"Abel"

viernes, 25 de junio de 2010

MÉXICO, D.F., 25 de junio (Proceso).- La permanencia en cartelera de Abel (México, 2010) en varias salas del país, da cuenta de la disposición del público hacia el cine mexicano. Seguramente la taquilla agota las entradas de aquellos atraídos por la publicidad o por mero patriotismo en un par de semanas, posteriormente acuden aquellos convencidos de ir a ver una buena película.

Poco pesa, a largo plazo, que se trate del primer largometraje de un actor muy taquillero del cine mexicano; Abel, historia de una infancia fracturada en el seno de una familia de clase media en un barrio destartalado de Aguascalientes, se ancla por su propio peso; poco importa, también, que Diego Luna, como declara en entrevistas, se inspire en hechos remotamente autobiográficos, pues la aventura de Abel seduce por sí misma, no por lo que revela de la vida del autor.

Recién salido de un psiquiátrico, Abel (Christopher Ruiz Esparza) regresa a casa, primero en actitud de autista, para luego tomar el papel activo del padre ausente imponiendo reglas al hermanito menor, a la hermana adolescente y a la propia madre, Cecilia (Karina Gidi). A uno hay que revisarle la tarea, a la otra controlar la entrada del novio; a la madre esposa, exigirle cumplir con sus deberes conyugales, comida y cama. Todos le siguen la corriente para evitarle una crisis, hasta que regresa, sorpresivamente, el verdadero padre, Anselmo (José María Yazpik).

La inversión de roles da pie a situaciones absurdas, desproporcionadas, que Diego Luna resuelve con humor, sin alterar el ambiente de tono medio, de angustia contenida respecto del destino del niño, siempre al filo de la crisis psíquica; además, ninguno de sus personajes es cómico. La lógica del relato es siempre estructural; la fantasía incestuosa, llevada a cabo con el desenfado de un Louis Malle, no parte de una rivalidad hacia el padre, sino de una necesidad de reforzar a la familia, como cuando Abel le anuncia a sus hermanos que pronto tendrán un hermanito. El tema aquí no es el incesto, sino la responsabilidad.

En los comentarios sobre Abel, hace ruido la frase de familia disfuncional, como si el machismo y la irresponsabilidad de Anselmo, la abnegación de Cecilia luchando para mantener y educar a sus hijos, o el impacto psicológico sobre los hijos, no fueran males endémicos. Diego Luna se vale de objetos concretos con una fuerte carga cultural para motivar a Abel, como la televisión y las películas mexicanas, La oveja negra (1949) y Una familia de tantas (1949), donde se defendían los valores familiares reforzando el machismo.

Así, el drama de Abel tiene un efecto diacrónico, propone una visión sobre el pasado y preocupa por el futuro de una infancia. Abel no es una cinta más sobre la infancia afligida; este niño interviene y agita el mundo de los adultos.

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