"Buenas costumbres"

miércoles, 16 de diciembre de 2009

MEXICO, D.F., 16 de diciembre.- Son los años veinte en Inglaterra, el hijo pródigo está por regresar de un viaje por el continente, Verónica Whittaker (Kristin Scott Thomas) ha decidido confiarle el manejo del dominio de la familia al borde de la quiebra; el matrimonio con una rica propietaria promete salvar la situación. Conmoción familiar cuando John (Ben Barnes), único hijo varón de los Whittaker, regresa casado con Larita (Jessica Biel), una americana que apenas conoció en Montecarlo y que, para colmo, es campeona de carreras de automóvil.

El australiano Stephan Elliot, de quien poco se ha visto después de Priscilla, reina del desierto, dirige Buenas costumbres (Easy Virtue; Gran Bretaña, 2008), continuamente al filo o de la farsa o de la tragedia, a partir de una adaptación de la obra de teatro de Noel Coward. La obra original Moral fácil, como también podría traducirse, fue estrenada en 1925, cuestiona la hipocresía del clan de terratenientes de la aristocracia anclada todavía en la moral victoriana, y juega con el choque que provoca socialmente la extravagante personalidad de Larita, emblema de la mujer liberada del Nuevo Mundo.

En su momento, el éxito de Easy Virtue fue tal que Alfred Hitchcock realizó una adaptación en 1928; hoy en día, esta versión, que se extiende sobre el pasado de Larita, revela una faceta bastante moralista, castigadora y complaciente del mago del suspenso. Stephan Elliot se halla más a sus anchas en el mundo de Noel Coward, especialmente en el diálogo rápido y mordaz de este dramaturgo, ligero pero, con todo, lo más cercano a un heredero digno de Oscar Wilde.

Presentar Buenas costumbres al publico actual, posfeminista y habituado al estilo James Ivory de exquisita aristocracia inglesa e impecables casas y jardines donde todo parece nuevo, era un gran reto; la cinta corre el riesgo de pasar por muy ligera y complaciente. En realidad, el retrato de los personajes desarrolla la idea de Coward; nada, al interior de la mansión de los Whittaker, parece nuevo, el decorado produce una sensación de asfixia y acumulación ociosa; así, el gesto de Larita haciendo añicos una valiosa escultura, se siente auténticamente liberador.

Lo mismo ocurre con Verónica Whittaker, matriarca de la familia, deprimida y vestida convencionalmente, o con el constante descuido de Jim, el marido, despeinado y arrastrando la depresión y las culpas de la Primera Guerra Mundial, avivándose poco a poco con la presencia de la picante nuera.

Con la presencia de Kristin Scott Thomas y el minimalista Colin Firth (Mr. Wittaker), actores por los que siempre valdrá la pena desplazarse y pagar un boleto, puede afirmarse que Buenas costumbres cuenta con algunos de los mejores actores del cine inglés actual, el texto de Coward bien lo merece.

No hay que pasar por alto esta adaptación de Stephan Elliot: Buenas costumbres sirve de introducción, sin dosis de solemnidad, a la amplia obra de Noel Coward, maestro de la sátira desaprovechado para el cine en los últimos años. Cierto que la traducción pierde mucho de la ironía de los diálogos; afortunadamente, la banda musical de Marius de Vries que incluye canciones de Cole Porter, compositor de moda en los años veinte, y otras piezas, compuestas por el propio Coward, comenta e ironiza las actitudes de los Whittaker y sus amigos.

Elliot modifica el final de Buenas costumbres con un giro, implícito a todo lo largo de la obra, que ciertamente habría provocado demasiado alboroto en la época de Noel Coward; nadie podrá saber si el autor de Moral fácil, en el fondo gran moralista, habría estado de acuerdo.

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