Héctor Suárez, por Carlos Monsiváis: Los retratos de humor social 

Héctor Suárez y Carlos Monsiváis. Fotos: Benjamín Flores y Marco Antonio Cruz Héctor Suárez y Carlos Monsiváis. Fotos: Benjamín Flores y Marco Antonio Cruz

El programa televisivo ¿Qué nos pasa?, de Héctor Suárez, “es una andanada histérica contra la impunidad. Y allí radica su fuerza y su debilidad más concentrada”. Con esas palabras, el cronista Carlos Monsiváis –que el próximo 19 de junio cumplirá 10 años de haber fallecido– sintetizó las virtudes y limitaciones del comediante que murió este martes, a propósito de una de sus interpretaciones más populares. Por considerarlo de interés para los lectores, recuperamos este ensayo publicado el 27 de octubre de 1986 en el número 521 de la revista Proceso.

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Intersección de la vida real.

1.- El niño termina de rayar, con minucia exasperada, el ostentoso automóvil. De un edificio sale corriendo el dueño, que aferra por los hombros al pequeño vándalo, mientras lo interroga:

–¿Por qué hiciste esto? ¿Por qué rayaste mi auto?

Sin inmutarse demasiado, atónito antes su propia indiferencia, el niño se limita a contestar:

Nomás… Nomás.

–¿Cómo que “nomás”? ¡Contéstame hijo de la chingada! ¿Qué ganas con esto? ¿Por qué lo rayaste?

–Nomás… Nomás.

La voluntad de hacer reír.- En su historia de triunfos, la televisión mexicana no había conocido uno semejante al obtenido durante sus tres primeros meses por la serie ¿Qué nos pasa? coordinada y múltiplemente actuada por Héctor Suárez. De inmediato, ¿Qué nos pasa? formó un público fiel, deleitado ante las situaciones que ya conocía y los personajes que padecía o creía padecer a diario o deseaba encarar. Como suele suceder, el contagio fue avasallador, los estribillos de ¿Qué nos pasa? se oyeron por doquier el día entero, y los estereotipos muy probablemente persistirán cuando la moda aminore o se desvanezca. Por lo pronto todavía se vive el boom industrial de ¿Qué nos pasa? la película se filmará pronto, ya hay video caséts con muestras antológicas de los programas, y pese a los pleitos legales abundan camisetas y objetos.

El formato de la serie es simple y es novedoso: cuatro o cinco sketches por semana con personajes que se establecen o desaparecen según la respuesta del público, un invitado especial conversa con Suárez y actúa en uno o dos sketches, y una selección de aquellos hechos cotidianos ordenados por la prepotencia y la indiferencia ante los derechos ajenos: el tortuguismo de los cajeros de los bancos o de los empleados de líneas aéreas, las insolencias en el Metro o los autobuses, los abusos de los “influyentes”, la desconsideración de los vecinos, los fraudes menores, el saqueo de los burócratas, el punto de unión de este desfile urbano es la calidad proteica de Suárez, que anima una galería de personajes, fundamental aunque no exclusivamente populares. Así, Suárez es el Destroyer cuyo mayor placer (por fatalidad onomástica) es la destrucción; es el Picudo, aferrado a su Ohio-T-Shirt, el galanazo en el vacío, el desmadre lumpen al servicio de un rencor social abstracto; es el No Hay, cuyo mayor regocijo es negar la existencia de mercancías o servicios; es el Flannagan, el jipiteca trasnochado, el punk amante de las hamburguesas, obsesionado por una contracultura inexistente, de espaldas a la tradición y al país.

La esencia de ¿Qué nos pasa? es la pedagogía, implícita o explícita. Según Suárez, y sus libretistas Carlos Enrique Taboada, Ausencio Cruz, Héctor Dupuy y Alejandro Licona, es hora de confrontar nuestros errores, de liquidar los vicios socialmente onerosos, comunes a la alta burguesía y a los marginales. Hay que reeducarnos, es el estribillo de la serie, y los invitados le agradecen a Suárez la oportunidad de intervenir en la empresa que, para remediarlos, sitúa con amenidad los defectos colectivos. La pretensión no es gratuita: si la TV, como se dice tanto, es la gran educadora del pueblo, vale la pena verificar si al abrigo de algunas ventajas –un programa en el Canal 2, en horario Triple A, con todo el apoyo de Televisa– resulta eficaz una serie obviamente didáctica.

Intromisión de la realidad II.- El cantante afina su voz. Es un concierto más de los muchos que da en la República rehabilitando viejas y amadísimas canciones, la flor de una sensibilidad que él, y muchos con él, se niegan a considerar muerta. Ya elevó a su voz y su melancolía con Juráme, ya desgranó los pétalos de Asómate a la ventana, y ahora se dispone al encumbramiento vocal de Estrellita, del maestro Manuel M. Ponce… Y de súbito, lo esperado, lo que desde hace dos meses ocurre sin remedio, la consigna como pedrada, el signo de la quiebra generacional: “¡Queremos rroock!”. Protestan los asistentes contra el bárbaro, y el tenor agradece la defensa, pero siente que se lo lleva la nostalgia por el rumbo de la Chingada. Ante tan brutal intromisión de la nueva barbarie, está de más su educada sensibilidad de alboradas y atardeceres. ¿Qué logran las sensaciones frágiles y temblorosas que él evoca, si el energúmeno aúlla no por querer de veras rock, sino por oponer la expresión sardónica a una formación y a un gusto que, me van a perdonar la expresión, le vale madre? El cantante está a tal punto dolido que su imaginación vengativa se complace una y otra vez con la misma escena: él asiste a misa, y cuando el sacerdote ofrece el cáliz, y los asistentes ingresan al trance místico, lanza el grito punitivo: “¡Queremos rroock!”.

De los trámites del humor televisivo.- Se supo desde la primera semana de transmisión en México: en televisión, el humor se consideraba territorio propio de la niñez, o de los adultos resignados a ser tratados como niños. A los cómicos que venían de los albures de la carpa se les expulsó o se les domesticó inhibiendo su lenguaje corporal, podándoles frases y entonaciones. A los nuevos, se les sujetó al molde de la puerilidad (y de esto sólo escapó el Loco Valdés por vía del frenesí. Al ser pueril al límite, el Loco consiguió otra cosa, el humor que emana de los paroxismos de la sangronería, sensacional porque se reconoce malísimo). Entre pastelazos, tics eternizados, parodias de los superhéroes del comic (ya parodias en sí mismos), y comicidad que lo fue porque así se le anunciaba, transcurrieron las primeras tres décadas de la televisión mexicana. A cada cómico le esperaban un auge, un declive inexorable y una desaparición silenciosa, y la gente seguía divirtiéndose ante la tele porque ni modo de ponerse a llorar, y viéndolo bien, también en el trabajo me río de cualquier cosa.

En esta larga etapa el humor no radicó en los diálogos ni en las anécdotas (eran y son deplorables las sit-coms, las comedias de situaciones hogareñas y “laborales” que imitan, empeorándolas, a las series de Norteamérica), sino en la gracia autónoma de los cómicos, la que tuviese. Sin guiones ni chistes con menos de 50 años de circulación a los cómicos les quedaba su simpatía, y –de no existir tan infrecuente materia prima– la reiteración de procedimientos: ya se sabe, tras diez o veinte años de permanecer en horarios adecuados, a cualquiera que le digan cómico se le descubrirá el ingenio.

La censura eliminó el humor político y prohibió todo humor sexual ajeno a las alusiones descaradamente blancas. Y la censura y el culto a lo pueril erradicaron el humor social, aquel que representa el nivel de conocimiento regocijado de las posibilidades y frenos de una sociedad, lo que incluye estereotipos, situaciones de la calle y la oficina, adaptaciones válidas y fallidas a la modernidad. Del humor social se desconfió (“Es conflictivo”), y los propios cómicos prefirieron los sketches ancestrales semirremozados, o los sarcasmos políticos de tercer orden, a los que sacrificaron pragmáticamente sus caracterizaciones del hombre común (magníficas en ocasiones: el caso de Héctor Lechuga). Una generación de cómicos sumamente hábiles en la captación de tipos sociales, casi no tuvo oportunidad de ejercer sus talentos, y de hecho, durante 30 años la realidad mexicana no ha sido satirizada en los medios masivos. En vez de esto, alegorías burlonas de las “fantasías colectivas” (El Chavo del Ocho, El Chapulín Colorado), desperdicio de dotes naturales o imitaciones patéticas del chiste rápido y memoralizable (one-liner) de la televisión norteamericana.

La crisis económica destroza el nudo ciego de este humor-para-niños-de-8-a-80-años, y libera en forma creciente opiniones y actitudes. No hablo sólo de la conveniencia de permitir respiraderos y válvulas de escape, sino de resonancias más profundas. Sin la cortina de humo del populismo dadivoso, la mayoría de los respetos arraigados exhiben su tontería e inutilidad. Ante el fracaso del autoritarismo, se acrecienta la importancia de la libertad de expresión, o de algo que se le parezca.

La principal: al abolir la crisis en forma veloz y casi totalizadora la gran oferta de la “economía mixta”: la movilidad social, se resquebraja el “sentido del respeto” que era el tributo de la hipocresía y el optimismo inducido al ascenso y la estabilidad. Si los trabajadores se alejan o parecen alejarse de la participación política por miedo a perder la certidumbre mayor (el empleo), en las clases medias y en las clases populares muchos otros temores se debilitan (al ridículo, al qué dirán, a la Sacralidad de los Grandes Prestigios, a la Decencia Totémica). Se fractura la gran censura interna de la sociedad, es decir, se ve y se vive de otro modo la tradición, porque ya se va desvaneciendo la idea del porvenir interiorizada durante medio siglo.

No se me esponje, mi buen.- En ¿Qué nos pasa?, lo eficaz no es el ingenio verbal ni la complejidad de las situaciones, sino la calidad de los retratos del humor social: los cajeros displicentes, los subempleados transas, los mecánicos indolentes, las burguesas arrogantes, los proletarios que le confían su lenguaje social al desmadre. Y son arrasadoras las consecuencias de esta galería en una sociedad que se desconoce a sí misma, o que se aferra a su retrato hablado (cantado) (actuado) de hace 40 años, cuando el último inventario de modelos satíricos. Ya no hay peladitos, ni “gatitas” con moños solferinos, ni pachucos, ni porfirianos levemente concupiscentes, sino las variedades, casi siempre agresivas, de la masificación.

El texto humorístico de Héctor Suárez radica en la distorsión fiel de sus personajes (y en el humor, distorsión fiel es representación exacta). Por supuesto, no todos los pobres destruyen por gusto, ni son tristemente ligadores, ni pintan suásticas porque sí, ni se gozan en la frustración de los posibles compradores, pero mientras haya quiénes sí respondan a esas características, los espectadores lo celebrarán. Creo demostrable que la mayoría de los millones de adictos a ¿Qué nos pasa?, populares a la fuerza, no sienten que la serie los difama porque están seguros de que esos personajes existen, o no se identifican con ellos o se identifican en demasía.

Repito una objeción muy frecuente: ¿Qué nos pasa? suele depositar los males urbanos y nacionales en la gente del pueblo, no en la (ciertamente más deplorable) burguesía. En la objeción hay mucho de cierto, pero antes de ampliar la crítica, conviene recordar la tradición humorística de México, que ha situado a los burgueses en la lejanía del arquetipo degradado, y que, de fines del siglo XIX a nuestros días, ha usado el humor para reconciliar al pópolo con lo que vive. Así, en el teatro frívolo y en las primeras películas sonoras, los parias, los payos, los pícaros de arrabal, hicieron reír por emblematizar, así fuese de modo difamatorio, seres y circunstancias que por tan conocidos eran doblemente divertidos (En cualquier sociedad, lo más gracioso es lo más cercano). Por eso suele fallar el humor social centrado en la burguesía, no sólo por razones de censura ni porque la oligarquía carezca de zonas choteables (toda ella es una zona choteable) sino por la distancia inevitable de este mundo con la experiencia de la mayoría de los espectadores.

Intromisión de la realidad III.- El encargado del negocio observa sonriendo. Ya van diez minutos de movimientos exasperados del cliente y él sólo ha emitido una frase: “No hay, no hay”. El cliente se desespera: “¿Se está usted burlando de mí? Ni tengo tiempo ni estoy de humor. Me urge ese material y usted con sus chistes de la tele. No sea cabrón”. El encargado responde: “¿Qué quiere que haga? De veras no hay”. Y en su sonrisa ahora hay malicia vengativa. El cliente se desespera y se larga, sin siquiera una mentada de madre. ¿Qué gana? A ese pendejo no le va a regalar su vocabulario.

Reflexiones a priori sobre una sociedad a posteriori.- El clima de ¿Qué nos pasa?: el estar sobre ascuas, el desahogo que sucede al enojo y desemboca en la ira, el bailoteo de los seres reprimidos. Los personajes viven en tensión permanente, y las descargas de odio a la humanidad y a quien la representa aquí nomás enfrente de mí, se explican siempre en función de la neurosis urbana, de la impotencia que la crisis selló. Y el actor más adecuado para encarnar la desolación a dentelladas, la serie de explosiones de coraje y sombrerazos que hemos dado en llamar el Mexicano Feo, es Héctor Suárez, quien desde hace 20 años, en La mujer de 6 litros, inició su carrera como símbolo de los instintos atávicos y las frustraciones contemporáneas, de la desesperación a carcajadas, de las lágrimas de risa del pobre que no entiende lo que le sucede porque sabe lo que le va a suceder.

En la empresa de interpretar a la Nación atónita en la estación ADO, y que corre tras el ladrón de su maleta un minuto antes de buscar chamba, un hecho culminante fue El Milusos, la amonestación fílmica a los campesinos que insisten en caerle al D.F. “¿A qué vienen a la capital? ¿No advierten la sobrepoblación, la contaminación, la angustia habitacional y su falta de conocimientos específicos?”. La película, de seguro uno de los pequeños grandes estímulos para seguir viniendo a la ciudad de México, consagró a Suárez. Ya era famoso, el excelente caracterizador de tipos populares, pero El Milusos le adjudicó una función industrial: en la imaginación colectiva, Suárez es ya el-mexicano-en-la-crisis, el hombre que sólo se entera de sus limitaciones inexorables, a través de los relámpagos de la irritación.

Los años de la crisis, caracterizados por la cacería de la sobrevivencia y los agobios psíquicos, actúan en favor de la galería de personajes de Suárez, y a su proposición de la risa como función de la rabia, el público responde de modo inequívoco: esto nos divierte, sea o no humor; a estos personajes deseábamos odiar o a ellos los necesitábamos como emblemas. Estamos ante un fenómeno de la sociología, mucho más que ante una victoria del nuevo humor social. Ya no resulta cierto el viejo dictum de Televisa: “La gente llega tan cansada a su casa que no quiere que le presenten problemas”. Al contrario: es tal la furia por el costo de la vida, la inflación, y la diaria devaluación psíquica, que el espectador agradece toda salida catártica, la que sea, que alivie unos minutos su vastísimo resentimiento.

La crisis: la vida desde el eterno embotellamiento. A las “situaciones de la vida real”, un programa de televisión las ve desde un ángulo ligeramente exasperado, y apenas paródico, y tal innovación es considerable. Esto somos: los que hacemos colas interminables para hallarnos con la ventanilla cerrada, los que nos peleamos por lo que sea en la calle o en el restorán, los que nos estacionamos en doble fila y regañamos a los que se estacionan en triple fila, los que vamos descubriéndole el gusto escénico a la frustración (“¡Qué decepción! Hoy no me persiguió la pesadilla urbana”). Véase un sketch típico de ¿Qué nos pasa?: la señora necesita un departamento, y el dueño le enumera los requisitos, imposibles de cumplir. El departamento es pequeño, inhabitable, ruinoso, carísimo. Pero la cliente carece de opciones, y terminará aceptando luego de preguntar desde el azoro: “¿Y no quiere también mi certificado de defunción?”.

La cliente vejada le pregunta a la cámara: ¿Qué nos pasa?. El transeúnte hecho a un lado con hostilidad, nos mira e interroga: ¿Qué nos pasa?. Al parecer, la repuesta se localiza en la condición psicológica y moral de los mexicanos, anterior a toda formación cultural y política. Y así, el programa cae en el círculo vicioso de su modernización: nos portamos así porque somos mexicanos; debemos renunciar a esta conducta sin dejar de ser mexicanos. ¿En qué quedamos? ¿Cómo renunciar a la identidad sin perder la identidad? ¿Y quién distingue entre lo esencial y lo contingente?

La impunidad es la madre de los perdones administrativos.- La televisión privada (seguida dócilmente años más tarde por la televisión oficial) edita e infantiliza la presentación de lo cotidiano. Así sea desde un óptica muy discutible, ¿Qué nos pasa? lo deja fluir, y muchísimos televidentes lo agradecen. No obstante sus graves limitaciones: el moralismo intolerante, el sentimiento apocalíptico ante los nacos, el encrespamiento ante las formas alejadas de la “decencia”, el uso exhaustivo de 3 ó 4 situaciones básicas, la rápida conversión de personajes originales en clichés, el programa tiene algo esencial a su favor: el hartazgo de los espectadores ante la escasez, ante la neurastenia individual y colectiva, ante la dilación burocrática, ante la corrupción. Los diálogos son apenas chistosos, y no necesitan serlo en demasía. El humor radica en la impotencia del cliente, y cada espectador ha sido y es un cliente deprimido y humillado. La estadística es el subsuelo del éxito de ¿Qué nos pasa? Ante situaciones semejantes a las de todos los días, ¿quién se niega a la identificación?

Para sintetizarlo en una palabra: quien frecuenta cada semana ¿Qué nos pasa? detesta ardorosamente la impunidad, de seguro el factor más irritante en la vida pública, y el producto más acabado del Sistema. Arrasan los presidentes, los gobernadores, los secretarios de Estado, los oficiales mayores, los presidentes municipales, los empresarios, los comerciantes, los industriales, los machos de cantina y de Metro, y de sus acciones y desmanes a nadie le dan cuenta. Enumérense en un nivel las sangrientas represiones sindicales de López Mateos, el 2 de octubre, los sexenios de Echeverría y López Portillo, la política económica del régimen de Miguel de la Madrid, la devastación ecológica, la deuda externa (“Yo no contraje la deuda, declaró famosamente López Portillo, la contrajo el pueblo de México”). San Juan Ixhuatepec, el edificio Nuevo León, los cadáveres en la Procuraduría del D.F., el caso del río Tula… En otro nivel examínense la cantidad de crímenes “no resueltos”, de fraudes “no sujetos a auditoría”, y la conclusión es inevitable: el eje de nuestra vida pública es la impunidad y, en términos generales, al disiparse los ecos de la campaña de Renovación Moral, la impunidad (encarecida) sigue reinando.

El programa de Suárez es una andanada histérica contra la impunidad. Y allí radica su fuerza y su debilidad más concentrada. Porque en primera y en última instancia, y pese al sketch repetitivo del político que combina el cantinflismo con la jerga tecnocrática, la impunidad delatada es la de los parias urbanos, los proletarios irresponsables, los jóvenes “que se apartan de nuestra identidad”. Esto equivale a desenterrar la triste consigna “La corrupción somos todos”, presentándola como “La irresponsabilidad y la impunidad somos todos”. Aquí la pedagogía se extravía en el camino de la culpabilización de las víctimas.

A esta altura del régimen de la Revolución Mexicana, es ya innegable que las pequeñas corrupciones son, en lo básico, una defensa contra la gran corrupción. Igualmente, las pequeñas impunidades imitan al gran modelo de la impunidad. Un funcionario menor que transa aspira a la condición de funcionario mayor que deja que transen por él. Esto no es disculpar moralmente a los salteadores en pequeño, ni “redimir” al pueblo de México por la corrupción de gran parte de su clase dirigente. Explicar no es justificar, y aludir a los grados de violencia y de intolerancia en las clases populares, es referirse a las técnicas de sobrevivencia, a la asimilación forzada de la cultura de la impunidad, a la condición humana, a lo que ustedes gusten. Pero mientras no aparezcan en ¿Qué nos pasa? los conductores de nuestra economía, los empresarios que han saqueado nuestros recursos, los líderes del PRI, los jerarcas del Grupo Monterrey, los panistas que gracias al régimen de Reagan se han amistado con la imagen paterna, los reyes de la nómina y del subsidio; mientras estos personajes no sean objeto de sátira, la visión unilateral de los de abajo seguirá siendo un modo de disculpar a los de arriba.

Irrupción de la realidad IV.- Al anciano le irrita el cinismo de los jovenzuelos, que gritan obscenidades como si él no existiese. Han puesto el radio de transistores a todo volumen, se fajan como si ya hubiese unión bendecida de por medio y fuman con deleite lo que al anciano le parecen carrujos de mariguana. ¡Qué impudicia! Sin poderse refrenar, el anciano se dirige a ellos con la voz temblorosa: “Jóvenes, es inconcebible. Ustedes no tienen derecho a hacer esto en público. Si les gustan tanto las cochinadas, vayan a sus cuevas y desfóguense. Pero aquí es un sitio público, pasan mujeres y niños, y ustedes tienen la obligación de respetar. En mis tiempos ya estarían en la cárcel. ¡Sinvergüenzas! ¡Exhibicionistas! ¡Mugrosos! ¡Pelados!”.

Los chavos lo observan con extrañeza, y se ríen. “Oigame señor, no vea tanta televisión. Por eso anda tan enajenado. ¿Por qué no lee algo, a Marcuse o a algún comunicólogo, en vez de estarse allí plantadote frente a la tele el día entero? Ya vimos que tiene buena memoria, y se aprendió un parlamento enterito de ¿Qué nos pasa? Lo felicitamos, y ojalá le den empleo en Televisa, ojalá, porque nos haría felices verlo diciendo esas frases ante cámaras”. El anciano se queda pasmado, mientras los chavos le siguen proporcionando bibliografía. “¿Ya leyó McLuhan?”

Donde dice “pinche naco” alguien lee “¡Ah qué cuate tan cabrón!”.- Hay un impulso sociológico que se impone a las personas, y una realidad que no se somete dócilmente a los exámenes tradicionales de clase. El marginal urbano (marginal respecto a la distribución del ingreso) no necesariamente se siente vejado por visiones como la contenida en ¿Qué nos pasa?, ni le preocupa denunciar las imágenes que lo denigran. El aprovecha de los espectáculos lo que le conviene. No van a redimir su situación ni le mejorarán el empleo. Mejor usar lo ve para la diversión. A él casi seguramente no le atañen los juicios acres por su falta de identidad nacional, su falta de civilidad o el desconocimiento de los deberes ciudadanos. ¿Y entonces qué le interesa? A ciencia cierta lo ignoro, sólo manejo unas cuantas hipótesis, fundadas en un hecho definitorio: la minoría que ha hecho las veces de toda la sociedad, lleva décadas atenida a referencias vagas y mitológicas respecto a la existencia y la psicología de las mayorías. Y algo semejante les ha sucedido a los propios interesados.

¿Qué sabemos de las clases populares en su conjunto, pertenezcamos o no a ellas? (Y ya es hora de ir agregando a las clases populares a gran parte de las antes ascendentes clases medias). La izquierda las define abstractamente, la iniciativa privada las aprovecha a partir de versiones denigratorias, el Estado les concede algunos servicios y escasos derechos, y las instancias que han ofrecido un panorama del “alma popular”, son el cine mexicano (reducto de pobres sin deseo de status) y el teatro frívolo (aterido en su agonía). El panorama de representaciones es cruel y muy burdo, pero a los aludidos no les desagrada, o eso manifiestan al seguir apoyando ese cine y al seguir riéndose de las gracias de estos cómicos. Y en este punto interviene ¿Qué nos pasa? que es, tómese o déjese, un intento de descifrar lo que acontece en medios sin prestigios internos y externos. El intento es reduccionista y no exento de hostilidad hacia sus temas-sujetos, pero es lo que hay y el público no la hace de tos. Agarra la onda Mickey Mouse. Pelas Tribilín.

Quizás los caminos del Señor sean más escrutables que la suerte de las intenciones pedagógicas en televisión, y según creo, ¿Qué nos pasa? ha decepcionado a sus orígenes pedagógicos. De cada programa contemplado desde la dispersión que es la concentración posible frente a la tele, el espectador deriva las conclusiones que le da la gana, muchas veces sin advertirlo. Y esto destruye el propósito homogeneizador de la serie ¿Qué nos pasa? quiere ser, con ánimo divertido, lo ya impracticable: una especie de Manual de Carreño, el regaño que orienta, las normas implícitas del buen comportamiento. Pero aquí, como en casi todo, se impone la dinámica de la nación, a la que nadie cambia si se lo propone, y a la que nada deja de cambiar aun no queriendo.

La televisión mexicana ha sido muy eficaz promoviendo modas, muy ineficaz orientando conciencias. Logra milagros: convencer por un tiempo a millones que esas voces no desafinan, que esas actrices actúan, que detrás de esos rostros agraciados no hay máscaras. Pero no moviliza ni forma políticamente. Ante la manipulación que elogia al capitalismo como único modo de vida deseable, se opone la antigua cultura de la resistencia popular, con su carga de socarronería, disimulo, sexualización regocijada de los mensajes más castos, desmadre que inutiliza cualquier solemnidad. Resistir, no modificarse a pedido, persistir en las conductas que permiten no distanciarse en lo cultural y en lo psicológico de lo que les rodea y de lo que se vive.

De las atmósferas de ¿Qué nos pasa?, juzgadas por los illuminati como “surrealismo a la mexicana”, la “temática de Kafkahuamilpa”, las clases populares extraerán lo que se les antoje, y al respecto los buenos deseos son tan inútiles como las profecías.

Si está de moda, no puede ser educativo.- A ¿Qué nos pasa? lo lastran los prejuicios de clase, la moralina y la proclividad al punto de vista del burgués sitiado por Atila y sus nacos encementados. Aún así, el programa interesa porque, entre otras cosas, y además de aciertos histriónicos y de la calidad de Héctor Suárez, corresponde a la actitud engendrada por la crisis y las lecciones del terremoto, y a su modo desea intervenir en la acción civil que reconstruirá a la sociedad. Pero aún no hay quien, en lo relativo a la autorreconstrucción de la ciudadanía, tome en serio a Televisa en general y a la televisión en particular, y el programa resulta apenas la versión cómica de los males para los cuales no hay remedio. No obstante el éxito desmesurado de ¿Qué nos pasa?, creo que por ahora su política de enmienda anímica no irá más allá del paisaje humorístico que cronica suavizadamente la violencia interior y exterior de la gran urbe.

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