CANTO RODADO: Cómo escuchar la música

lunes, 2 de febrero de 2004
México, D F, 2 de febrero (apro)- Todo músico de excelencia es también en un investigador talentoso Como el estadunidense Aaron Copland, autor de “Rodeo” y “Primavera Apalache”, quien nació al empezar el siglo XX y vivió 90 fructíferos años, salpicando de luto los corazones megalómanos de México con su muerte en 1990 A nuestro país dedicó la famosa obertura danzonera que diera ritmo a una cinta de Emilio “El indio” Fernández: “Salón México”, sitio que desde hace varios años reabrió sus puertas en la capital del país Cuando contaba con 36 años, Copland ofreció un interesante curso de quince conferencias en pleno invierno neoyorquino para la New School for Social Research, donde plasmó su teoría “Cómo escuchar la música” Dichas ideas fueron conjuntadas en un libro y nos siguen maravillando por su actualidad (Breviario # 101 del Fondo de Cultura Económica, traducción de Jesús Bal y Gay 1ª edición, 1955) La piedra de toque para Copland en ineludible hoy como ayer: si uno desea entender mejor la música, no tiene más remedio que escucharla Nada puede sustituirlo Pero uno puede aprender cómo hacerlo mejor y para ello Copland nos ofrece herramientas Nunca falta aquel deslumbrado con un concierto con música de Astor Piazzolla, o de rock a-la-King Crimson, o ante una improvisación los martes en el Papa Beto Jazz Bistro quien asegure disfrutar de algunas cosas que oye, pero que simplemente “no le entiende la música” Esto no es nada grave para Copland, pues, en serio: ¿acaso se trata de entender la música cuando la escuchamos? Lo verdaderamente escandaloso para Copland sería, en todo caso, la sordera musical que consiste en que el escucha no recuerde ninguna melodía luego de haberla escuchado Como la música es un arte en el tiempo, lo ideal es que el oyente vaya de la mano con un experto quien logre señalarle qué de veras existe en la música misma y explique razonablemente los “cómo” y los “porqué” del asunto El oyente es responsable del resto Buen observador, Copland notaba que lo que con frecuencia distingue a un verdadero aficionado a la música consiste en un deseo imperioso de familiarizarse con toda manifestación de este arte, sea antigua o moderna Y es obvio: los verdaderos aficionados a la música no confinan su goce musical al escuchar exclusivamente la estación de rock de moda o la de música ranchera sin más “por ser nuestro estilo favorito”; no obstante, tampoco basta con haber oído las nueve sinfonías de Beethoven y pensar que ya puede uno prescindir de los otros clásicos Ni modo Copland tiene que incluir ciertos tecnicismos para familiarizarnos con el arte sonoro y sus formas Un primer precepto son los tres planos de escuchar la música: el sensual, el expresivo y el puramente musical El placentero es el plano más inmediato donde no pensamos ni analizamos: nada más gozamos Un abuso en este plano es cuando asistimos a un concierto para perdernos, utilizando la música como consuelo o evasión El plano expresivo nos mete en problemas, ya que los compositores son los primeros en manifestar que la música posee vida propia y no cuenta con otro significado más que su propia existencia musical Sin embargo, para Copland sí que existe un significado menor o mayor detrás de cada nota (si no, ¿qué objeto hubiera tenido su libro?) Y entonces se cuestiona: “¿Quiere decir algo la música? Mi respuesta a eso será que sí Ahora, ¿se puede expresar con palabras lo que dice la música? Mi respuesta a eso será no He ahí el dilema…” Pero continúa en pie la pregunta: ¿Qué es, en cuanto a significado concreto, lo más que el aficionado inteligente puede atribuir a una obra determinada? Copland responde generalizadamente: la música expresa en diferentes momentos serenidad o exhuberancia, pesar o triunfo, furor o delicia… y muchos otros estados de ánimo con una variedad innumerable de sutiles matices y diferencias Dice con sabiduría: “Puede, incluso, expresar algún estado de ánimo para el que no exista una palabra adecuada en ningún idioma, y en ese caso los músicos gustan de decir que aquello no tiene significado más que puramente musical A veces van más lejos y dicen que ninguna música tiene más significado que el puramente musical, pero lo que en realidad quieren decir es que no se pueden encontrar palabras apropiadas para expresar el significado de la música y que, aunque se pudiera, ellos no sienten necesidad de encontrarlo” La mayoría de los novatos en música no dejamos de buscar palabras precisas con qué definir nuestras reacciones musicales y coincidimos en que es más fácil “entender” a Tchaikovsky que a Beethoven Es aquí cuando las recomendaciones de Copland comienzan a ser notable ejemplo para el que desee convertirse en un escucha atento y activo de la música: “Escuche el lector, si puede, los cuarenta y ocho temas de las fugas del ‘Clave bien temperado’ de Bach Escuche cada tema, uno tras otro Pronto percibirá que cada tema refleja un diferente mundo de sentimientos Percibirá también pronto que cuanto más bello le parece un tema, más difícil le resulta encontrar palabras que lo describan a su entera satisfacción “Sí, indudablemente sabrá si es un tema alegre o triste, o en otras palabras, será capaz de trazar en su mente un marco de emoción alrededor de este tema Ahora estudie de cerca el tema triste Trate de especificar exactamente la calidad de su tristeza ¿Es una tristeza pesimista o una tristeza resignada; una tristeza fatal o una tristeza sonriente?” Aquí es, por decirlo coloquialmente, donde la burra tuerce el rabo para muchos de los críticos o periodistas culturales que gustan de opinar sobre música: no pasan de los calificativos absolutos Quien hasta aquí haya acompañado esta lectura de “Canto rodado”, debe ir de inmediato y comprar el libro “Cómo escuchar la música” para corroborar que no se trata de simples recomendaciones light que suenan como tomadas de Selecciones Por supuesto, un libro de Copland no puede sustituir el dedicarle un tiempo diario a escuchar atenta, activamente obras musicales de trascendencia Por ello, la lectura y la audición inteligente son complementarias para el arte de oír música, conocerlo y amarlo más, sobre todo en un siglo en que los ruidos y los diversos estilos sonoros están por todas partes, a veces, por puro vómito comercial

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