Impulso al talento en el cine de terror

lunes, 21 de diciembre de 2009

Aunque la temática de este tipo se ha realizado en México desde los años cincuenta, no es sino hasta hoy que se advierte su potencialidad tanto en público como en productores. Algunas cintas recientes que han tenido éxito, como Kilómetro 31, Hasta el viento tiene miedo y El libro en la piedra, sirvieron de acicate para la creación de un taller de guión en el género cuyos trabajos premió el Festival Internacional de Cine Acapulco. Sus promotores explican el fenómeno.

 

ACAPULCO, GRO.- El género de terror cinematográfico se le dejó a Hollywood, según Víctor Ugalde, presidente de la Sociedad Mexicana de Directores de la Sociedad General de Escritores de México (Sogem), “porque nosotros no sabíamos hacerlo”.

Ahora, a través de un taller, se intenta captar a escritores del género porque luego del éxito de Kilómetro 31 (2006), dirigido por Rigoberto Castañeda, y los remakes Hasta el viento tiene miedo (2007), de Gustavo Moheno, y El libro en la piedra (2009), de Julio César Estrada, se comprueba que hay un amplio público potencial.

Ya se llevó a cabo la primera edición del taller. Lanzada la convocatoria, se recabaron 30 trabajos, de los cuales fueron seleccionados 10. A sus autores se les premió con el taller, impartido por Enrique Rentería, para perfeccionar el texto cinematográfico. Además, les ofrecieron conferencias. Rafael Aviña dio un panorama de cine de terror; Rigoberto Castañeda habló de Kilómetro 31; Roberto Coria platicó en torno al terror en México; Julio César Estrada conversó sobre El libro de piedra; Edgardo Mejía se extendió respecto a los efectos especiales en el cine de terror.

Además, Alejandro Licona platicó de la literatura de terror mundial; Ernesto Murgía comentó del terror en la literatura trasladada al cine; Gustavo Moheno se refirió a las constantes de Carlos Taboada en el género; Eduardo Quijano informó de cómo obtener las clasificaciones de Radio Televisión y Cinematografía (RTC); Emilio Portes se expresó sobre la creación de los personajes, y Ugalde se dedicó a los derechos de autor.

Tres trabajos resultaron premiados, no hubo primero, segundo o tercer lugares. Son Belcebú, de Luis Carlos Fuentes; Hospital infantil, de Alfredo Castañeda y Jorge Estrada, y Desaparecer por completo, de Ricardo Aguado.

El premio, otorgado en el V Festival Internacional de Cine Acapulco (FICA), efectuado del 22 al 29 de noviembre, consistió en 13 mil pesos y un rollo de 16 milímetros a cada uno para que realicen un corto con laboratorio y cámaras para filmar gratis.

“Sabemos que los guiones ganadores ya empezaron a ser perseguidos, no por el demonio o los fantasmas, sino por los productores, lo cual es una muy buena señal. No sólo hay público potencial, también productores potenciales”, subraya contento Ugalde.

 

Año y medio de lucha

 

El taller de guión se pensó desde hace año y medio. El cineasta Ugalde detalla que “andaban ahí con sus guiones algunos escritores y pensamos que debíamos profesionalizar esto; es decir, seguir el ejemplo del cine de Corea”, que ese país utilizó “como un nicho las películas de terror para la resurrección de su cinematografía e hizo una marca, como también lo ha experimentado España”.

El proyecto se titula Terror hecho en México:

“Entonces, con eso en la mente, estuvimos sembrando ese plan durante mucho tiempo, y el primero que se sumó al barco fue Víctor Sotomayor, director del FICA, pero luego vino la influenza y se retuvo el taller un poco.”

Éste debió enfrentarse a todo tipo de obstáculos:

“Es el que más trabajo nos ha costado. Quería nacer, pero no nacía. Había 30 jóvenes que deseaban estar en el seminario, y no se hacía realidad el taller. Se iba a efectuar aquí en Acapulco en mayo pasado, pero tuvimos que adecuarnos a las nuevas circunstancias y se desarrolló en el Distrito Federal.”

Para Ugalde, de esos 10 guiones que se corrigieron en el taller, cinco pueden ser filmados sin problemas.

Los ganadores expresan que actualmente es difícil que se asuste el público, debido a la violencia existente en el país; sin embargo, no han encontrado rechazo, al contrario, han descubierto que a muchas personas les gusta el género.

Luis Carlos Fuentes habla de Belcebú:

“Es un policía que investiga matanzas que están ocurriendo en la Ciudad de México y descubre que el autor intelectual es el segundo demonio más importante, el hijo de Satanás, llamado Belcebú, que trata de matar a la última reencarnación de Jesucristo que ya le tocó nacer y fue en México.”

Jorge Estrada expone la trama de Hospital infantil:

“Se trata de la historia de una niña, quien por un accidente es internada en un hospital, y conforme pasa el tiempo se empieza a dar cuenta de que entabla relaciones con niños extraños y entra en una dinámica de paranoia. Su accidente fue un golpe en la cabeza, entonces por allí se va dando la parte extraña que ocurre en ese lugar, un hospital infantil.”

Ricardo Aguado explica Desaparecer por completo:

“Es un reportero de nota roja en la Ciudad de México, quien empieza a perder uno a uno los cinco sentidos después de que le toma una fotografía a una joven santera.”

Los jurados del taller fueron Marcela Encinas, de Imcine; Moheno, del FICA; Fernando Montaño, de la Sociedad de Exalumnos del CUEC (Centro Universitario de Estudios de Cine) de la UNAM, y el propio Ugalde.

A Moheno le sorprendió que en lugar de premiar un guión que llega, se imparta un taller para perfeccionarlo, “porque cuando leí las nuevas versiones habían cambiado totalmente”.

Agrega, convencido:

“Mis respetos a Rentería. Me gustó mucho el trabajo que realizaron. Ojalá y se filmen esos guiones. Se han hecho pocas películas de terror en México y han tenido buena respuesta en la taquilla, entonces pueden ser un nicho interesante para seguir reactivando la industria.”

Ugalde espera que se organice una segunda edición del taller, por lo pronto ya han coincidido en que uno de los premios sea el de los efectos especiales para la realización del filme, porque “se trata de hacer el terror en México con una buena calidad de producción, y ya estamos en negociaciones con una casa postproductora con precios accesibles, con costos de México, eso nos ayudaría para tratar de posesionar esa frase: Terror hecho en México”.

Sotomayor dice que se acercó con Juan Carlos Lazo para traer catedráticos especialistas en la materia de otros países, “y ayudarnos a que esto se vaya enriqueciendo”.

 

Fuera del reflector

 

A finales de los años cincuenta, la crisis del cine mexicano no era sólo advertible para quienes conocían sus problemas económicos: la delataba el tono mismo de películas rutinarias y carentes de invención e imaginación.

Entonces se buscaron nuevas vías. Una de ellas fue la del cine de terror. El realizador Fernando Méndez resultó el mejor especialista mexicano del género y obtuvo el elogio de algunos críticos extranjeros. Creó Ladrón de cadáveres (1956), con Columba Domínguez y Crox Alvarado; El vampiro y El ataúd del vampiro (1957), con Germán Robles, y Misterios de ultratumba (1958), con Gastón Santos y Rafael Bertrand.

En esos años se produjeron cintas de espantos mexicanos, como La momia azteca (1957), de Rafael Portillo, y La llorona (1959), de René Cardona.

También se filmaron historias de horror con luchadores profesionales, como Santo contra el cerebro del mal y Santo contra los hombres infernales (1958), de Joselito Rodríguez.

Hacia los años sesenta, Carlos Taboada, fallecido en 1996, realizó las cintas de terror Hasta el viento tiene miedo (1967), La trinchera y El libro de piedra (1968). El primero de estos largometrajes es considerado uno de los relatos de terror mejor logrados del cine mexicano.

–¿Por qué se dejó de filmar este género en México? –se le pregunta a Ugalde

–Lo dejamos de hacer una buena temporada porque en realidad no sabíamos hacerlo. Los poquitos directores que se acercaron no eran como esos jóvenes tan fanáticos de aprender el género de horror. Tiene que ver con la conformación social, con lo que está sucediendo en el momento, con lo que vivimos. En los últimos 10 años ha habido un renacer general del cine de terror en el mundo. Si se revisa la cartelera de este último trimestre, cada semana nos asusta una película de terror, y no por el precio de los 56 pesos.

“Los mexicanos habíamos dejado dos géneros muy ricos, el infantil y la comedia. El infantil se lo dejamos a Walt Disney por 30 años. También se desarrolla un taller sobre eso y hemos visto los excelentes resultados de las películas animadas mexicanas.

“Además, a los dos géneros que jalan más dinero en la taquilla, el cine de comedia y de terror (a los que llamamos el género madre), como provocan la catarsis, la gente va. El de terror se los dejamos a los gringos porque ellos sí podían realizar efectos especiales, o cosas por el estilo. Los poquitos que lo intentaron en México hicieron trucos mecánicos, entonces sí se veía una diferencia entre una película de una superproducción estadunidense y una película del país de 100 mil dólares, que era lo que nos costaba... por eso empezaron a alejarse del género.”

Hasta que Rodrigo Castañeda rodó Kilómetro 31; después surgió Cañitas (2007), dirigida por Julio César Estrada (no le fue bien en los cines); Hasta el viento tiene miedo, y El libro de piedra. Ugalde adelanta –sin decir nombres– que ya compraron los derechos de las películas clásicas de vampiros.

–Sin embargo, la crítica no fue buena con las cintas que se filmaron después de Kilómetro 31.

–Hasta el viento tiene miedo y El libro de piedra no les gustó mucho por el acabado. No era como el de Kilómetro 31, la cual costó 3 millones de dólares, fue un presupuesto muy alto. Cañitas se hizo con 800 mil dólares, Hasta el viento tiene miedo con 900 mil dólares, y El libro de piedra con 700 mil dólares. Es una diferencia de presupuesto terrible.

“El público también se sorprendió porque luego de ver Kilómetro 31, no fue lo mismo. Por eso estamos tratando con un estudio para los efectos especiales, que se los haga a todos los filmes nuevos de 2010 en adelante, a costos considerables, y lleven una buena manufactura.”

–Pero la crítica habla mal de las películas de terror…

–Sí. No nos extraña, porque tiene una constante: no son géneros profundos, sino de catarsis. A Taboada lo “madrearon” desde joven, bueno, “madrearon” a Steven Spielberg con Tiburón, dijeron que era una tonta película de vacacionistas, y resultó ser un clásico del cine de terror. Pero siempre ha habido gente fan.

Así termina:

“Lo que queremos es subir la calidad en la escritura, y luego lo que sigue es una buena base de producción... que no la tenemos.”

Este es un  reportaje que se publica en la edición 1729 de la revista Proceso que empezó a circular el domingo 20 de diciembre.

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