Jean-Luc Godard: un héroe cultural

lunes, 27 de diciembre de 2010

El 3 de diciembre, Jean-Luc Godard, figura central de la llamada “nueva ola” del cine francés, indudable innovador del arte cinematográfico, “héroe cultural de nuestro tiempo” –como lo calificara la ensayista estadunidense Susan Sontag–, cumplió 80 años de edad y más de 50 de realizar películas indispensables.

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MÉXICO, D.F., 27 de diciembre (Proceso).- En noviembre pasado, el nombre de Jean-Luc Godard fue mencionado profusamente por la prensa internacional dada su renuencia a viajar a Estados Unidos para recibir el Oscar que la Academia de Artes Cinematográficas de ese país decidió otorgarle, por ser “una figura seminal en la historia del cine”. 

No es la primera vez que Godard declina recibir un premio. En 1964 tampoco quiso presentarse a recoger el que le brindó el Festival de Venecia por Una mujer casada, y en 1995, cuando el Círculo de Críticos de Cine de Nueva York le concedió un premio honorífico, también decidió rechazarlo. 

Godard ha sido nominado a numerosos reconocimientos y ha ganado la mayoría de ellos. En casi todos los casos su actitud ha sido similar. Suele señalar que no asiste porque no tiene tiempo, o porque no le gusta viajar pero, en realidad, su ausencia es más bien una expresión de desacuerdo con la llamada “industria cinematográfica”, noción ajena a la concepción que él tiene del cine.

“Lo malo del cine –dijo en una entrevista de 1967– es que está ligado con la idea de provecho inmediato. En todos los países. Ni siquiera la producción estatal escapa a ese sistema.”

A la inversa de lo que busca el cine convertido en industria –en el que los efectos especiales ocupan el lugar de las ideas– con el paso del tiempo el suyo ha buscado ser un cine cada vez más despojado de medios y más cargado de contenidos, y así lo ha señalado: “Para hacer una película sólo necesitas unas cuantas fotografías y una cassette”. De allí su interés por trabajar con video, y por hacer una gran cantidad de cosas para la televisión desde finales de la década de 1980.

Pero no se trata sólo de rechazar el mercantilismo y la codicia. Otro ingrediente de ese desacuerdo con la susodicha industria es el papel ideológico que ésta juega habitualmente, lo mismo al establecer patrones de belleza y de consumo que justificando y apoyando guerras. 

Godard ha señalado que en nuestra época la industria cinematográfica, dominada en gran medida por los Estados Unidos, se ha convertido en una suerte de fuerza de ocupación planetaria, una verdadera invasión del imaginario. 

En respuesta a la bobería, la complacencia y la complicidad de la infinita mayoría de las películas que se exhiben, Godard ha creado, a lo largo de medio siglo, películas cada vez más críticas e inteligentes.

Muchas de ellas son tan distintas a las cosas que se exhiben generalmente, que un gran número de espectadores las encuentran ininteligibles y las rechazan. Sin embargo, no hay otra manera de aprender a apreciarlas que frecuentándolas. Ocurre lo mismo que con la lectura de poesía –no suele ser fácil leer cosas escritas con un lenguaje altamente concentrado, autorreferencial– y si cabe hacer un parangón, Godard es uno de los más grandes poetas del cine. 

“En su obra –apunta Susan Sontag en uno de los mejores ensayos que se hayan escrito en torno a ella– se acoplan libremente técnicas tomadas de la literatura, el teatro, la pintura y la televisión, junto con alusiones ingeniosas e impertinentes a la historia del propio cine.”

Pero viéndola, no sólo se aprende a apreciar su singularidad; se aprende a ver cine. Si el dinero ha convertido el cine en un medio de entretenimiento para fomentar la pasividad y el conformismo, Godard demuestra que es un arte revolucionario desde su formato mismo. “Entre otras cosas –ironiza Godard– porque los griegos no conocieron el movimiento en las artes visuales.”

El cine de Godard es un cine que nos enseña a pensar a través de las imágenes tanto como a través de las palabras (como a todos los poetas, a Godard le encanta jugar con las palabras, en sus películas hay una abundancia de palabras). Unas y otras se dan la mano y aparecen preñadas de sentido. La más fugaz y sencilla imagen introducida a manera de intercorte –un semáforo, una flor mecida por el viento– es un signo, un comentario importante; añade o resta: depende de que sepamos o no mirarlo. 

No obstante, su cine nunca ha querido ser didáctico. Siempre es poético. Sobre todo crítico.

 

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Ante la obra de Jean-Luc Godard uno se siente tentado a pronunciar elogios contundentes –“el cine nació para llegar a Godard”, o bien, “sin Godard, el cine no tendría conciencia de sus posibilidades”– que quizá parezcan desmesurados, sobre todo si se piensa que allí están Ingmar Bergman y Andrei Tarkovsky. No obstante, los merece: pocos cineastas han hecho una obra tan innovadora y revolucionaria como él.

Desde su primer largometraje –Sin aliento, estrenado en París el 16 de marzo de 1960, hace más de 50 años– Godard dejó una huella indeleble en la historia del cine. Como bien señala Richard Brody, su biógrafo, en la concentrada e incisiva semblanza que redactó para la revista The New Yorker, “sólo otros dos directores han cambiado para siempre el arte cinematográfico con sus primeros largometrajes: D. W. Griffith con El nacimiento de una nación (1915), y Orson Welles con El ciudadano Kane (1941).”

Gracias a la Filmoteca de la UNAM (a través de sus cine clubes) y a la benemérita labor del IFAL en sus buenos tiempos, en México se conoce bastante bien su obra –por lo menos entre los cinéfilos nacidos hasta finales de los años cincuenta– la que podría llamarse “primera época” (24 películas realizadas entre 1954 y 1968, sólo tres de ellas cortometrajes). Debe señalarse que no se ha limitado a dirigir: además de escribir los guiones de la mayor parte de sus películas, también ha sido camarógrafo, actor, productor y muchas cosas más.

Para varias generaciones de mexicanos el cine de Godard ha sido un referente capital: tan importante, por citar sólo un puñado de ejemplos, como el surrealismo, la pintura de Picasso, la música de los Beatles y Bob Dylan, las obras de Octavio Paz, Juan Rulfo y Monsiváis, la narrativa entera del Boom, la poesía de Darío, Neruda y Vallejo, la crítica de la industrialización de las conciencias, la revolución sexual.

Sin embargo, sus películas posteriores a Weekend y Sympathy for the Devil (1967 y 1968, respectivamente), apenas se conocen entre nosotros. Muy pocas se han presentado en salas de cine, y sólo ahora se ha vuelto posible ver –gracias a su circulación en formato DVD– lo que ha hecho en los últimos años.

En parte, el responsable de ello es el propio Godard, quien a partir de 1968 abandonó el “medio cinematográfico” para convertirse en un artista cada vez más crítico y politizado. Se apartó de las candilejas: dejó Francia y se mudó a Suiza. Hizo muchos trabajos por encargo. Algunos de ellos aún hoy inéditos. Sólo hasta 1980 volvió a las salas de cine con Sálvese quien pueda, la hermosa y cruenta película que él ha calificado como su “segundo primer largometraje.”

Hoy su filmografía suma 92 obras, incluidas su maravillosa Historia del cine, una suerte de fresco épico asequible en DVD, y la más reciente, Film/Socialisme, realizada este año, que al parecer pronto podrá verse en algunas salas bajo el título de “Un filme socialista” (que ya el crítico Carlos Bonfil ha subrayado como un desatino de traducción).

Nervioso, con una vitalidad desbordante, activísimo siempre, incansable saboteador de sus admiradores –pero ahora preocupado por la vejez, por el hecho de que ni siquiera tiene seguro médico–, el Godard de estos días mira el mundo con el mismo desconsuelo que muchos de sus contemporáneos, educados, para bien, en el desprecio del dinero.

Hay muchas voces que señalan a Godard como uno de los más grandes artistas de hoy, y que no vacilan en decir que su obra es tan densa y rica como las de Shakespeare o la de Bertolt Brecht –del cual es descendiente directo.

Otro de los padres de la “nueva ola” cinematográfica francesa, Claude Chabrol, murió en septiembre de este año. Es una inmensa fortuna que Godard cumpla 80 años de edad en plena forma. Las embajadas de Francia y de Suiza –y, por supuesto, la Cineteca Nacional– podrían combinar fuerzas para proporcionar al espectador mexicano la oportunidad de ver una retrospectiva completa. Nadie ha hecho tanto por la cultura de lengua francesa en tiempos recientes. Ciertamente, ningún hombre, como él, parece llevar en sí toda la historia del cine.

 

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