"El show de terror de Rocky"

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Una parodia punketa y rockanrolera de los setenta acerca de las películas de terror y ciencia ficción se presenta ahora en el teatro Arlequín bajo la dirección de Alma Muriel. La ópera rock El show de terror de Rocky se estrenó en Londres en 1973 sin pena ni gloria, pero fue hasta que el autor Richard O’Brien’s y el director de escena Jim Sherman la adaptaron al cine, que se volvió un éxito.

La participación del público frente a la pantalla era espectacular: cantaban las canciones, repetían o replicaban parlamentos, llegaban vestidos como los personajes, gritaban y bailaban con la excitación a flor de piel. Llama la atención que en el cine y no el teatro provocara tal interacción con el público. En Estados Unidos causó furor, y ya colocada en la cúspide se empezaron a hacer versiones teatrales en otras partes del mundo. En México, en 1976 Julissa la llevó a escena como productora, directora y actriz, y Gonzalo Vega como el travesti Dr. Frank-N-Furter. Causó tal sensación que la repuso en 1986 en el teatro Fru Frú y estuvo siete años en cartelera. La película, en cambio, fue censurada y se proyectó hasta 1979 bajo el título de Orgía y horror y locura en funciones de media noche. Curioso fenómeno.

Si bien se ha presentado en diferentes estados de la República, como Yucatán y Veracruz a nivel estudiantil, ahora se escenifica más profesionalmente en el teatro Arlequín. Aunque la propuesta original es de gran formato y requiere de una gran producción, Alejandro Medina, Producciones Aragua y Antonio Escobar la han adaptado a un pequeño espacio y una precaria escenografía. La directora ha conseguido mover a un grupo de nueve actores y seis bailarines y cantantes, agilizando entradas y salidas, al igual que el coreógrafo Bernardo Espinoza, al organizar los bailes sin tropiezos. La calidad vocal es buena, aunque las actuaciones muy irregulares. La tendencia a la sobreactuación para acentuar la maldad o la perversidad, como en el personaje Riff Raff que interpreta Francisco Meza, o para mostrar poder y sexualidad, en el caso de Antonio Escobar interpretando al Dr. Frank-N-Furter; o virilidad, que deviene en rigidez, como en el caso de Ricardo Fernández interpretando a Rocky, se compensa con la brillantez en el canto y la actuación de Edén Pintos en el papel de Magenta o José Alfredo Reza interpretando a Eddie y el Doctor Madrazo. Germán Gastélum, como el criminólogo y presentador, está en su punto, combinando la fuerza y la ironía. Las actuaciones de Mario Heras y Lorely Mancilla, que representan a una pareja “nerd” pronta a casarse, fluctúan entre la naturalidad y la exageración.

La anécdota es sencilla y burlona de los lugares comunes de las películas de terror: Unos novios recatados llegan a la tenebrosa mansión donde se lleva a cabo una reunión de transiberianos. Se les ha descompuesto el coche en la carretera y buscan un teléfono. El doctor Frank-N-Furter está por presentar su nueva creación: el hombre perfecto, y recibe a la pareja como sus invitados de honor. En la fiesta, ellos son seducidos e iniciados en el sexo convirtiéndose aquello en un gran reventón.

La interacción con el público está prevista y al entrar se le reparte una bolsita con aditamentos a usar durante la representación: un periódico para cubrirse de la lluvia, unas luces para animar la fiesta, unos guantes de latex para hacerlos sonar, etcétera. Y sí, los espectadores participan, unos tímidamente y otros con pasión. Cantan las canciones, bailan, avientan besos y la festividad se contagia. La puesta en escena linda en lo grotesco, y aunque esa es la intención a veces se vuelve una parodia de la parodia.

El show de terror de Rocky en el teatro Arlequín es un musical digno, que recuerda esos tiempos de los setenta, cuando el desencanto del “amor y paz” permeaba en los jóvenes, y la violencia todavía no hacía su aparición.

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