sacude. Por el contrario, es un deber atacarlos y debilitarlos aún más.

“Occidente sueña con que los mujahidines le dejen un respiro, pero se olvida que nunca interrumpió su agresión contra los musulmanes. Presos musulmanes sufren en cárceles sobrepobladas, mujeres y niños aguantan condiciones infrahumanas en campos de detención.

“Occidente se olvida que los últimos habitantes de las zonas controladas por Isis en Baghuz, en Siria, en Mosul, en Irak, y en Sirte, en Libia, se mueren de hambre, de enfermedad bajo las bombas o enterrados vivos bajo los escombros de sus casas.

“Occidente se olvida que sigue interviniendo militarmente en lugares como Afganistán y África Occidental y que sigue apoyando a sus aliados locales financiando sus guerras de contrainsurgencia”.

Terrorismo islámico en tiempo de coronavirus. Es difícil imaginar peor pesadilla.

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